Entre estrellas de mar y canciones: Leo García celebró ‘Mar’ en el Museo Moderno

En las profundidades del Museo Moderno, en su segundo subsuelo, Océano Interior propone una inmersión sensorial. A la adaptación escotópica que exige traspasar el cortinado de la sala, sigue un deambular –una navegación– por un grupo de obras en distintos soportes, de épocas distantes y perspectivas divergentes, que se recorren al compás de la corriente interior.

Leo García en el Moderno. Foto:  Julián Bongiovanni, gentileza.

De un libro de grabados de Gustave Doré y planos de Amancio Williams a una escultura de Max Hooper Schneider y registros sonoros del Movimiento Habitar Las Algas: la exposición curada por Alfredo Aracil –en diálogo con Victoria Noorthoorn y Patricio Orellana– emula el extrañamiento de quien desciende a un medio distinto al atmosférico y advierte existencias de distinta especie pero vecinas.

Un estado de suspensión donde vista y audición se alteran para percibir de una forma nueva o quizás antigua, pero en desuso.

A la propuesta de la exposición, que cruza arte contemporáneo y ciencia y que se podrá visitar hasta abril de 2027, se añadió el viernes pasado un concierto especial de Leo García, que este año conmemora las bodas de plata de Mar (2001), el disco que, en colaboración con Pablo Schanton letrista y Gustavo Cerati como productor, le reservó un lugar entre los referentes del pop argentino de este siglo.

Un cuadro olvidable

Las correspondencias del azar fueron en esta ocasión más ubicuas que las de la razón: como contó García durante el show, el título del álbum surgió de una charla con Schanton en una heladería, a propósito de un cuadro olvidable.

Leo García en el Moderno. Foto:  Julián Bongiovanni, gentileza.

Pero en diálogo con las imágenes capturadas por la expedición submarina del Cañón de Mar del Plata, como propuso el curador Fernando García, aquel grupo de canciones adquirió una dimensión diferente, un vínculo espontáneo del patrimonio argentino, entre lo material y lo inmaterial, con sus transformaciones.

La idea tomó vuelo cuando el público y el cantante reconocieron con aplausos a los científicos del Conicet presentes que participaron de la expedición junto a colegas del Schmidt Ocean Institute el año pasado. O cuando hizo su aparición en pantalla la estrella de mar regordeta que se convirtió en ícono del inesperado hit mediático (la transmisión en vivo logró más de 18 millones de visualizaciones en tres semanas).

Si, como señalan los curadores de la exposición, el océano puede ser un archivo de tecnologías elementales donde caben las primeras metamorfosis de la vida y se gestan las del futuro, la correspondencia con el abordaje de García sobre la canción pop resulta más consciente.

En el identikit de Mar están los rasgos de la canción romántico–dramática de Leonardo Favio como la exploración de las tecnologías digitales que eran novedad a inicios del milenio. Hasta en las canciones de guitarra y voz había señas del futuro: una técnica de autosampleo que llevó al disco a encontrar el santo grial del pop: un sonido lo suficientemente familiar para impregnarse rápido y lo bastante extraño como para nunca aburrir.

Esa asistencia de las máquinas se figuró en el brazo robótico de la expedición que tomaba un alga mientras Leo operaba su pad de secuencias y ritmos al pie del escenario. A esos minutos de expectación y admiración, en los que el artista pasó a ser un musicalizador del cine documental–fantástico que se proyectaba en el auditorio del museo, siguió un recorrido casi total por el repertorio de Mar.

Leo García en el Moderno. Foto:  Guido Limardo, gentileza.

Una gema de la música

Isla, Morrissey, Amor al arte, Eco, Poesía Rock, Muerto, Mar y más recordaron por qué el segundo disco solista de García es una gema de la música popular argentina.

Mientras las cifras de medición del margen inferior izquierdo de la pantalla marcaban el descenso a las profundidades de la sonda exploratoria y las canciones se sucedían, se producía la llamativa superposición del intérprete con las criaturas submarinas, que parecían acercarse curiosas a la música terrenal.

Leo García en el Moderno. Foto:  Guido Limardo, gentileza.

La rotación sensible que proponía el efecto, en el cual eran esos seres extraños los que veían y escuchaban al espécimen humano, cerraban un círculo para la exposición en su afán por abrir canales empáticos con las formas de vida del mar.

Las canciones de García operaron como un canto de ballena, la forma de ecolocalización inaudible para nosotros. Como reconocen Ella Finer y Vibeke Massini en Cartas de la ballena silenciosa (Dobra Robota), la técnica es más que una forma de comunicación.

Es un estímulo que la ballena usa para percibir el mundo que la rodea de una forma que va más allá de nuestra capacidad de percepción: “Una forma de engañar al entorno para hacer que se revele”.

Redacción

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