No siempre el lenguaje escrito es accesible para el común de las personas; de manera tal que siempre intentamos que el lector –vaya o no a la iglesia– pueda leer nuestra columna sin tecnicismos teológicos complejos.
Intentaremos hoy mostrar la condición humana caída y presentar el procedimiento y los beneficios que representa la solución que presentamos. La idea es doble: por un lado, tratar de evitar la «asistencia por costumbre» a los templos; y la otra, invitar a una reflexión personal.
Es una decisión personal
Es común pensar que asistir a una iglesia con regularidad, cumplir con ciertas tradiciones o mantener una conducta moral intachable es suficiente para definirse como cristiano. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente bíblica, el cristianismo no se hereda por costumbre ni se alcanza por esfuerzo propio.
El verdadero punto de partida de la vida cristiana radica en una decisión personal y consciente: aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador.
Para comprender la urgencia de este paso, es necesario mirar la realidad de nuestra condición espiritual. Las Escrituras son claras al señalar que todos los seres humanos hemos pecado, lo que nos sitúa en un estado de imperfección ante un Dios santo.
El texto bíblico afirma de forma contundente que nadie es justo por sus propios méritos. La consecuencia directa de este distanciamiento es una quiebra espiritual insalvable por medios humanos. Ninguna cantidad de buenas acciones, altruismo o filantropía puede limpiar la mancha del pecado ni saldar la deuda que nos separa de la presencia divina.
Un regalo inmerecido
Frente a esta incapacidad humana, surge la provisión de la gracia divina. Dios no dejó a la humanidad desamparada, sino que diseñó un plan de redención perfecto a través de su Hijo. En la cruz, Jesús asumió un sacrificio sustitutivo, pagando el precio que a nosotros nos correspondía pagar.
El evangelio no presenta a Cristo como una opción moral más entre muchas, sino como el único camino de retorno al Padre.
En el Nuevo Testamento, el libro de Hechos 4:12 sostiene que no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en el cual podamos ser salvos. La salvación es, por tanto, un regalo inmerecido que se recibe únicamente por fe.
Este proceso de aceptación transforma por completo la identidad del creyente y activa profundos beneficios espirituales. El texto bíblico subraya la necesidad de una respuesta individual: creer con el corazón y confesar con la boca que Jesús es el Señor.
En ese instante, la relación con el Creador cambia radicalmente. Quien da este paso deja de ser solo una criatura de Dios para convertirse en su hijo adoptivo, pasando a formar parte de su familia espiritual.
Además, se activa la promesa de la vida eterna, asegurando una existencia llena de propósito en el presente y una esperanza indestructible más allá de la muerte física. El llamado del evangelio es una invitación abierta a pasar de la religión a una relación viva y transformadora con Jesús.
Nadie tiene el mañana asegurado
Frente a la fragilidad de la vida, el tiempo es el recurso más escaso; nadie tiene el mañana asegurado. Las prácticas religiosas o el escepticismo diario se diluyen ante la certeza inevitable de la muerte.
Es hoy, en el presente, cuando se define la eternidad. El Evangelio no propone sumarse a una religión más, sino iniciar una relación viva y personal: creer de corazón y confesar con la boca que Jesús es el Señor.
Postergar esta decisión individual es el riesgo más alto de la existencia. Dar este paso hoy transforma radicalmente nuestra identidad de simples criaturas a hijos de Dios, activando una esperanza indestructible que trasciende la muerte física y llena de propósito nuestro presente.
No dejes para mañana la decisión que define tu eternidad hoy.
Por Juan Carlos Tuyaré
Opinión



