Farmeando aura: la política argentina entre el peronismo y sus enemigos

Una conversación amable sobre la grieta, los partidos y la política que viene

Por: Cristian Osvaldo del Rosario

La nota de Fabio Abraham tiene una virtud que no es menor: invita a pensar y en ella habla del peronismo. A veces como protagonista, otras como culpable, otras como fantasma y, últimamente, hasta como funcionario de gobiernos que llegaron al poder prometiendo terminar con él (ver nota El antiperonismo, entre la disonancia cognitiva y la ambivalencia afectiva).

Abraham plantea, con cierta ironía, que “peronistas somos todos”. Tal vez el problema sea que llevamos demasiado tiempo intentando descubrir quiénes son realmente los peronistas y quiénes son realmente los antiperonistas.

Porque nuestra historia política parece condena a explicarse mediante pares de contrarios: Unitarios y federales. Radicales y conservadores. Peronistas y antiperonistas. Kirchneristas y antikirchneristas. Y ahora, en una nueva temporada de la serie: “la casta” contra “los defensores de la libertad”.

Cambia el vestuario, pero el argumento se parece bastante. Esta forma de mirar la política tiene una ventaja: es sencilla. Permite ordenar el mundo entre “ellos” y “nosotros”, identificar rápidamente al “enemigo” y, sobre todo, hablarle al propio público.

Para algunos periodistas resulta una narrativa atractiva; para algunos dirigentes, una herramienta electoral extraordinariamente eficaz. Y para los núcleos duros, casi una identidad.

El problema es que una sociedad no es un programa de televisión y mucho menos una hinchada de fútbol. Durante años, peronistas y antiperonistas hemos construido lo que podríamos llamar —con un poco de humor— una especie de “farmeo de aura”: acumular credenciales, gestos y críticas que permitan demostrarle al propio espacio que uno es suficientemente peronista, suficientemente antiperonista, suficientemente liberal o suficientemente anti-casta.

El mecanismo es conocido: cuanto más duro soy con “los otros”, más auténtico soy ante “los míos”. Y así terminamos discutiendo identidades mientras la sociedad espera respuestas.

Hay, además, una segunda cuestión que me parece interesante en la nota de Abraham. Si la crisis de los partidos políticos se explica por la facilidad con la que dirigentes de distintas tradiciones ideológicas cruzan de un espacio a otro, no parece suficiente mirar solamente al peronismo.

La política argentina tiene una larga tradición de dirigentes que cambian de camiseta sin demasiadas dificultades. Aquel célebre y lejano episodio del “Dr. Borocotó” convirtió casi en sustantivo propio una conducta que, con diferentes nombres y justificaciones, después se volvió bastante habitual: el pase de dirigentes de un espacio a otro.

Peronistas que dejaron de serlo. Radicales que dejaron de ser radicales. Liberales que terminaron acompañando proyectos de otra naturaleza. Dirigentes del PRO que se incorporaron a La Libertad Avanza. Peronistas que gobernaron con el kirchnerismo y luego con el actual gobierno. Y también dirigentes que, sin cambiar formalmente de partido, modificaron sustancialmente sus posiciones: Pelucas que van y vienen.

Entonces, quizás el problema no sea que “el peronismo está en todas partes”. Quizás el problema sea que los dirigentes de casi toda la política argentina están en todas partes y los partidos son solo un vehículo que es guiado por cualquier interés menos por las convicciones.

Por también, señalar que, un funcionario tuvo pasado peronista puede ser políticamente interesante, pero no necesariamente explica qué piensa hoy, qué políticas impulsa o qué resultados obtiene. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir la biografía partidaria en una suerte de certificado de ADN político.

La política debería empezar a juzgarse más por lo que alguien hace que por el carnet que alguna vez tuvo.

Hay una tercera cuestión que, a mi juicio, es todavía más importante. Desde hace décadas la Argentina busca, casi como quien busca el Santo Grial, una síntesis capaz de reunir las mejores tradiciones de sus grandes movimientos nacionales. Una síntesis que conserve lo que funciona, descarte lo que fracasó y permita construir algo nuevo.

Pero esa síntesis difícilmente aparezca de una discusión semántica sobre quién es más peronista, más radical, más liberal o más antiperonista. La síntesis, si alguna vez aparece, tendrá que surgir de la praxis: de resolver problemas, de producir, de generar empleo, de educar, de construir infraestructura, de administrar bien el Estado, de cuidar las cuentas públicas sin destruir las capacidades productivas, de generar condiciones para que una PyME pueda invertir, contratar trabajadores y crecer, y de recuperar la confianza en las instituciones. En definitiva, de hacer.

Tal vez allí aparezca una política diferente: una que no necesite definir permanentemente quiénes son “ellos” para explicar quiénes somos “nosotros”. Una política en la que la honestidad, la capacidad, la responsabilidad y la representación social pesen más que la pertenencia histórica a una tribu.

Quizás los llamados outsiders, aquellos que no provienen de las estructuras tradicionales y que llegan a la política con menor carga de pertenencias previas, puedan aportar algo de esa renovación. Claro que tampoco existe garantía alguna: estar afuera de los partidos no convierte automáticamente a nadie en mejor dirigente. La realidad del gobierno libertario omite mayor prueba.

La verdadera cuestión será qué hacen con esa oportunidad. Porque también sería un error reemplazar una vieja grieta por una nueva: cambiar “peronistas contra antiperonistas” por “casta contra libertad” y creer que hemos inventado la pólvora.

La Argentina necesita algo bastante más difícil: una política adulta.

  • Una política que pueda reconocer un acierto del adversario sin sentir que traiciona a los propios.

  • Que pueda criticar un error del propio espacio sin ser acusado de traición.

  • Que pueda recuperar una buena idea del pasado sin quedar prisionera del pasado.

Quizás, entonces, la frase de Perón pueda ser releída con otra ironía: si “peronistas somos todos”, tal vez haya llegado el momento de que no necesitemos ser todos peronistas, antiperonistas, kirchneristas, antikirchneristas, libertarios o anticasta para poder construir un país.

Después de casi un siglo de discusiones sobre quién representa mejor a la Argentina, quizás haya llegado la hora de preguntarnos algo más sencillo y bastante más incómodo: ¿Quiénes son capaces de hacerla funcionar?

Ese debería ser, quizás, el próximo gran debate.

Redacción

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