Christian llevaba 20 años llamándose Antonio. En concreto, Antonio Iovanovic. Consiguió un pasaporte croata y se inventó que su familia había muerto en la guerra de los Balcanes para evitar dar explicaciones cada vez que alguien le preguntaba por sus orígenes.
Con 19 años llegó a España junto a sus tíos y se instaló con ellos en Segur de Calafell. Era el año 2003 y, durante los primeros tiempos, intentó pasar desapercibido. No hablaba con nadie y salía poco de la casa familiar, que estaba fuertemente blindada con unas cámaras de seguridad que su tío había instalado para detectar cualquier movimiento extraño.
La selección croata visitó su hotel, y el fugitivo, que fingía ser de ese país, dijo que no le gustaba el fútbol
A medida que el peligro se desvanecía, decidió labrarse una nueva vida alejada de su viejo mundo. No tenía estudios, pero era trabajador. Empezó como botones de hotel, cargando equipajes y saludando cortésmente a los huéspedes. A medida que fue mejorando su dominio del castellano, dio el salto a la recepción.
“Cuando descubrimos quién era realmente fue cuando empecé a darme cuenta de que algunas de las cosas que hacía no tenían sentido”, comenta un compañero que trabajó con Antonio durante cinco años y que nunca sospechó de él. Era un hombre de pocas palabras, tímido y discreto. Vergonzoso –o al menos eso decía–, cada vez que alguien quería hacerle una foto, aunque fuera la típica con gente del trabajo, la rechazaba. “Siempre decía que no le gustaban las fotos y se apartaba”, recuerda el compañero.
Uno de los hoteles por los que pasó estaba cerca del aeropuerto, el Renaissance Barcelona Airport Hotel. Allí conoció a su mujer, que trabajaba de camarera. Se casaron, tuvieron dos hijos y se instalaron en El Prat, la localidad de ella, sin que la mujer supiera nunca quién era en realidad su marido. Mantener la mentira no fue fácil, y con los años tuvo que sortear más de un sobresalto.
Un día, en su hotel se hospedó la selección de fútbol de Croacia, que jugaba un partido de clasificación para el Mundial de Sudáfrica contra Andorra, con Luka Modrić como gran estrella. Los empleados iban locos por sacarse una foto junto a los cracks de la selección balcánica, excepto Antonio, que ni se inmutó.
“¡Pero venga, Antonio, diles algo, que tú eres croata! Y ve a hacerte una foto con ellos, haz el favor”, le animaron sus compañeros. “A mí no me gusta el fútbol”, respondió tajante mientras se escondía en la trastienda.
Hasta que, en el 2023, la revisión de un caso antiguo por parte de los Mossos d’Esquadra –una vía que a veces permite reabrir crímenes sin resolver– empezó a remover el pasado. Tenían sobre la mesa el asesinato, cometido veinte años atrás, de una prostituta que fue hallada en una cuneta de la carretera BV-6001, en Malgrat de Mar. En noviembre de 2003, un payés de la zona encontró el cuerpo sin vida de la joven, conocida hasta el día de hoy como “la mujer de la carretera” porque nunca ha podido ser identificada. De hecho, la fotografía de esta mujer forma parte de Identify Me, una campaña internacional de la Interpol para cerrar casos de mujeres halladas muertas y sin identificar en seis países europeos, con el objetivo de que alguien las reconozca y les ponga nombre y apellidos.
Los Mossos volvieron a estudiar los movimientos de la mujer asesinada y se percataron que nunca antes habían identificado al vigilante del prostíbulo del que salió. Al tirar del hilo, vieron que se llamaba Valeri Ostas, que era de nacionalidad rumana y acumulaba múltiples antecedentes.
Aunque no tenía nada que ver con el crimen de la mujer, las autoridades francesas lo reclamaban por otro asesinato cometido meses antes, en febrero del 2003. Los Mossos descubrieron que se había refugiado en Catalunya después de haber acabado con la vida de un joven junto a su sobrino. Los dos asesinos huyeron a Segur de Calafell y se hicieron pasar por ciudadanos croatas. El sobrino se hizo llamar Antonio, pero en realidad su nombre era Christian Rad. La justicia francesa los buscaba por el brutal asesinato de Philippe Charuel, un hombre que había incomodado a dos prostitutas a la salida de un local en Gondreville, cerca de Nancy. Lo secuestraron, lo golpearon y lo atacaron con un sable japonés. Después abandonaron el cuerpo en el margen de una carretera. La autopsia reveló que la víctima recibió 23 puñaladas.
Cuando fue arrestado, Christian Rad ya era Antonio, un hombre nuevo, alejado de la criminalidad. Procedía de una familia rumana desestructurada y fue criado por su tío, un temible proxeneta. En el momento de su detención, Rad era el conserje del Casa Fuster. Sus compañeros en el hotel de lujo del paseo de Gràcia nunca sospecharon que aquel croata que no se dejaba fotografiar había sido proxeneta y cómplice de un crimen.
En el 2025, el tribunal penal de Meurthe-et-Moselle condenó a Rad –antes Antonio– a una pena de 10 años de cárcel, y a su tío, a 25, al considerarlo el ejecutor del crimen. Durante el juicio, Rad reconoció haber golpeado a la víctima “con las manos”, en presencia de las dos mujeres y de su tío. “Vi mucha violencia, también fue un shock para mí; pensé mucho en la familia de Philippe Charuel durante toda la noche”, declaró.
El día de su detención, cuando los Mossos entraron en su casa de El Prat, les confesó: “Por fin podré dormir tranquilo”.

Redactor de tribunales. Autor del libro ‘Solo tú me tendrás’ sobre el crimen de la Guardia Urbana. Ha trabajado en la Cadena SER y en RAC1. Licenciado en Periodismo (UPF) y Ciencias Políticas (UAB)



