El azar es ese duende juguetón que mueve sus hilos y, sin que nos demos cuenta, gobierna nuestras vidas y el rumbo de la historia. Por un cambio que hice de última hora, y cuatro días, no me pilló el terremoto de Colombia. Por haber vencido la pereza que me daba asistir a una fiesta de cumpleaños a finales de los noventa, conocí a la que sería mi pareja. Pero no soy solo yo: ¿y si el chófer del archiduque Francisco Fernando no se hubiera equivocado de calle en el Sarajevo de 1914 y, por tanto, el mandatario no hubiera sido asesinado? ¿Habríamos evitado la Primera Guerra Mundial? ¿Y habríamos abortado la segunda nada más iniciarse si Hitler no hubiera concluido –a causa del mal tiempo– trece minutos antes su discurso del 8 de noviembre de 1939 en la cervecería de Munich donde estalló la bomba que le había preparado cuidadosamente el carpintero Georg Elser?
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