Miles de personas entraban esta noche en La Rural para sumarse a la Noche de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, mientras el músico Leo García interpretaba su repertorio en un show acústico y se esperaba la presentación de Los Tipitos a continuación, dos de los platos fuertes de una jornada que suele reunir a una muchedumbre y hoy no fue la excepción, pese a los cortes de tránsito previstos por la presentación de Franco Colapinto mañana.

La Noche de la Feria comenzó con el recital de Leo García en la carpa que ocupa la Pista Central del predio y que recibe hasta cuatro mil personas de pie. Luego, se presentarían Los Tipitos con un público incluso más grande.
Con la entrada gratuita desde las 20, el único ingreso desde la Avenida Santa Fe estaba atiborrado de lectores que ocupaban rápidamente los principales pasillos de la muestra. Los recibían bailarines de folclore en el stand de la provincia de Santiago del Estero, música en el de Brasil y otra presentación de danza en el enorme espacio de Perú, que es el país Invitado de Honor en esta edición, la que celebra medio siglo de vida de la muestra.
Hasta la medianoche, la programación tuvo mucho para ofrecer: desde las habituales charlas y presentaciones de libros, hasta un laberinto dedicado a Jorge Luis Borges, «del que se sale leyendo», como invita desde el ingreso; hasta una muestra inmersiva consagrada a Mario Vargas Llosa que quedó inaugurada hoy; un pabellón que celebra el 50 aniversario y mucho mucho más.
Si bien la Noche de la Feria es siempre una cita provechosa para los organizadores y los expositores, los cortes de calles ocasionados por la presentación de Colapinto, la limitación de un solo ingreso a La Rural por la avenida Santa Fe y los desvíos, tenían inquietos a todos.

Sin embargo, el aluvión de gente era, antes del cierre, un enorme alivio. Los propios organizadores hablaban de un 15% más de público que el año pasado, que ya había sido bueno. Otra cosa será que eso se refleje en ventas. Pero, en principio, nada (ni siquiera el piloto argentino de F1) impidió que los lectores llegaran a su fiesta anual.
En memoria de Vargas Llosa
Justo antes de la apertura de puertas, se realizó un homenaje al escritor peruano Mario Vargas Llosa, titulado “Mario Vargas Llosa: una vida”, que reunió a una docena de personalidades de la cultura para celebrar la vida y la obra del ganador del Premio Nobel de Literatura a través de la lectura dramatizada de algunos textos autobiográficos del escritor.

De la actividad (organizada por el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe y la Cátedra Vargas Llosa) participaron sus hijos Álvaro y Morgana; el embajador de Perú, Carlos Chocano Burga; y la embajadora del México, Lilia Eugenia Rossbach Suárez; el vicedirector de la Cátedra Vargas Llosa, Christian Asinelli; la escritora argentina Paola Vicenzi, ganadora del premio de Novela Vargas Llosa organizado por la Universidad de Murcia; el expresidente de la Fundación El Libro Alejandro Vaccaro; la académica y narradora María Rosa Lojo, entre otros.
Álvaro Vargas Llosa aseguró que tanto él como su hermana sentían una gran emoción por «conmemorar una fecha sensible, ya que hace un año falleció mi padre y la verdad es que nos sentimos acompañados, algo menos solos, gracias a todos ustedes».
El hijo del autor de Conversación en La Catedral leyó un fragmento de la elegía titulada «En memoria», que el británico W.H. Auden le dedicó a W.B. Yeats porque, dijo, sintetizaba una idea que le resultaba acertada: «El hombre privado ha desaparecido y ha pasado a ser propiedad pública. El hombre privado se ha disuelto, se ha diluido en el público, se ha vuelto sus seguidores. Me pareció una idea muy muy hermosa», aseguró.
Álvaro Vargas Llosa consideró que, de alguna manera, su padre «se ha vuelto un personaje de ficción, una idea. Cada vez que alguien lo lee, cada vez que alguien se tropieza con un recuerdo suyo, cada vez que alguien lo asocia con algo que despierta la imaginación, la idea de que mi padre se materializa. De manera que es muy fascinante comprobar cómo una persona que dedicó toda su vida a inventar otros mundos, se transforma él mismo en un personaje de ficción».
El ensayista y conferenciante recordó que su padre decía que un autor está siempre diseñado entre sus personajes, incluso los que más le repugnan, incluso aquellos que son antagónicos a su manera de ser y a su manera de pensar: «Uno es sus personajes. Hay un poco de mí en cada uno de mis personajes», lo citó.

También aseguró que su padre era un soñador: «Un utópico, alguien que quería vivir muchas más vidas de las que le estaba dado vivir, solo tenía una, pero quiso convertir esa única vida en muchas. Fue un personaje que intentaba desbordar los límites de la existencia».
Antes de abrir una lectura colectiva que reconstruiría la vida de su padre a partir de breves fragmentos de textos autobiográficos cargados de la lucidez, la belleza y la ironía del Nobel peruano, Álvaro Vargas Llosa recordó que su padre pensaba que era necesario buscar la utopía: «No hay que renunciar a la utopía, aunque la utopía sea por definición imposible. Hay que buscarla, pero hay que evitar buscarla en la ciudad, es decir, en la vida pública, en la vida política. Hay que canalizar esas fuerzas hacia el mundo de la cultura, del arte, de la literatura», lo parafraseó.
Como no podía ser de otro modo, el poder estuvo presente en la semblanza de su padre. «Cuando la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel, justificó esa decisión con una frase que llamó la atención a muchos lectores, una frase que decía algo así como que valoraban en él y en su obra la cartografía de las estructuras del poder y las imágenes de la resistencia, la rebeldía y la derrota del individuo».
El hijo del escritor aseguró que ese eje atraviesa la obra del Nobel: «Reflexionó permanentemente, constantemente sobre el mundo del poder y no solamente sobre la lucha entre el individuo y el Estado, sino también en el abuso de poder en la sociedad, el fuerte contra el débil, la condición de la mujer, todo aquello que suponía un abuso o una invasión de ese espacio sagrado que es la soberanía individual que él tanto valoró».
Luego, una docena de personas, desde sus hijos y amigos hasta fieles lectores, pusieron voz a memorias de vida de un hombre que, sobre todas las cosas, siempre supo cómo contar historias.
Las clases de Liliana Bodoc
Un poco antes, otro hijo recordó a su madre: fue Galo Bodoc, que participó de la presentación de dos libros póstumos de Liliana Bodoc, El hilo de oro. Un camino hacia la escritura creativa y Volver a conocer el fuego.El extrañamiento, lo fantástico y la magia en la escritura creativa. Los dos tomos, editados por EDIFYL, la editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo, fueron presentados, además, por el decano de esa casa, Víctor Gustavo Zonana y la editora Ana Federica Distefano.

Bodoc murió repentinamente en febrero de 2018, antes de cumplir 60 años, y dejó una obra de referencia con la trilogía La saga de los confines que la posicionó como paradigma de la épica y la literatura fantástica. Además de autora, fue tallerista muchos años y es precisamente esa experiencia, la de maestra de escritura creativa, la que recuperan estos dos volúmenes.
En nombre de la editorial, Mariana Guzzante recordó que los libros reúnen las desgrabaciones de las clases que Bodoc ofreció tanto en Mendoza, de donde era oriunda, como en Buenos Aires y Mar del Plata. “Estos dos ejemplares de Liliana vuelven a traernos a la vida a esa maravillosa maga”.
“Vamos a invocar a nuestra amada y la vamos a traer hoy de nuevo a nuestras vida, con su poesía, con su amor por la palabra, sobre todo en estos tiempos tan difíciles cuando necesitamos justamente más lilianas, estamos trayendo de nuevo su fuego a esta Feria del Libro”.
Galo Bodoc recordó la magia de los talleres coordinados por su madre. Especialmente, los primeros que ofreció en Hasta Trilce y de los que fue testigo: “Lili pasó sin transición de un comedor de casa laburante en Mendoza a ser representante de la cultura fantástica, no solo Argentina, sino también en latinoamericana”, la recordó.
Esa fama repentina y sin retorno fue para Bodoc “un salto drástico en la vida”, recordó su hijo. Fue tiempo después que apareció la idea de los talleres. “Ella amaba ese rol, amaba la docencia y le parecía una gran oportunidad”, agregó.
Esos encuentros se fueron llenando de otras implicancias, tanto para la autora como para su hijo, que era en cada encuentro un testigo privilegiado. Así lo recordó esta noche, mezclando la magia de los rituales sanadores con la alquimia de palabras que tomaba forma en aquellos sábados por la mañana.

“Yo solo entraba de vez en cuando a llevar unos termos de agua caliente o un cafecito para el día. Y esos escasos segundos me confirmaban lo que allí estaba sucediendo. La sincronía de la atención era tan compacta que era como entrar un templo”, describió.
Galo Bodoc recordó cómo salían aquellos alumnos, algunos de los cuales se encontraban anoche en una sala Alejandra Pizarnik colmada: “Llegaba el momento de verlo salir. Yo esperaba expectante no por apuro de irme o de terminar, sino por el placer de no reconocerlos. Porque sin metáforas de ninguna escala, las personas que salían eran diametralmente diferentes a las que habían entrado”.

