Ieda Magri, autora brasileña: “La escritura cambió mi modo de ver a mi madre y a mi padre»

Ieda Magri nació en Aguas Frías, en el oeste gaúcho de Santa Catarina en Brasil. La suya es una familia del campo, no muy lejana del imaginario de nuestras pampas: del gaucho, del mate, del campo, de la carne. En Una exposición –su cuarto libro, y el primero traducido ahora al español por el sello Sigilo– la narración gira en torno a la urgencia que siente en determinado momento de su adultez de revisar el sentido de la palabra campesina así como los rituales, costumbres y paisajes de su infancia –en su recuerdo, felices y bucólicos–. Se propone escribir una crónica del ritual del carneado de regreso a la casa familiar, pero la idea se verá afectada por una crisis, dando lugar a un libro diferente, que la llevará a “un viaje al interior del paisaje y de mí misma”.

Ieda Magri, escritora brasilera, en Buenos Aires. Foto: Victoria Gesualdi.

De visita en Buenos Aires para participar de una actividad organizada por la UNA sobre narraciones a partir de archivos e imágenes, y dar a conocer su libro, Clarín conversó con Ieda Magri en las oficinas de la editorial Sigilo.

«Yo me acordaba de ese que era, en mi infancia, el día más feliz: una o dos veces al año, venían los tíos y los vecinos a nuestra casa para la fiesta, el ritual, en que se hacía la carneada. El momento de matar el buey, ciertamente, no era tan lindo, pero yo no me daba cuenta entonces. Lo que recordaba era la gran fiesta de separan las vísceras, repartir la carne, hacer el churrasco, y comer todos juntos, incluso el corazón. Cuando cumplo cuarenta años, tras una crisis de pareja, vuelvo a la casa de mis padres para el día de la fiesta, pero quedo muy triste porque en el encuentro aparece algo nuevo, y en alguna medida inevitable: pensar que aquello que yo vi, el cuerpo del buey, podría ser el cuerpo de una persona, incluso el del hombre al que amo».

Apegos feroces

Magri dedica varios capítulos a la faena de la res elegida: la número 45. Las descripciones puntillosas –no aptas para lectores sensibles– harán foco paso a paso, en el proceso y las maniobras –a la vez brutales, necesarias y precisas– por las cuales se logra matar a la res para disponer de sus cuero y vísceras. También se detalla el rol que cumple cada familiar en el carneado, un proceso que se vive, lógicamente, como natural. “No había nada de salvaje en ellos”, dice la autora respecto de sus tíos, a cargo de la faena.

Sucede entonces el desdoblamiento entre la Ieda niña de la infancia y la mirada bucólica, y la Ieda adulta que vuelve al hogar paterno con nuevas preguntas, y sobre todo, nuevas lecturas, como J. M Coetzee y su Elizabeth Costello, la militante en contra del consumo de carne animal; los sacrificios aztecas en La parte maldita de George Bataille ·(¿sabían las víctimas que iban a morir?); o el legista que sostiene y pesa un corazón en Los prisioneros de Ruben Fonseca.

–¿De qué modo sentís intervienen tus lecturas de regreso a la casa familiar?

–Yo había leído Elizabeth Costello y seguramente algo de eso proyecté, aunque no racionalmente, al ver la faena de las carnes. Yo pensé: voy a ir y voy a escribir una crónica del sacrificio del buey, de la fiesta, y listo. Y entonces, ahí en la fiesta, viendo la muerte con mis ojos de adulta, se hizo más clara y fuerte la sangre, toda la violencia. Mi madre dice entonces una frase: “Cómo puede ser que tenemos tantos hijos, pero no tenemos muchos nietos”, y a partir de lo que ella dice, todo cambia. En ese momento dejo de escribir la simple crónica del sacrificio del buey, para exponerme a mí misma. Fue así que vi delante mío este mundo tan masculino de las matanzas, de las cañadas. También el lugar de la mujer en este mundo rural, en este mundo católico, en este mundo tan moralista, totalmente diseñado por la sociedad patriarcal, en el que las mujeres adultas cumplían el papel de control. Se derrumbó esa belleza que veía en la comunidad pequeña y en aquellos rituales domésticos y rurales, a la par que entendí que aquello que yo creía que había elegido para mi vida, en realidad no lo había elegido.

–En el libro destacás la sensibilidad de tu padre –que llora y se lamenta durante la faena– en contraste con otros hombres, pero también frente a la dureza de tu madre, insensible en la degollamiento de las gallinas. Decís “Yo creía que mi madre no tenía corazón”.

–Claro, lo que pasa es que lo de las gallinas era algo cotidiano, no así la res. Aun así, la escritura del libro cambió mi modo de ver a mi madre y a mi padre. Mi padre es lo sentimental, y en eso se destaca de otros hombres. Sobre mi madre… hasta hoy estoy reconsiderando lo que escribí porque no tenía intención de que se viera tan fuerte, tan insensible, pero cuando estaba escribiendo el libro, aún no lo registraba porque estaba en el momento de duelo. Hoy creo que la fuerza de mi madre –no mostrar lágrimas–, fue también fundamental para alentarme a salir del pueblo y poder estudiar, ser profesora, una fuerza que admiro.

–En relación con el peso de las narrativa y las reflexiones que atraviesan y estructuran el libro, ¿te resulta cómodo pensar tu libro como un ensayo?

–Me encantó que este libro salga en español en una colección de ensayos. ¡Y en Brasil como novela! Porque yo estudio justo esto: lo que está entre la novela y el ensayo. En el libro hay ficción, hay un arco narrativo que lo ubica también con la novela, pero a la vez hago muchas reflexiones sobre un montón de cosas que lo ubican en el ensayo. Y si bien estaba interesada en buscar una verdad sobre el mundo que viví, creo que la ficción aparece también en la forma de armar el libro, en cómo lo hago funcionar. Porque todas esas cosas, estas emociones, fueron vividas en dos días. Pero de allí vamos hasta la infancia y un poco para adelante. La primera parte es lo que ubico como la crónica, y después aflora todo lo que tiene que ver con los apegos feroces, como diría Vivian Gornik.

Algo se salió de control

Doctora en literatura brasileña por la Universidad Federal de Río de Janeiro y profesora de teoría literaria de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, Magri explica que su relación con la Argentina, es antes que nada, literaria.

Tengo una larga relación con Argentina porque tengo un proyecto de investigación que piensa la literatura brasileña en Argentina y la argentina, en Brasil, y también la recepción de la crítica en ambos países. Pensar, por ejemplo, los factores por los que nuestras literaturas no circulan tanto –como la música, o el cine– una en la otra. Por supuesto, está la barrera del idioma, pero me encanta pensar que Brasil forma parte de América Latina».

–¿Cómo nace tu interés académico por este problema o puente literario?

–En principio por un profesor argentino, Raúl Antelo, que tuve en mi carrera de grado en la UFSC, en Santa Catarina, y nos puso a leer crítica: a Josefina Ludmer, a Beatriz Sarlo, y claro, a Borges, a Piglia, a toda la literatura argentina. Lo segundo fue a leer a Bolaño, quien decía que la gran literatura del continente era la argentina, y alentaba a pensar en la literatura del continente, no como una identidad, sino a través de algo que nos conecta. Sobre todo, que no nos piensen desde afuera, como había ocurrido con el realismo mágico y el boom. Para mí es una gran emoción, aunque sea con un libro muy chiquito, formar parte de esta gran biblioteca que es la literatura publicada en la Argentina. Aquí están los libros que estudié y amo: desde César Aira a Mariana Enríquez y Gabriela Cabezón Cámara.

Ieda Magri, escritora brasilera, en Buenos Aires. Foto: Victoria Gesualdi.

–¿Por qué la decisión de documentar el relato con imágenes de las reses y las vísceras?

–En verdad, yo saqué las fotos solo para acordarme de todo lo que pasa en esos dos días y escribir. Pero quise experimentar el momento del revelado, como cuando éramos chicos, con la cámara de fotos. También por un proyecto que comparto con la escritora Paloma Vidal, que vive en Brasil, que se llama En Obras, donde presentamos nuestros textos en progreso. Así fui intercalando foto y textos y luego apareció esta cuestión de “autoexponerme”. Me di cuenta que este libro, para existir, necesitaba este concepto de la exposición. Las cosas vinieron entonces un poco juntas: exponer lo que viví en este final de semana, la carneada, y en el centro de esta carneada los problemas con la madre y el corazón, lo que me había hecho sufrir, que no estaba en la superficie de la alegría de la infancia.

–¿Tuviste en algún momento presente al lector? ¿Pensaste en la reacción de un lector urbano –secularizado– frente a las descripciones del carneado que narrás?

–¿Sabés que no? Y esto me salvó, porque si yo hubiera pensado que este libro podía afectar a alguien –como sé que afectó a mi madre y a mi padre– quizás no lo hubiera escrito así. Este es mi cuarto libro. Hasta aquí, mis libros se habían leído poco, en círculos cercanos, y no tenía en la cabeza ningún lector. Aquí hay muchos artificios, mucho trabajo, pero no hice nada para protegerme, no suavicé nada. Creo que aquí hubo algo que salió un poco del control.

Ieda Magri básico

  • Nació en Águas Frias, Brasil. Narradora e investigadora académica, es doctora en literatura brasileña por la Universidad Federal de Río de Janeiro, profesora de teoría de la literatura la Universidad del Estado de Río de Janeiro e investigadora del CNPq.
Ieda Magri, escritora brasilera, en Buenos Aires. Foto: Victoria Gesualdi.
  • Además de Una exposición, publicado en 2021, es autora del libro de relatos Tinha Uma Coisa Aquí (2007) y de las novelas Ninguém (2016), Olhos de bicho (2013) y Um Crime Bárbaro (2022).
  • Sus libros de ensayo son O nervo exposto: João Antônio, experiência e literatura y Três histórias com Piglia.
  • Vive en Río de Janeiro, donde da clases de teoría literaria.

Una exposición, de Ieda Magri (Sigilo).

Natalia Ginzburg

Periodista y editora

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