Un mes después de la ruptura de la frontera del Tarajal, por la que entraron más de 80.000 personas en apenas 48 horas, Ceuta es una ciudad con los ánimos por el suelo. La profunda sensación de abandono institucional, a la que se suman altas dosis de indignación, miedo e incertidumbre, se ha apoderado de las calles. Las mismas por las que siguen deambulando miles de inmigrantes. Los caballas, a los que les han robado su agosto (su tranquilidad, su libertad) con confinamientos que no los decreta el BOE sino la falta de seguridad, temen que la crispación que emana de la indignación quiebre su histórica convivencia multicultural. Que el crack en la frontera con Marruecos agriete de forma irreversible a una población con la paciencia al límite por las promesas incumplidas.
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