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Hungría cambió de régimen. Venezuela, de gobierno: la diferencia internacional

El 13 de abril Viktor Orbán reconoció su derrota ante Péter Magyar y el partido Tisza, poniendo fin a dieciséis años de gobierno iliberal en Hungría. Lo que ocurrió no fue simplemente un cambio de gobierno, el reemplazo de personas en el poder. Fue un cambio de régimen: un cambio en las reglas de acceso y ejercicio del poder.

Magyar ganó una supermayoría de dos tercios que le permite reformar la Constitución, recomponer la justicia y revertir la captura institucional que Orbán había construido ladrillo sobre ladrillo desde 2010. Tres meses antes, el 3 de enero de 2026, fuerzas especiales estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas en una operación militar sin precedentes.

Fue otro cambio espectacular. Pero Venezuela no tuvo su momento Budapest. Maduro cayó; el sistema que construyó junto a Hugo Chávez desde 1999, no. El Tribunal Supremo de Justicia, el Consejo Nacional Electoral, las Fuerzas Armadas convertidas en actor político y económico — todo sigue intacto bajo Delcy Rodríguez y el círculo chavista. Trump produjo un cambio de gobierno. Venezuela sigue esperando el cambio de régimen.

¿Por qué la diferencia? La respuesta obvia — que Venezuela tenía una dictadura más consolidada y una oposición más débil — tiene patas cortas. Ambos regímenes compartían una genealogía similar: llegaron al poder por elecciones, usaron mayorías legislativas para reescribir constituciones, capturar tribunales, acosar medios independientes y rediseñar sistemas electorales a su favor.

En ambos casos la oposición era mayoritaria y estaba bien organizada. La venezolana demostró en julio de 2024 una unidad notable bajo la candidatura de Edmundo González y obtuvo una victoria aplastante, que el Maduro ignoró.

Magyar, por su parte, era hasta hace poco un insider del propio Fidesz. Si la variable interna fuera determinante, el resultado debería haber sido el inverso. No lo fue. ¿Y si la clave no estaba dentro, sino fuera?

En ese punto los dos casos divergen radicalmente. Hungría era miembro de la Unión Europea, es decir, un actor externo tenía tanto el poder como el interés de cambiar el régimen. Entre 2022 y 2025, la UE congeló aproximadamente 32.000 millones de euros en fondos estructurales y de recuperación para Hungría — alrededor del 16% de su PIB — aplicando por primera vez el Reglamento de Condicionalidad del Estado de Derecho.

Cuando Hungría perdió permanentemente más de mil millones de euros a fines de 2024, Magyar lo hizo argumento electoral: ese dinero era de los húngaros, y Orbán lo había sacrificado para mantener su sistema de corrupción. La presión financiera externa se tradujo en desgaste político interno. Y la UE tenía interés directo: Orbán erosionaba la cohesión del bloque, obstaculizaba la ayuda a Ucrania y desafiaba al Tribunal de Justicia Europeo desde adentro. Para Bruselas, recuperar a Hungría como socio confiable y democratizarla eran, en la práctica, la misma cosa. Poder e interés democratizador coincidieron.

Venezuela tuvo dos actores externos relevantes, pero ninguno con la combinación correcta. La OEA invocó su Carta Democrática, respaldó a la oposición y avaló las pruebas de fraude electoral de 2024 — pero es un foro intergubernamental sin instrumentos coercitivos, bloqueado por Cuba, Nicaragua y Bolivia. Tuvo interés, pero no poder. Trump, en cambio, tenía el poder militar más grande del mundo y lo usó el 3 de enero.

Pero la democracia no estaba entre sus objetivos — el petróleo, el narcotráfico, la expulsión de la influencia rusa, china e iraní, según hizo explícito. El aparato chavista quedó intacto. Estados Unidos podía democratizar, pero no quiso hacerlo. Dos actores, OEA y EEUU, dos carencias simétricas. Y entre los dos, dejaron el régimen en pie.

El episodio deja tres lecciones. La primera es contraintuitiva: la intervención indirecta y económica de la UE llegó más lejos que la intervención directa y militar de Estados Unidos. La explicación no está en el tipo de intervención sino en el interés detrás de ella: la UE quería cambiar las reglas porque le convenía tener un socio confiable; Washington quería los recursos y la seguridad regional.

La segunda es contracorriente: la UE, una institución sin ejército, frecuentemente despreciada como actor geopolítico blando, demostró ser más eficaz que la mayor potencia militar del mundo a la hora de hacer un cambio más profundo que un reemplazo de elenco.

La tercera es histórica. La UE pudo ejercer poder real porque está compuesta de estados capaces — administraciones con recursos, burocracias profesionales, sistemas judiciales independientes. Cuando estados así crean una entidad supranacional, le transfieren capacidad real.

No es muy distinto de lo que hicieron Massachusetts, Nueva York y Virginia cuando fundaron los EEUU: estados fuertes engendraron una federación fuerte. OEA y Mercosur siguieron otra trayectoria. Sus estados fundadores arrastraban debilidades institucionales crónicas: burocracia patrimonial, justicia dependiente, fiscalidad precaria.

Las debilidades se transfirieron hacia arriba. Una organización regional es, en última instancia, tan capaz como los estados que la componen. América Latina construyó instituciones supranacionales sobre cimientos frágiles, y el resultado es previsible: organismos con declaraciones pero sin garrotes. La OEA pudo condenar el fraude venezolano. No pudo castigarlo.

Redacción

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