Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
En el Ártico existe una forma de caminar que apenas admite aprendizaje. El primer impulso consiste en buscar grandes paisajes, montañas monumentales, glaciares capaces de dominar el horizonte. Apenas unos minutos después aparece otra dimensión, mucho más sutil. La mirada comienza a descender hasta detenerse sobre un musgo diminuto, una flor que resiste temperaturas imposibles o las huellas recientes de un reno impresas sobre un suelo que apenas despierta del hielo. Entonces el territorio deja de ser una postal y empieza a revelar su verdadera naturaleza.
Barentsøya, una de las islas orientales del archipiélago de Svalbard, pertenece a esa geografía que todavía conserva el privilegio de permanecer prácticamente intacta. Con cerca de 1.300 kilómetros cuadrados de superficie y una presencia humana inexistente, forma parte de la Reserva Natural del Sudeste de Svalbard, creada por Noruega en 1973 para proteger algunos de los ecosistemas polares más sensibles del planeta. Cada desembarco requiere condiciones meteorológicas favorables, una evaluación constante de la presencia de osos polares y un respeto absoluto por un ambiente donde el ser humano sigue siendo un visitante circunstancial.
La jornada comienza en Sundneset, un promontorio discreto situado en el extremo sudoeste de la isla. A diferencia de otros escenarios del archipiélago dominados por paredes de roca o glaciares monumentales, aquí el paisaje parece construido con moderación. Colinas suaves, pequeñas lagunas, una extensa planicie de tundra y una línea costera apenas interrumpida por afloramientos rocosos. Esa aparente sencillez es precisamente su mayor riqueza.
Hace unos doce mil años, durante el final de la última glaciación, esta región permanecía cubierta por un espesor de hielo que superaba ampliamente cualquier referencia imaginable. El lento retroceso de los glaciares permitió que la tundra colonizara el terreno con una paciencia que todavía continúa. Musgos, líquenes, saxífragas y la delicada amapola de Svalbard encuentran aquí uno de los pocos momentos del año en los que la luz permanente favorece un crecimiento acelerado antes del regreso del invierno.
El silencio adquiere una densidad difícil de describir. Apenas el viento altera una quietud donde cada sonido parece amplificado. Un grupo de renos de Svalbard avanza lentamente sobre la vegetación baja. Resultan inmediatamente distintos a cualquier otro reno europeo. Más pequeños, compactos, con patas cortas y un grueso pelaje que funciona como un extraordinario aislante térmico, evolucionaron durante miles de años para sobrevivir en uno de los ambientes más extremos del planeta.
Los lagos de agua dulce concentran buena parte de la actividad biológica estival. Allí anidan colimbos de garganta roja, eíderes reales, patos rabudos y barnaclas cariblancas que llegan cada primavera desde latitudes mucho más templadas para aprovechar una explosión de vida tan breve como intensa. En apenas unas semanas deberán criar a sus polluelos antes de iniciar nuevamente una migración de miles de kilómetros.
Durante siglos estas costas permanecieron prácticamente ignoradas por la exploración europea. Willem Barentsz, el navegante neerlandés cuyo apellido terminaría bautizando la isla, jamás llegó a recorrer este rincón específico cuando descubrió Svalbard en 1596. Mucho después, cazadores de morsas, balleneros y expediciones científicas comenzarían a cartografiar un territorio donde la naturaleza siempre impuso sus propias reglas.
La geografía del tiempo
Horas más tarde, el paisaje cambia de lenguaje. Diskobukta ofrece una experiencia completamente diferente. La bahía aparece rodeada por montañas oscuras cuyas capas sedimentarias revelan millones de años de historia geológica. Cada estrato funciona como una página abierta sobre un pasado donde estas tierras ocupaban posiciones muy distintas dentro del supercontinente Pangea, mucho antes de iniciar el lento viaje tectónico que las conduciría hacia las altas latitudes.
Los glaciares cercanos alimentan permanentemente la bahía. Pequeños bloques de hielo flotan sobre el agua con ese característico tono azul que únicamente adquiere el hielo comprimido durante siglos. Cada fragmento representa una diminuta parte de una masa helada mucho mayor que continúa descendiendo lentamente desde el interior de la isla.
La relación entre el hielo y el mar determina toda la vida de este ecosistema. Las focas anilladas utilizan las plataformas heladas para descansar y criar a sus crías. Las focas barbudas aparecen ocasionalmente sobre témpanos aislados. Las morsas encuentran alimento en los fondos poco profundos mientras remueven sedimentos en busca de moluscos. Sobre ellas gira, invisible muchas veces, el gran depredador del Ártico.
El oso polar nunca constituye una garantía para el visitante, aunque sí una presencia permanente en la lógica del paisaje. Barentsøya integra uno de los sectores donde las hembras encuentran áreas apropiadas para desplazarse entre el hielo marino y las costas durante distintas épocas del año. Cada movimiento humano se organiza considerando esa prioridad biológica. Aquí el visitante adapta su conducta al territorio, jamás al revés.
Las aves marinas completan un escenario dinámico. Fulmares boreales aprovechan las corrientes ascendentes generadas por los acantilados. Araos de Brünnich cruzan la bahía en vuelos rápidos mientras las gaviotas tridáctilas patrullan la superficie en busca de peces que ascienden junto a las aguas enriquecidas por el deshielo.
Resulta tentador describir estos paisajes como desiertos blancos. La expresión, repetida hasta el cansancio, termina ocultando una realidad mucho más fascinante. El Alto Ártico constituye uno de los sistemas naturales más complejos del planeta, donde cada organismo depende de equilibrios extremadamente delicados entre temperatura, hielo marino, productividad oceánica y duración de la luz. Basta detenerse unos minutos para descubrir que la aparente inmovilidad esconde una actividad constante.
Quizás esa sea la enseñanza más profunda que ofrecen Sundneset y Diskobukta. Ninguno de los dos lugares busca impresionar mediante gestos grandilocuentes. Su belleza exige otra velocidad, otra disposición de la mirada. Allí el tiempo adquiere una escala geológica, la vida prospera gracias a adaptaciones extraordinarias y el ser humano recupera una condición que rara vez experimenta en el resto del mundo, la de sentirse apenas un episodio pasajero dentro de una naturaleza inmensamente anterior y, con suerte, todavía futura.
Al abandonar estas costas permanece una sensación difícil de traducir. El recuerdo más persistente quizás resulte el menos espectacular. Ni un glaciar monumental, ni un animal excepcional, ni siquiera el resplandor permanente del verano boreal. Lo que permanece es la certeza de haber transitado un territorio donde el silencio todavía conserva el poder de contar la historia de la Tierra con una claridad que muy pocos lugares son capaces de ofrecer.
Swan Hellenic organiza expediciones fieles a su promesa de descubrir lo que permanece habitualmente fuera de la vista.
Un trampolín cómodo hacia Europa es LEVEL, aerolínea de largo radio que ofrece vuelos directos y sin escalas a Barcelona desde Buenos Aires (Argentina), Lima (Perú) y Santiago de Chile (Chile), además de algunos destinos en Estados Unidos. Ofrece una experiencia de viaje a precios atractivos y una propuesta diferencial y personalizada, para que cada persona elija la clase (Premium o Economy) y los servicios con los que desea viajar.
Discover more from LatamNoticias
Subscribe to get the latest posts sent to your email.

