Cuando se mencionan los hábitos, se habla de calidad de sueño, de actividad física y de alimentación, pero lo que se hace o se deja de hacer durante la jornada laboral también impacta en el bienestar. Abrir el correo nada más sentarse, dejar el móvil boca arriba sobre la mesa o tener varias pestañas abiertas parecen gestos inofensivos, sin embargo, pueden terminar afectando a la salud mental y emocional del trabajador.
La psicóloga Elena Arnaiz explica a La Vanguardia cómo influyen los hábitos, analiza cómo ha cambiado la relación con el trabajo entre generaciones y por qué muchas personas sienten cansancio e incluso malestar laboral.

¿Qué diferencia observa entre quienes empezaron a trabajar antes de los años noventa y las generaciones más jóvenes?
Creo que la gran diferencia no está tanto en cómo somos ni en cómo trabajamos, sino en la relación psicológica que tenemos con el trabajo. Las generaciones anteriores crecimos muy vinculadas al sacrificio, la resistencia y la idea de aguantar, con la promesa de que ese esfuerzo acabaría teniendo recompensa. Esa idea de estabilidad se ha ido rompiendo y eso ha hecho que las generaciones más jóvenes se cuestionen el impacto que el trabajo tiene sobre su bienestar y su salud mental.
Antes, el desgaste venía en muchas ocasiones del exceso de aguante y de todo lo que eso arrastraba: dificultades para conciliar, culpa por detenerse o muy poco espacio para uno mismo. Ahora aparece otro tipo de agotamiento, mucho más relacionado con la incertidumbre, la hiperexigencia, la comparación constante, la necesidad de validación y la sensación de tener que destacar continuamente para lograr resultados.

¿Hay algo que se haya dejado de hacer en las oficinas por culpa de la tecnología y que aportaba beneficios para la salud mental?
Hemos eliminado sin darnos cuenta muchísimas pausas naturales y también mucha interacción humana espontánea. Antes había pequeños momentos que parecían improductivos, pero que psicológicamente cumplían una función muy importante: levantarte, cruzarte con alguien, comentar algo tomando un café o simplemente esperar. Ayudan a tener espacios para regular tensión, compartir, desconectar unos minutos o simplemente sentir que no estás solo.
La tecnología ha mejorado muchísimas cosas, pero también ha hecho que todo ocurra de forma inmediata y continua. Y eso tiene un impacto claro en nuestra salud mental. Hemos perdido la sensación de cierre. Antes uno cerraba la agenda, recogía la mesa y había algo simbólico en el hecho de terminar la jornada. Ahora el trabajo nunca acaba de irse del todo.
¿Qué hábito deberíamos recuperar o mantener al empezar la jornada laboral?
Creo que deberíamos recuperar algo muy sencillo: empezar el día antes de comenzar la jornada. Muchas personas, cuando llegan al trabajo, abren el correo, WhatsApp o Teams nada más sentarse y entran automáticamente en modo reacción. El problema es que pasamos demasiadas jornadas apagando fuegos ajenos sin decidir realmente dónde tiene que ir nuestra atención.
Antes había más momentos de ordenar tareas, revisar prioridades o, simplemente, aterrizar mentalmente. Parece algo menor, pero la diferencia entre dirigir tu jornada o sobrevivirla empieza muchas veces en esos primeros minutos. Siempre recomiendo dedicar quince minutos a estar en silencio y pensar antes de iniciar tu jornada.

¿Qué tipo de personas son más felices en el trabajo?
La felicidad es personal y subjetiva, pero en términos generales podemos decir que las personas que suelen sentirse mejor en su trabajo son aquellas que perciben coherencia entre lo que hacen, lo que valoran, el sentido que le ven a eso que hacen y lo que son. Desgasta mucho psicológicamente tener que mantener cada día una versión de ti que no eres. Estar en un lugar alineado con tus valores, para mí, es el mejor indicador de que vas a estar bien en tu trabajo y, en general, en tu vida. Saber que trabajamos en entornos donde podemos equivocarnos, pedir ayuda, compartir tensión o sentir que no todo depende únicamente de sostenernos solos.
Por tanto, cada vez necesitamos más organizaciones capaces de entender que cuidar el talento no es solo exigir rendimiento, sino crear contextos donde las personas puedan sostenerse, desarrollarse y trabajar sin romperse. Ahí es donde empieza realmente lo que llamo el talentocentrismo (situar el talento en el centro de las decisiones de la empresa) y donde las personas comienzan a sentir sus beneficios.

¿Lo que tenemos a la vista influye en cómo trabajamos?
El entorno influye muchísimo más en cómo trabajamos de lo que solemos pensar. Así que tener constantemente a la vista notificaciones, pantallas encendidas, el móvil boca arriba o decenas de pestañas abiertas mantiene al cerebro en una especie de alerta continua difícil de sostener durante horas. Pero no solo afecta la tecnología. También influye ver caos, urgencia permanente o dinámicas donde todo parece prioritario todo el tiempo. Nuestro cerebro necesita cierto orden y sensación de seguridad para concentrarse bien. Trabajar en tensión constante puede convertirse en una forma de agotamiento muy silenciosa.
¿Qué comportamiento conduce al malestar en el ámbito laboral?
Creo que uno de los comportamientos más peligrosos y que más veo en mis clientes es normalizar constante e indefinidamente el malestar. Hay personas que pasan años diciéndose que “es una mala racha”, que tienen que poder con todo o que sentirse agotados, tristes y casi enfermos es simplemente parte de trabajar. El problema es que el cuerpo y la mente suelen avisar mucho antes de romperse, pero hemos aprendido a ignorar señales importantes: irritabilidad, dificultad para desconectar, sensación de vacío, apatía, episodios de llanto o vivir permanentemente en modo supervivencia. Y hay algo especialmente dañino: sentir que, para mantenerte en un trabajo, tienes que desconectarte continuamente de lo que necesitas, de lo que sientes o incluso de quién eres.

¿Estamos confundiendo estar ocupados con ser valiosos profesionalmente?
Sí, y creo que además es una de las grandes trampas psicológicas del trabajo actual. Hemos construido entornos donde muchas veces parece más importante demostrar que estamos constantemente ocupados que detenernos a pensar si eso que hacemos realmente aporta valor.
Hay personas que sienten culpa por descansar, por no responder inmediatamente o incluso por terminar la jornada a su hora. Ahí aparece una pregunta importante: ¿quién eres cuando dejas de producir? Porque hay personas que no solo están agotadas de trabajar, también lo están de sentir que tienen que demostrar constantemente que merecen su lugar.
¿Qué hábito o manía sabotea más la productividad?
Creo que hemos normalizado una forma de trabajar basada en la interrupción constante. Saltamos de una pantalla a otra y vivimos con la sensación de tener que responder inmediatamente a todo. Y el problema es que el cerebro necesita continuidad para concentrarse de verdad.
¿Hay que evitar el ‘multitasking’?
El multitasking es probablemente uno de los grandes engaños de nuestra era. Nuestro cerebro no está preparado para sostener varios focos de atención complejos al mismo tiempo y vivir constantemente así termina deteriorando nuestra atención y también nuestra capacidad de pensar con claridad.
Muchas personas terminan el día agotadas y, aun así, sienten que no han avanzado en nada importante. Y creo que ahí hay una confusión peligrosa: hemos empezado a asociar productividad con disponibilidad permanente. Pero estar accesibles todo el tiempo no significa necesariamente estar haciendo mejor nuestro trabajo.
¿Qué recomienda hacer con el móvil durante la jornada laboral?
Creo que el problema no es solo el teléfono móvil, sino la sensación de disponibilidad permanente que hemos normalizado alrededor de él. Antes había momentos en los que alguien simplemente no estaba localizable y no ocurría nada. Hoy vivimos pendientes de responder, reaccionar o mirar constantemente algo. Y también creo que, a veces, somos poco realistas con nuestra propia capacidad de autocontrol.
Pensar que podemos tener el móvil continuamente al lado sin mirarlo exige un esfuerzo enorme, porque son herramientas diseñadas precisamente para captar y mantener nuestra atención. Por eso, más que confiar todo a la fuerza de voluntad, creo que ayuda mucho tomar pequeñas medidas: configurar las notificaciones, utilizar el modo ‘no molestar’ dejando solo las llamadas importantes o desactivar completamente las notificaciones de redes sociales.
Anna Rodríguez Hurtado

