Fútbol, entre civilización y barbarie

“Fue desde el comienzo un juego violento que provocaba violencia, a punto tal que ya en 1314 el rey Eduardo II debió prohibir su práctica porque la brutalidad con que se jugaba provocaba numerosos heridos y aun muertos. En la Inglaterra isabelina era considerado un juego vil, base football player, como lo testimonia Shakespeare por boca del duque de Kent, personaje de El Rey Lear, en el acto I de la escena IV”.

El sociólogo argentino Juan José Sebrelli, autor de estas líneas en su libro La Era del Fútbol, no se habría sorprendido de ver cómo Leandro Paredes cogía por el cuello a Eric García y arrastraba por el suelo a Gavi, o cómo Roberto Ayala, ayudante técnico de Argentina, le daba un puñete a Olmo en medio del escándalo que siguió al pitido que puso término a la final de la Copa del Mundo más hipertrófica de la historia, el domingo pasado en Nueva Jersey.

Mil años después de que comenzara a practicarse, el fútbol seguía dando argumentos a quienes denuncian su esencia salvaje. El torneo que atizó más teorías de la conspiración de la historia de los Mundiales acabó en riña tumultuaria. Cuando la derrota se consumó, los jugadores y los técnicos argentinos no consiguieron reprimir su ira después de una semana en la que se sintieron provocados por el chorreo de informaciones que, originadas en España, deslizaron que el árbitro de la final, Slavko Vincic, los favorecería como los habían favorecido todos los jueces a lo largo del torneo, según una extendida creencia difundida en medios convencionales y redes sociales. La grave crisis de credibilidad institucional que atraviesa la FIFA, máximo órgano de gobierno del fútbol, exacerbó un clima de sospecha.

“Hay un juego de provocaciones y de respuestas, cosa que ocurre en todos los países del mundo donde se juega al fútbol, desde la categoría infantil a la primera de profesionales”, observa el sociólogo argentino Pablo Alabarces, autor de ensayos como Fútbol, identidad y violencia en América Latina. “En el caso específicamente argentino hay un añadido que es lo que lamamos la lógica del aguante. Consiste en que tienes que demostrar que posees ese capital llamado aguante. ¿En qué consiste? En que tienes que demostrar todo el tiempo que eres muy macho, que este es un juego de hombres y para jugarlo tienes que tener huevos. Es una ética, una lógica moral que te indica lo que está bien y mal en el contexto futbolero. Frente a una provocación o una derrota o una humillación, lo que está bien es responder con algún tipo de gesto físico”.

“Pero este no es un fenómeno meramente nativo”, advierte Alabarces. “En los 80 la investigación de los hooligans ingleses daba resultados muy clasistas: se culpó a las clases obreras menos educadas. Cuando el trabajo se refinó se descubrió que no había tales clases obreras sino un conjunto de hinchas que actuaban según esta lógica de masculinidad muy exacerbada, y esto sucedía en Inglaterra, no solo en Paraguay o Argentina. Tras el final del partido entre Argentina e Inglaterra, el que le pega un sopapo a un jugador argentino [Barco] es Bellingham. El juego de provocaciones en la final del Mundial tuvo como participantes a miembros de los dos equipos, lo que ocurre es que el argentino dice: ‘Me han herido en mi honor, yo tengo que demostrar que tengo aguante’. ¿Está bien? No. Pero, ¿desde qué punto de vista no está bien? Desde un punto de vista exterior a la cultura futbolística. La cultura futbolística obliga al gesto violento. Lo que hay que desterrar es la idea de irracionalidad. No se trata de comportamientos irracionales. Se trata de comportamientos regulados por otra racionalidad”.

“Si la FIFA pone sanciones nimias esto seguirá igual”, observa Eduardo Iturralde, exárbitro español con 30 años de experiencia; “las sanciones a los argentinos responsables de agresiones deberían ser proporcionales a lo que ha pasado, porque este ha sido el partido más visto del mundo. El fútbol tolera ciertos comportamientos que en otros deportes y otros ámbitos no se toleran. Seguramente porque los futbolistas tienen tanta consideración social que piensan que están fuera de la sociedad. El fútbol en cierta forma es como una religión. Arbitrar es muy difícil porque arbitras sobre sentimientos. Es muy sentimental y poco racional, y tendría que ser al revés. La prueba está en expulsiones como la de Enzo: un futbolista deja a su equipo con diez por darle una patada al rival o insultar al árbitro, ha cometido una negligencia, pero sale aplaudido por el público. ¿Qué mensaje le das al que se ha equivocado, al que ha agredido? Encima lo refuerzas moralmente porque su afición le aplaude. Esto es un problema de la sociedad”.

El árbitro español que dirigió más partidos internacionales en la última década, Antonio Mateu Lahoz, denuncia el cinismo imperante en torno a un juego cuyos practicantes intentan transgredir las normas de manera regular. Un juego siempre sujeto a la hipocresía de una sociedad que solo juzga al que pierde. “Néstor Pitana es uno de los mejores árbitros que existen”, recuerda Lahoz, a modo de ejemplo. “Arbitró la final del Mundial de 2018. En ese partido el marcador se abrió con una falta que simuló Griezmann. Todo el mundo vio que no hubo falta, que el árbitro se equivocó, pero que el VAR no pudo entrar porque fue una falta en tres cuartos de campo. Francia ganó el Mundial y Griezmann fue MVP. No fue relevante que engañara al árbitro”.

“Estoy seguro”, prosigue Lahoz, “de que el cuerpo técnico de Argentina le dijo a Alexis, Leandro y Enzo que había que provocar a determinados jugadores ingleses para sacarlos de quicio. Los futbolistas obedecen porque quieren jugar y seguir siendo seleccionados por sus entrenadores. Y no pasó nada porque Argentina ganó 2-1 a Inglaterra. Da igual el cómo. Hay dirigentes que hace poco se han atrevido a decir públicamente que si ganan en el último minuto con un penalti que no es, a ellos les da igual. Manda el resultado y todos corren un riesgo”.

“El escándalo siempre lo monta el que pierde, por frustración”, observa Andoni Goikoetxea, que como futbolista del Athletic de los años 80 fue paradigma de la agresividad en el cuerpo a cuerpo, lesionó a Maradona durante un partido, y meses más tarde fue testigo de la pelea más célebre de la historia del fútbol español. “Sucede por no tener educación deportiva”, dice, “por la frustración del perdedor. Yo lo viví en la final de Copa de 1984 contra el Barça, cuando ganamos 1-0 y Maradona le dio una patada a Miguel Ángel Sola en la boca y le reventó la cara… Si el balón está en juego puedes hacer una entrada alocada o a destiempo. La patada de Enzo a Cubarsí es así: arriesgas más de la cuenta y si no te sale te expulsan. Pero agredir al rival cuando se acaba el partido no tiene nada que ver con el deporte”.

Las exhibiciones de arbitrariedad de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y Donald Trump, presidente del primer país organizador, saturaron la atmósfera del Mundial de un aire viciado. La clase de vibración que inflamó a sociólogos como el francés Jean-Marie Brohm, pionero de los intelectuales que —inspirados en postulados marxistas— denunciaron el carácter apocalíptico del balompié en ensayos como Fútbol, Una Peste Emocional, en sintonía con la tesis lúgubre de Juan José Sebrelli.

“Sebrelli de fútbol entendía poco y le faltaba bibliografía”, protesta Alabarces. “Hace 60 años se publicó un libro fundacional de la sociología del deporte, que es Deporte y Ocio en el Proceso de la Civilización, de Norbert Elias y Eric Dunning. Su tesis es que las sociedades en su tránsito a la modernidad habían reducido sus niveles de violencia mediante la generación de normas. En el deporte pasa lo mismo: es objeto de regulaciones que reducen la violencia. No perdura en el fútbol el ímpetu medieval de dos pueblos campesinos enfrentados. Pero sigue existiendo una pretensión de autonomía. El fútbol se piensa a sí mismo como un espacio autónomo, con excesos ridículos como que hasta 2015 la CONMEBOL fijó su sede en Asunción del Paraguay en un edificio que se pretendía fuera de la jurisdicción política y jurídica del Estado paraguayo. A ese extremo llegó la extraterritorialidad”.

Los Artículos 19 y 58 de los Estatutos de la FIFA insisten en esa idea: determinan que si un club o una federación de cualquier país acude a la justicia ordinaria o al Gobierno del país para resolver un conflicto, serán susceptibles de ser expulsados por la FIFA.

Folclore jurídico. Sorpresa para el lego. Rutina de un juego que se domestica muy lentamente.

Redacción

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