Entre fantasmas, desaparecidos y cuerpos heridos: el universo de Mariana Enriquez

Hay personas que experimentan cierta reticencia a leer cuentos y novelas de terror, y yo formaba parte de ese grupo hasta que descubrí a Mariana Enriquez. Quizás esto ocurra porque asociamos el miedo a otros lugares, otras historias, a escenarios lejanos y ficticios. A través de su narrativa, Enriquez logró revertir dicho efecto, develando las sombras ocultas en lo cotidiano, mezclando las miserias de la realidad con fantasía y personajes de otro mundo.

En sus libros aparecen rincones sórdidos de la ciudad y de la experiencia humana, escenas fantasmales, traumas políticos y sociales, violencia, pobreza, drogas, desapariciones y todo aquello que preferimos no mirar demasiado tiempo. Pero quizás lo más perturbador de su literatura no sea lo que inventa, sino la manera en que consigue que lo inventado parezca apenas una prolongación de aquello que ya conocemos.

Mariana Enriquez nació en Lanús Oeste en 1973 y publicó su primera novela, Bajar es lo peor, cuando tenía apenas veintiún años. Desde entonces construyó una obra que fue ampliando y profundizando ese universo hasta convertirse en una de las voces centrales de la narrativa argentina contemporánea. Bajar es lo peor, Chicos que vuelven y Las cosas que perdimos en el fuego permiten recorrer, justamente, parte de ese camino: desde una juventud atravesada por las drogas, la noche y la autodestrucción hasta una literatura donde el terror se vuelve una herramienta para hablar de aquello que sucede en la sociedad, en los cuerpos y en la memoria.

Bajar es lo peor: las sombras de una ciudad

Leer Bajar es lo peor sabiendo que Enriquez la escribió a los diecinueve años produce una sensación extraña. Hay algo de esa juventud que permanece adherido a las páginas: la noche, el deseo, las drogas, la violencia, el sexo, la sensación de estar perdido y, sobre todo, la impresión de que no existe demasiado futuro al que aferrarse.

La novela sigue a Facundo, Narval y Carolina, tres jóvenes que se mueven por un Buenos Aires nocturno, sórdido y vibrante. Facundo se prostituye para sobrevivir y tiene miedo de dormir solo; Narval es perseguido por seres oscuros y alucinaciones; Carolina completa un triángulo donde el amor parece tener siempre algo de destrucción. No son personajes que atraviesan la noche para encontrar una salida: parecen estar aprendiendo a vivir dentro de ella.

Y ahí aparece algo que, leído después de conocer la obra posterior de Enriquez, resulta revelador. El terror ya está presente, pero todavía no necesita convertirse completamente en monstruo. Está en la droga, en la soledad, en el cuerpo, en la imposibilidad de dormir, en la violencia que ejercen unos sobre otros. El elemento sobrenatural convive con una realidad que ya es suficientemente perturbadora.

Quizás por eso Bajar es lo peor funciona como una puerta de entrada a la autora. No es todavía la Enriquez de los grandes relatos de terror contemporáneo, pero muchas de las ideas que luego desarrolla en profundidad ya están ahí. La ciudad como organismo vivo, los personajes que habitan sus márgenes, los cuerpos vulnerables, la juventud atravesada por la violencia y una fascinación particular por aquello que sucede cuando dejamos de sentirnos seguros.

La novela fue escrita a los diecinueve años y publicada en 1995. Permaneció durante años descatalogada hasta convertirse en una obra de culto. Su reedición permite volver sobre los orígenes de una escritura en la que ya aparecen varias de las obsesiones que después se volverían centrales en su estilo.

Entre fantasmas, desaparecidos y cuerpos heridos: el universo de Mariana Enriquez

Cuando los desaparecidos regresan

Si en Bajar es lo peor el miedo parece surgir de la experiencia íntima de una juventud desbordada, en Chicos que vuelven Enriquez comienza a llevarlo hacia un territorio colectivo: el de los desaparecidos.

La historia sigue a Mechi, que trabaja en una oficina del Gobierno de la Ciudad dedicada a mantener actualizado el archivo de chicos perdidos y desaparecidos. Es un trabajo burocrático, monótono, realizado debajo de una autopista y acompañado permanentemente por el ruido. Hasta que Vanadis, una adolescente desaparecida a los catorce años, vuelve.

Pero vuelve exactamente igual. Pasaron años desde su desaparición, y sin embargo al regresar, tiene la misma ropa, el mismo cuerpo y los mismos rasgos que cuando desapareció. Y después de ella comienzan a aparecer otros. La idea es simple y, justamente por eso, aterradora: ¿qué sucedería si los desaparecidos regresaran? ¿Qué ocurriría con quienes los buscaron, con las familias, con las investigaciones, con los culpables? ¿Qué pasaría si aquello que durante años intentamos explicar dejara de necesitar una explicación?

En uno de los fragmentos, una madre mira a la chica que volvió y dice: “Yo no sé quién es esta, pero no es mi hija”. La frase es mucho más terrible que cualquier aparición fantasmal. Porque pone en duda algo que parecía incuestionable: la identidad. Ese cuerpo que regresa reviste una aparición extraña y ahí comienza la dosis ficcional a la que la autora recurre: son ellos en apariencia, pero no lo son en lo profundo. Son espectros, imitaciones, presencias que no son más que reflejos de los desaparecidos.

Enriquez utiliza lo sobrenatural para hablar de algo profundamente real: la desaparición de personas y, particularmente, la trata de personas. La fantasía no funciona entonces como una evasión de la realidad sino como una manera de hacerla visible. Los chicos vuelven, pero su regreso no repara nada. Al contrario: obliga a todos a enfrentarse con aquello que habían aprendido a archivar.

Hay una escena particularmente significativa cuando uno de los personajes entra en lo que la autora llama “el Moridero” (un asentamiento marginal ubicado en una cárcel abandonada), y encuentra el lugar vacío: ropa, colchones, cartones, carpas, pero ninguna persona. “Como si se hubieran escapado.” Es una imagen que condensa buena parte del mecanismo de Enriquez: primero reconocemos el espacio, después algo deja de funcionar dentro de él y, finalmente, aparece la sensación de que el mundo conocido tiene una grieta.

El terror está precisamente ahí: en que no sabemos si lo que estamos viendo pertenece a lo sobrenatural o si es la consecuencia lógica de aquello que preferimos no explicar.

El horror presente en lo cotidiano

Hay algo que cambia cuando llegamos a Las cosas que perdimos en el fuego. El terror ya no necesita presentarse como una interrupción de la realidad. La realidad misma parece provocar ese efecto. Publicado en 2016, el libro reúne doce cuentos en los que Enriquez mezcla lo siniestro con problemas concretos de la sociedad: pobreza, violencia, desigualdad, drogas, cuerpos, locura y violencia de género.

En “El chico sucio”, por ejemplo, Constitución no es simplemente un escenario: forma parte de la trama. La narradora dice: 

“Me gusta el barrio. Nadie entiende por qué (…) No quedan muchos lugares como Constitución en la ciudad, que, salvo por las villas de la periferia, está más rica, más amable, intensa y enorme, pero fácil para vivir. Constitución no es fácil y es hermoso, con todos esos rincones que alguna vez fueron lujosos, como templos abandonados y vueltos a ocupar por infieles que ni siquiera saben que, entre estas paredes, alguna vez se escucharon alabanzas a viejos dioses.” 

La ciudad aparece así en toda su contradicción: hermosa y miserable, histórica y abandonada, familiar y peligrosa. Los personajes de Enriquez no miran desde afuera aquello que sucede. Habitan esos espacios. Caminan por ellos, los conocen, reconocen sus códigos. El horror se sitúa, ya sea en Constitución, en una escuela, en una casa o en un barrio.

En el cuento Los años intoxicados, tres adolescentes atraviesan la noche entre drogas, violencia y una sensación permanente de que el cuerpo puede dejar de funcionar en cualquier momento. “Sentíamos que cada golpe en la cabeza podía ser el último”, dice la narradora. Y quizás esa frase funcione también para describir buena parte del libro: los personajes viven conscientes de que habitan una realidad que en cualquier momento puede resquebrajarse.

Pero es en el relato Las cosas que perdimos en el fuego donde la autora lleva esta operación hasta un extremo. Las mujeres comienzan a quemarse voluntariamente como respuesta a la violencia ejercida contra sus cuerpos. El fuego, históricamente asociado a la destrucción, se convierte en una forma monstruosa de resistencia.

La frase “¿Y cuándo van a parar?” concentra una pregunta que excede el cuento. ¿Cuándo termina la violencia? ¿Cuándo deja de repetirse? ¿Cuándo un cuerpo deja de ser un territorio disponible para otro?.

Entre la evolución y la continuidad narrativa

Leer estos tres libros en conjunto permite encontrar más que una sucesión de obras: podemos reconocer una autora que fue transformando los temas en los que suele indagar sin abandonarlas.

En Bajar es lo peor, el miedo está en la juventud, en la noche, en los cuerpos que buscan placer y terminan encontrando destrucción. En Chicos que vuelven, el terror se desplaza hacia las desapariciones, la identidad y aquello que una sociedad intenta archivar. En Las cosas que perdimos en el fuego, finalmente, lo sobrenatural se vuelve casi inseparable de la violencia cotidiana. 

Hay una modificación y también una permanencia. La ciudad sigue ahí. Los cuerpos aún son frágiles. Los personajes continúan moviéndose en los márgenes. La violencia cambia de forma, pero sigue latente. Lo que se modifica es la manera en que Enriquez aprende a mirar todo eso y nos invita a mirarlo con ella.

La autora escribe sus historias en entornos como una calle, una oficina, una plaza o un bar. Y quizá esa sea la razón por la que, después de leerla, algunas calles dejan de ser solamente calles y algunas historias dejan de parecer completamente inventadas. Su literatura no nos lleva demasiado lejos de la realidad: nos aterra porque nos acerca un poco más a ciertos aspectos de ella.

Redacción

Fuente: Leer artículo original

Desde Vive multimedio digital de comunicación y webs de ciudades claves de Argentina y el mundo; difundimos y potenciamos autores y otros medios indistintos de comunicación. Asimismo generamos nuestras propias creaciones e investigaciones periodísticas para el servicio de los lectores.

Sugerimos leer la fuente y ampliar con el link de arriba para acceder al origen de la nota.

 

Llegan las tormentas al AMBA: a qué hora empieza a llover y desde cuándo regirá la alerta amarilla del SMN

En la Ciudad de Buenos Aires y alrededores se esperan fuertes tormentas para esta noche y este jueves las...

Súper Niño 2026 en Argentina, EN VIVO: provincias afectadas, dónde se esperan más lluvias, ola polar y cuándo cambia el clima

El fenómeno climático conocido como El Niño ya está activo. Los especialistas anticipan para las próximas semanas un impacto...

Elaboran por primera vez la lista de «10 mandamientos» para no volver a subir de peso luego de adelgazar

Bajar de peso suele ocupar el centro de la escena cuando se habla de obesidad. De hecho es el...
- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí