La tarde del sábado en el centro de Barcelona empezó con el sonido de pasos acelerados en las estrechas calles del Barrio Gótico que rodean la plaza de Catalunya. Se oían gritos. “Vamos, vamos, corred que vienen”, repetían un grupo de jóvenes bajando como cohetes hasta la calle Comtal.
En seguida, el sonido de las sirenas de los Mossos d’Esquadra y de la Guàrdia Urbana hizo salir al balcón a los vecinos. La policía local podía perseguir mejor a los chavales, la mayoría vestidos de negro, en aquel extraño juego del gato y el ratón, porque sus agentes iban en moto. Pero, aquello, solo fue el presagio de los disturbios que se iban a producir horas después.
Los comercios ya habían bajado las persianas antes de tiempo. Leroy Merlin, MediaMarkt, El Corte Inglés… Algo iba a pasar. Y, de hecho, se sabía de antemano que iba a pasar, porque el día antes habían retirado contenedores, como los de la calle Fontanella. Pero, no todos, horas después arderían algunos junto a El Triangle, donde aquellos jóvenes juguetones móvil en mano prendieron fuego también a algunos toldos de terrazas de bares y restaurantes, como el mítico Zúrich (antes, punto de encuentro de la juventud en Barcelona para actividades mucho más pacíficas: sin duda, eran otros tiempos).
Grupos de chicos y chicas, la inmensa mayoría menores de edad, sobre todo entre los 13 y los 16 años, se habían concentrado en los alrededores de la plaza de Catalunya. Los Mossos y la Urbana los perseguían de vez en cuando. Y ellos y ellas corrían, se escapaban, reían y, sobre todo, lo grababan todo con el móvil. Iban en grupos de amigos y amigas, no muy numerosos, y la mayoría del tiempo se les veía cabizbajos tecleando sus móviles. Parecía que aquello lo estaban viviendo más en un escenario digital que en pleno centro de Barcelona. Era como si estuvieran en un videojuego. Y es que, de hecho, habían sido convocados por las redes sociales.
“La gente se aburría en casa y ha venido aquí, como en Francia”, explicaban tres jóvenes en Portal de l’Àngel, antes de que una treintena de chavales pasara junto a ellos corriendo, perseguidos por los mossos. “No protestamos por nada, ya no hay nada por lo que protestar”, aseguraba uno de ellos, vestido todo de negro. Había resignación en su rostro. Nada de esperanza. Solo ganas de pasar el rato, desahogarse. El chándal era la prenda de ropa que más se llevaba. Algunos iban con pasamontañas e incluso con guantes, quizás para no dejar huellas. Todo muy peliculero. Unos hablaban árabe; otros, francés; otros, castellano; otros, catalán… eran como una pequeña Torre de Babel de jóvenes con ganas de diversión, de algo nuevo, de algo tentador, de algo diferente que les sacara de su monotonía, según se desprendía de las conversaciones.
Dos turistas jóvenes se acercaron a un grupo de chavales y les preguntaron qué pasaba. “Protestamos por la educación y la vivienda”, les contestó uno en un inglés macarrónico. Le entendieron, aunque los chicos y las chicas se estaban riendo tal y como lo decían. No se sabe si de su mal uso de la lengua de Shakespeare o de lo que acaba de decir. Daba la impresión que no se lo creían ni ellos.
Poco después, unos empezaron a tirar bicicletas y alguna moto para impedir el paso de las furgonas de los Mossos. La tensión iba creciendo, al igual que el número de chavales concentrados. Querían imitar los disturbios de Francia. Mimetismo… digital y en directo. Un grupo consiguió arrancar un semáforo de plaza de Catalunya. Un chico se hizo con un hierro y rompió el cristal de una marquesina del bus. Otro, le imitó con la de al lado. Unos jóvenes, mayores, se lo recriminaron, les persiguieron y casi llegan a las manos. Casi, porque en ese momento, aparecieron las furgonas de los Mossos y empezaron a salir agentes porras en mano. “Para arriba, para arriba”, gritaban a todo aquel que se encontraba junto a El Corte Inglés. Sí, ya ha llegado el otoño a Barcelona, pero, como a Francia o a Italia. Violento, triste, desconsolado. Caen las hojas como se desploman las expectativas de la juventud.
Al otro lado de la plaza de Catalunya, decenas de jóvenes de negro, ya eran varios centenares, consiguieron incendiar contenedores. Y también echaron a las llamas bicicletas del Bicing. Se pudo escuchar una gran explosión. Todos lo celebraron. Un grupo de chicas se marcaba un Tik Tok bailando, mientras aquella fogata iba camino de superar a las de la verbena de Sant Joan. Más celebraciones, habían conseguido hacerse con… flores. El contraste de un joven, todo de negro, portando un ramo de rosas blancas con los bomberos apagando el incendio detrás, era surrealista.
“Vamos todos para el Foot Locker”, grita un chaval a sus amigos en un intento infructuoso de saquear la tienda
Los Mossos vieron que la cosa iba más en serio. Apareció el helicóptero en el cielo de Barcelona, con un foco que lo iluminaba todo como en un escenario de teatro. Hoy, tocaba drama. “Llevan balas de goma”, gritaron unos jóvenes. Algunos agentes ya iban con las escopetas de foam. Pero eso no impidió que algunos de aquellos chavales les tiraran los pequeños adoquines que arrancaron del suelo que hay en torno al monumento a Francesc Macià. La escultura de La Diosa, conocida como El enigma, observaba toda la escena como preguntándose qué hacían estos jóvenes, por qué se entretenían así un sábado por la noche. “Vamos todos para el Foot Locker”, sugirió uno de ellos. Más bien fue una consigna, pero no consiguieron saquearlo ni mucho menos porque la tienda estaban bien protegida, sin ningún cristal a la vista. Alguien, previsor, la había blindado a conciencia.
El campamento de los acampados por una vivienda digna sí que estaba (y está) bien protegido. Los chavales iban y venían haciendo de las suyas, mientras ellos y ellas seguían sus andanzas desde el otro lado de las vallas. Desde dentro se podían contemplar las llamas de las fogatas. El fuego de una extraña revolución que buscaba conseguir, básicamente, bambas gratis.



