Escribir sobre amor en tiempos de incertidumbre: mi respuesta al amor líquido

Por Melisa Machuca, escritora, autora de la novela Mide el Hilo (Ed. Autores de Argentina)

Hace más de dos décadas, Zygmunt Bauman describió una sociedad donde los vínculos comenzaban a parecerse a los líquidos: cambiantes, frágiles, difíciles de contener. Su teoría encontró eco porque puso palabras a una sensación compartida. El compromiso empezó a percibirse como un riesgo, la permanencia como una renuncia y la posibilidad de elegir siempre algo distinto se transformó en una promesa de libertad.

El tiempo terminó confirmando parte de ese diagnóstico.

Las aplicaciones para conocer personas multiplicaron las oportunidades de encuentro. Las redes sociales ampliaron las formas de comunicarnos. Nunca fue tan sencillo iniciar una conversación con alguien al otro lado del mundo. Sin embargo, esa facilidad no siempre produjo vínculos más sólidos. En muchos casos sembró una inquietud permanente: la idea de que siempre existe otra opción esperando detrás de la próxima pantalla.

La incertidumbre dejó de ser una excepción para convertirse en el paisaje habitual de muchas relaciones.

Quizá por eso elegí escribir sobre el amor.

No como una forma de nostalgia ni como un intento por recuperar modelos que ya no existen. Escribo porque sigo creyendo que el amor continúa siendo la experiencia que más profundamente transforma una vida. Cambian las épocas, las costumbres y los lenguajes, aunque permanece intacta la necesidad de sentirse elegido, comprendido y esperado por alguien.

Existe una diferencia enorme entre enamorarse y construir un vínculo. El enamoramiento sucede casi como un accidente feliz. Amar exige una decisión cotidiana. Requiere presencia, paciencia, admiración y una voluntad compartida de seguir encontrándose incluso cuando desaparece la euforia del comienzo. Esa clase de amor rara vez ocupa los titulares porque crece lejos del espectáculo. Las verdaderas pruebas del amor no se suben a redes sociales. Sin embargo, sostienen familias, amistades y proyectos que atraviesan décadas.

Tal vez resulte extraño defender esa idea en un tiempo donde el desapego parece haberse convertido en una forma de prestigio. Mostrar demasiado entusiasmo despierta sospechas. Expresar afecto suele interpretarse como una pérdida de poder. Muchas relaciones comienzan calculando cuánto conviene involucrarse para evitar salir lastimado. Como consecuencia, cada uno protege su territorio mientras espera que el otro dé el primer paso.

El miedo terminó ocupando el lugar que antes habitaba la confianza.

La literatura siempre ofreció un refugio frente a los acontecimientos de cada época. Cuando el mundo celebró las guerras, escribió sobre la paz. Cuando la realidad pareció deshumanizarse, volvió la mirada hacia las personas. Hoy, mientras abundan relatos donde el amor aparece reducido a una experiencia fugaz o a un obstáculo para la autonomía, siento la necesidad de escribir historias que recuerden otra posibilidad.

Historias donde amar no significa perderse, sino encontrarse.

Historias donde el romance conserva sentido porque expresa atención, cuidado y presencia. Donde una conversación vale más que una estrategia y una promesa pesa más que una excusa. Historias donde el deseo convive con la ternura y el compromiso deja de entenderse como una prisión para convertirse en el espacio donde dos personas pueden crecer sin dejar de elegirse.

No escribo porque crea que esas historias sean fáciles. Escribo porque sé que existen.

Las encuentro en matrimonios que siguen mirándose con admiración después de treinta años juntos, en parejas que atraviesan enfermedades sin abandonar la mano del otro, en quienes todavía preparan un café antes de despertar a la persona que aman o recuerdan cuál era la canción que sonaba el día en que se conocieron. Son gestos discretos. También son profundamente revolucionarios.

Tal vez esa sea mi respuesta al llamado amor líquido.

Cada novela que escribo intenta recordar que el amor no fracasa por durar demasiado. Se debilita cuando deja de cultivarse. Ningún vínculo permanece vivo gracias a la inercia. Permanece porque alguien decide cuidar aquello que considera valioso.

En tiempos donde casi todo invita a pasar de largo, detenerse frente a una persona representa un acto de enorme coraje. También escribir sobre ello.

Porque cada historia de amor bien contada desafía una idea que parece haberse instalado entre nosotros: la de que sentir menos nos vuelve más libres.

Sospecho exactamente lo contrario.

La verdadera libertad aparece cuando dejamos de vivir a la defensiva y nos animamos a construir un amor capaz de sobrevivir a la incertidumbre sin renunciar a su profundidad. Quizá la literatura todavía conserve esa tarea silenciosa: recordarnos que el corazón humano nunca dejó de buscar aquello que el mundo insiste en llamar imposible.


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Redacción

Fuente: Leer artículo original

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