Del ex presidente José Mujica se pueden decir muchas cosas negativas. Que se levantó en armas contra un gobierno democrático, que formó parte de una organización clandestina que asesinó y secuestró gente, que disfrutaba de construir un relato de sí mismo que lo definía como un anciano sabio y bondadoso. Se puede asegurar, como lo hizo Tabaré Vázquez, que decía estupideces, que como te decía “una co sate decía la otra”, entre tantas otras.
No obstante, ni sus más fanáticos detractores podrán calificarlo de incoherente. Siempre conservó su Fusquita y su Vespa y su perra de tres patas. Y siempre se mantuvo en la misma postura. Su pasión era que lo adularan. Que sus feligreses los escucharan con admiración. Le gustaba que lo llamaran “El Viejo” y hacer anuncios sensibleros. Pero era un tipo coherente y su motivación corría por el lado del poder y no de la guita o los lujos materiales. En ese aspecto no engañó a nadie.
Mujica hizo de la austeridad una identidad. Y algunos de sus herederos la convirtieron en marketing. Recuerdo que durante la última campaña, escribí en este mismo espacio sobre la esmerada imitación de Mujica que el actual presidente Orsi, ensayó en cada acto público durante esa etapa.
Mujica era un genuino paladín del pobrismo. Pero no es la norma. La mayoría de los que explotan esa imagen, son impostados. Actores con mayor o menor talento que intentan vender al público un personaje.
La realidad es que mucha gente es austera o humilde porque no le queda otra. Porque no tienen cómo no serlo. El tema es cuando se les cae la careta. Cuando por esfuerzo o por chiripa, acceden a eso que durante tantos años no pudieron alcanzar y que por ese motivo despreciaron y demonizaron. Son esos que se presentan como enemigos del consumo y del estatus pero suelen abrazarse a ambos como un koala a la rama apenas dejan de ser privilegios ajenos y se convierten en propios. Los que hicieron de la austeridad una virtud hasta el preciso momento en que pudieron dejarla atrás. Revolucionarios hasta que les aprueban la tarjeta de crédito.
Cuando finalmente el momento llega, tiran años de discurso al tacho a cambio de disfrutar esa sensación inigualable que brinda pisar el acelerador de un coche de alta gama propio. De subir al mango el volumen de una radio de ultima generación y escuchar una actuación de Agarrate Catalina con un sonido claro y cristalino.
El descuento que aceptó Orsi por la compra de su vehículo particular es un tema preocupante porque abre la puerta a suspicacias de todo tipo. Como también preocupan las ridículas justificaciones de Jorge Diaz en la tele. Pero lo que más duele es la certeza del engaño. De que en realidad, el modesto profesor de historia que prefirió su querido Salinas a la Residencia de Suárez, es capaz de enfrentarse a un lío machazo con tal ser el propietario de una goma de 87 mil dólares.
El lujo es vulgaridad, decían unos rockeros argentinos en su canción más celebrada. Pero más vulgar es la farsa. Porque en definitiva, qué tiene de malo asumir que uno quiere acceder a lo mejor que el mundo material tiene para dar. Y que esforzarse para lograrlo no es frivolidad.
Algunos dirigentes de izquierda han demostrado que, a pesar del discurso pobrista, les gusta la buena vida más que la murga y el mate.
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