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Elena Roger, la chica de Barracas que se hizo estrella mundial del musical mientras la procesión iba por dentro: “Maduré a los cachetazos”

En el Teatro San Martín, Elena Roger se prepara para estrenar Invasiones 1: No bombardeen Buenos Aires, una ópera rock que cruza las Invasiones Inglesas con las canciones de Charly García. “Tiene muchas cosas lindas”, dice en conversación con Clarín, mientras intenta poner en palabras por qué aceptó el proyecto. La atrajo esa mezcla de relato nacional contado desde un lugar más metafórico, con una mirada contemporánea que se apoya en un repertorio que forma parte del ADN cultural argentino.

La trama gira en torno a Cassandra, el personaje que Elena Roger interpreta, una joven que, por circunstancias fuera de su control, encuentra refugio entre los faroleros, que en esa época también cumplían el rol de serenos.

A partir de ese universo, la obra -con un elenco de más de treinta artistas en escena, seleccionado en audiciones abiertas y compuesto por figuras destacadas del género- se sumerge en la primera Invasión Inglesa al Río de la Plata, en 1806, un episodio que, según ella, “pasa bastante inadvertido”.

En ese recorrido, además, pone en valor el rol de las mujeres en esos procesos, muchas veces invisibilizado: “Fueron trascendentes, pero no siempre trascendieron” afirma.

Para Elena, subirse a ese escenario implica, además, defender el teatro público. “Es hermoso disfrutarlo y apoyarlo”, plantea sobre la Sala Martín Coronado del San Martín, con la convicción de que ahí pueden existir propuestas que no siempre encuentran lugar en el circuito comercial.

A eso se suma la música, que no es un detalle menor. Cantar a Charly García conlleva una responsabilidad que asume con respeto, casi con pudor. Define al músico como un prócer cultural, alguien “que no debemos olvidar nunca jamás”, y admite que interpretar sus canciones le genera una mezcla de admiración y vértigo. “Hasta me da cosa, no sé si estamos a la altura”, admite.

La expectativa para el estreno del sábado 18 de abril, asegura, es que el público no sólo la pase bien, sino que salga con inquietudes, con ganas de «buscar información en Wikipedia sobre la historia argentina».

Elena Roger es la menor de tres hermanos. Cuenta que cantar a Charly García le da pudor. Foto: Emmanuel Fernández

Ahora bien, esa mujer que habla con tanta claridad sobre lo que hace, sobre el sentido de una obra, es la misma que, minutos antes, llegó al hall del teatro con ropa suelta de ensayo, el pelo recogido y la cara lavada para esta entrevista. Menuda y sin grandilocuencia, lejos de esa imagen imponente que ocupa cuando se sube al escenario.

Más allá de su talento -ese mismo talento que la llevó a interpretar a Evita en Londres o a meterse en la piel de Edith Piaf en el West End londinense-, la potencia que la define se entrena todos los días, con jornadas de cuatro horas para este estreno, y se trabaja en cada detalle, en cada etapa de su vida. Y ahí, cuando se corre el telón de lo técnico, aparece la pregunta de fondo: ¿De qué está hecha Elena Roger?

Una casa llena de gente y de música

Para conocerla mejor hay que volver a Barracas, a esa casa donde convivían sus padres, sus dos hermanos, su abuela y ella, la más chica; la misma en la que también habían crecido su mamá y sus tíos. Un hogar que la empresa Italo le dio a su familia y en la que vivió hasta los 30, cuando recién pudo mudarse sola.

Ese origen marca una forma de estar en el mundo. Una vida compartida, con la casa siempre llena, reuniones, música que iba y venía. “Toda mi infancia fue a través de la música”, dice, y en ese recuerdo aparecen los tangos, la ópera, los boleros y el rock sonando todo el día.

Lo cuenta entusiasmada, casi como una historiadora de su propia familia. Habla de sus antepasados, de cómo muchos, de una u otra forma, estaban ligados al arte, y de ese interés por entender qué patrones se repiten, cuáles no, qué se hereda más allá de lo evidente, incluso desde las constelaciones familiares. “Encontrar de dónde viene lo que uno hace tiene que ver con las raíces”, reflexiona.

Elena Roger, en su rol de Cassandra para

Pero si hay una figura que condensa todo eso es su abuela, la nona Amalia. Matriarca de la casa, sí, pero también cocinaba, recitaba poesías y cantaba.

De esa crianza nace una de sus ideas más firmes: el arte no es un privilegio de unos pocos, sino una forma de habitar el mundo. “Todos somos creativos, no sólo el que está en un escenario”, dice, convencida de que ese universo lúdico es necesario para vivir con más liviandad y poder procesar lo que pasa.

Para sorpresa de muchos, su carrera, en ese sentido, no fue el resultado de un plan milimétrico. “La vida me fue llevando”, repite. A los 11 años empezó a bailar en una escuela de barrio donde fusionaba español, zapateo americano, jazz y clásico, y a los 14 sumó canto lírico en un conservatorio, impulsada por un primo de su mamá que vio en ella condiciones.

A los 17, ya daba clases de danza y ahí apareció una primera certeza de que podía vivir de eso. En ese momento imaginaba un destino como profesora de música, después de haber pasado varios años también en un conservatorio. Hoy, a los 51 y con el recorrido hecho, resume que «no importa si te va bien o mal, si lo que elegís te hace feliz”.

Elena Roger trabaja su talento todos los días, desde que es muy pequeña. Foto: Emmanuel Fernández

Las audiciones llegaron en paralelo hasta que, en 1995, quedó en El jorobado de París, de Pepe Cibrián. Ese trabajo fue, según ella, una verdadera escuela. “Aprendí la disciplina, el cuidado, cómo comportarme como artista”, recuerda. Ahí entendió que el talento no alcanza sin trabajo y constancia. Desde entonces, dice, no dejó de trabajar nunca.

Con el tiempo, los grandes protagónicos empezaron a llegar y, con ellos, nuevos desafíos. Cada obra le pedía algo distinto, la obligaba a conocerse más, a descubrir hasta dónde podía llegar y a correrse un poco más de sus propios límites.

En Mina, che cosa sei, por ejemplo, el idioma fue una barrera que tuvo que derribar con práctica constante. “Me entrenaba un montón para que se me entendiera”, cuenta, entre risas, mordiéndose los labios al recordarlo. En Piaf, el reto fue encontrar la forma de cantar, entender un estilo completamente distinto. “La primera vez me pareció espantoso, no me salía”, admite. Y en ese proceso, además, había una exigencia extra porque eran funciones sin reemplazo.“Hice vida de monja. Del teatro a mi casa. No había margen para enfermarme”. Era una entrega absoluta.

Elena Roger: hija de una madre leal y un padre fuerte

En medio de ese crecimiento, la vida irrumpió con un golpe difícil de esquivar. Su papá sufrió un ACV después de atravesar la crisis económica de 2001 con un nivel de estrés extremo. Estuvo 45 días en coma y sobrevivió, pero con secuelas que cambiaron todo. “Nunca más fue mi papá como yo lo conocía”, dice. Y, sin embargo, algo esencial seguía ahí: “Un montón de su ser estaba vivo… poder abrazarlo, besarlo, era agradecimiento”.

Su mamá lo cuidó durante más de dos décadas y murió antes que él, a los 83 años. Todo ese proceso marcó un antes y un después. “Maduré a los cachetazos”, dice, al recordar ese momento en el que, de golpe, sintió que pasaba a ser un poco madre de sus propios padres. Cambiaron los roles, las prioridades y la manera de mirar lo cotidiano. “Aprendés a no hacerte problema por estupideces«, reflexiona.

Después de dramas familiares, Elena Roger asegura que aprendió a no hacerse problemas por estupideces.  Foto: Emmanuel Fernández

Cuando habla de sus padres, entiende qué partes de ellos siguen vivas en ella. De su mamá rescata la empatía, esa forma de estar para el otro sin juzgar, de acompañar incluso en los momentos más difíciles; una sensibilidad que reconoce como propia. De su papá, en cambio, toma algo la emocionalidad poco habitual para su época. “Lloraba, se emocionaba… y eso era raro”, dice. Haber visto a un hombre así, abierto, humano, fue para ella un «regalo» enorme, una manera distinta de entender la fortaleza.

También se queda con su resistencia después del ACV, esa capacidad de seguir, de volver una y otra vez a su casa, de sostenerse aun en la fragilidad. En esa mezcla -empatía, sensibilidad y resiliencia- aparece parte de lo que hoy es Elena. “Fueron unos padrazos”, dice, y la voz se le quiebra.

La pérdida la llevó a repensar el vínculo con el pasado. “Perder a los padres te enfrenta a una orfandad muy fuerte”, reconoce. Pero también entendió que el duelo implica aprender a soltar. No olvidar, sino recordar desde un lugar más sereno, sin quedar atrapada en la angustia. Cree que la muerte no es un final absoluto, sino el inicio de otra etapa, y que aferrarse demasiado puede dificultar ese proceso.

Esa experiencia también se filtró en su trabajo. Porque para Elena, actuar no es sólo interpretar, es transformar lo vivido en materia escénica. Durante la obra Evita, por ejemplo, no hubo función en la que no se le cruzaran imágenes personales. “Había un piloto automático que sostenía lo técnico, pero yo estaba transitando todo eso… como una catarsis”, explica. En ese mismo período, llevó a su papá en silla de ruedas para que pudiera verla en ese rol, una escena que todavía la emociona mucho cada vez que la menciona.

Elena Roger en hall del Teatro San Martín donde ensaya cuatro horas diarias para

Más adelante llegó la maternidad y con ella la necesidad de reconfigurar el equilibrio. Hoy, con dos hijos junto al actor Mariano Torre, su foco también se reparte en su familia. Su hija mayor (13) ya empieza a transitar el camino artístico en el musical de Billy Elliot, mientras que el menor (8) todavía explora.

Aunque reconoce que le conmueve verla sobre el escenario, deja en claro que no quiere que ninguno de sus hijos elija un camino por mandato. A ella sólo le importa «que hagan algo que los haga felices» porque sostiene que «en el arte también pueden pasar feos momentos» y no le gustaría que la pasen mal.

Al final de la charla, cuando se le pide que se defina, se incomoda. Hace una pausa, se queda en silencio, como si buscara una respuesta que no suene impostada. No le gusta ponerse en ese lugar, aunque todos la nombren como una de las grandes del teatro musical. Después de unos segundos, lo resuelve con la frase: “Soy una persona que está aprendiendo”.

Y en esa definición, Elena está hecha de la herencia de una familia atravesada por el arte, la disciplina que sostiene desde hace décadas, los golpes que la obligaron a crecer y la forma en la que eligió pararse frente a la vida.

Ahora, en la piel de Cassandra, una mujer marcada por lo que le tocó, pero que sigue avanzando. Como ella. Como si cada personaje fuera otra manera de ordenar lo vivido, llevarlo a escena y seguir aprendiendo.

Redacción

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