[La economía política de la batalla cultural] La función de la reacción patriarcal en la Argentina de Milei

¿Qué relación tiene la «batalla cultural» del ultraliberalismo con el ajuste que aplica su gobierno contra las mayorías trabajadoras? ¿Es posible extraer de la ofensiva reaccionaria contemporánea una estrategia de articulación entre feminismo y lucha de clases? ¿Cómo integrar la teoría de la reproducción social con una concepción de la hegemonía política y de la organización de la nueva clase trabajadora?

En la Argentina de Milei, el ajuste fiscal supervisado por el FMI, los despidos en el sector público y la desregulación económica convergen con un ataque político e ideológico explícito contra los feminismos, la diversidad sexual, las personas migrantes y quienes sobreviven en condiciones de pobreza e indigencia. Esa ofensiva no constituye un exabrupto retórico ni una maniobra distractiva para desviar la atención de otros temas de la agenda pública. La denominada “batalla cultural” cumple una función precisa dentro de la reestructuración capitalista impulsada por un programa basado en el saqueo, la entrega y la precarización extrema del trabajo.

La reproducción social como terreno del ajuste

Estos ataques contra el feminismo y la diversidad sexual –como otros impulsados por el gobierno– buscan legitimarse socialmente en un contexto en el que el desmantelamiento de las políticas públicas traslada crecientemente el sostenimiento de la vida al ámbito privado. Cuando los hogares no pueden adquirir esos servicios en el mercado, su reemplazo lleva a un aumento del trabajo gratuito, especialmente de las mujeres. En medio del encarecimiento del costo de vida, la caída del salario real y la reforma laboral, el capital necesita que las tareas de cuidado de niñas, niños, personas mayores, con discapacidad o que transitan alguna enfermedad sean realizadas gratuitamente. Cuando el Estado privatiza, precariza o elimina servicios públicos, ese trabajo no desaparece: simplemente cambia de lugar. Se traslada al hogar.

La teoría de la reproducción social permite comprender este mecanismo; cómo ese trabajo, tradicionalmente invisibilizado, feminizado y no pagado, que se realiza en el ámbito privado del hogar de las familias de la clase trabajadora, resulta estructuralmente imprescindible para la extracción de plusvalía y la acumulación capitalista en el ámbito público de los grandes medios de producción. El recorte de los presupuestos estatales en bienes y servicios públicos intensifica esta jornada laboral impaga en el hogar, consolidando el empobrecimiento de la reproducción social de la clase trabajadora y los sectores populares: mayor desigualdad en las posibilidades de inserción de las mujeres en el mercado laboral, empujando a millones de mujeres a la informalidad y la desprotección laboral, por lo tanto, una creciente “feminización de la pobreza”.

De este modo, la reacción patriarcal no opera como una narrativa aislada o casual, sino como una herramienta indispensable para abaratar el costo global de reproducción de la fuerza de trabajo en favor de la clase capitalista.

Ofensiva ultraliberal y disciplina de los géneros

Las “batallas culturales” impulsadas por el gobierno cumplen una función política precisa: mantener fuera de discusión las condiciones estructurales que articulan explotación capitalista y reproducción social. Desde esa perspectiva deben leerse los ataques contra los feminismos, la diversidad sexual y otras expresiones de organización popular. No son conflictos accesorios ni disputas simbólicas desligadas de la economía: contribuyen a naturalizar un orden social que el ajuste profundiza.

Para imponer el ajuste y transformar regresivamente las relaciones laborales, la ultraderecha promueve un discurso según el cual la reproducción de la fuerza de trabajo constituye una responsabilidad exclusivamente individual y familiar. Esa naturalización permite justificar salarios por debajo del costo de reproducción de la vida y descargar sobre las mujeres el trabajo doméstico y de cuidados bajo la apariencia del deber moral o del amor. Incluso fenómenos culturales recientes, como la idealización de la tradwife, contribuyen a reinstalar el imaginario según el cual el trabajo doméstico femenino constituye una obligación natural antes que una condición histórica de la reproducción capitalista.

La restauración de un vetusto modelo patriarcal que ya no responde a las configuraciones familiares actuales va acompañada de ataques discursivos, presupuestarios o legislativos contra los derechos democráticos conquistados por los movimientos feministas y de la diversidad sexual, como el derecho al aborto, a la educación sexual, la identidad de género, la cuota laboral trans en el Estado, a los programas de atención a las víctimas de violencia de género, etc. Todo esto apunta a reponer a la familia nuclear tradicional y heteronormativa, como único modelo legítimo, precisamente porque resulta funcional al abaratamiento de los costos de la reproducción social que requiere el plan ultraneoliberal.

Los movimientos feministas y de la diversidad sexual son demonizados, en tanto cuestionan los estereotipos de la división sexual del trabajo, de la cisheteronormatividad y de la opresión sexogenérica legitimada y reproducida en el capitalismo, para sustentar la explotación del conjunto de la clase trabajadora, que implica que la carga de su reproducción descanse sobre el binarismo de género, el matrimonio heterosexual, la familia patriarcal y, particularmente, sobre las espaldas de las mujeres. El antifeminismo del gobierno no responde a prejuicios individuales ni a las convicciones personales de sus funcionarios. Responde a una estrategia política del capital.

La fragmentación como estrategia de dominación

En estas condiciones, la separación entre lucha sindical y lucha antipatriarcal no constituye un problema secundario para las mayorías. Reproduce, dentro del propio movimiento obrero, la división entre producción y reproducción sobre la que descansa la dominación capitalista. En ese marco, las burocracias sindicales o las direcciones de los movimientos sociales que se amoldan a la fragmentación del pueblo trabajador y contienen el descontento social en luchas o demandas también arbitrariamente fragmentadas, no ofrecen una perspectiva que pueda desbordar la posición defensiva de la resistencia y proponerse la derrota del gobierno de la ultraderecha.

Las direcciones burocráticas de las organizaciones sindicales no solo dividen las luchas por demandas económicas o condiciones laborales de la lucha política, sino también de las luchas antipatriarcales. Esto no solo refuerza un nivel elemental de conciencia de la clase trabajadora que regatea con la patronal por mejoras circunstanciales, sin cuestionar el orden basado en la explotación de su fuerza de trabajo. También refuerza los “sentidos comunes” que construyen las clases dominantes sobre la división entre público y privado, producción y reproducción, en última instancia, luchas obreras y luchas antipatriarcales. Refuerza los prejuicios misóginos y heterosexistas, lo que colabora con la fragmentación que conviene a las patronales. La conciencia tradeunionista colabora en invisibilizar que el capitalismo necesita del trabajo doméstico y de cuidados realizado por las mujeres (sean o no asalariadas) al interior de las familias trabajadoras, para abaratar el costo de la fuerza de trabajo.

Los movimientos feministas y de la diversidad sexual conquistaron derechos democráticos fundamentales y ampliaron el reconocimiento social de millones de personas. Esa conquista resulta innegable. Sin embargo, cuando esas luchas quedan reducidas al terreno de la igualdad jurídica o de la integración institucional, aparece un límite político: pueden atenuarse algunas de las expresiones legales de la opresión, mientras permanecen intactas las relaciones sociales que la producen. Desde esta perspectiva, la oposición entre ciudadanía y lucha de clases termina ocultando que el capitalismo necesita las normas de género para garantizar una reproducción social privatizada y gratuita. Las demandas del movimiento de mujeres y de la diversidad sexual no constituyen reivindicaciones sectoriales ni identitarias ajenas a la lucha de clases. Constituyen una dimensión estratégica de la lucha por la hegemonía de la nueva clase trabajadora.

Desde esa perspectiva, nuestro feminismo socialista parte de considerar que la articulación entre el movimiento de mujeres, el de la diversidad sexual y la clase trabajadora no es un objetivo táctico ni una simple política de alianzas, sino una consecuencia de la propia estructura del capitalismo contemporáneo. Esa articulación no constituye un postulado abstracto: las mujeres y la comunidad LGTBIQ+ integran los sectores más explotados de la clase trabajadora, mientras que las y los trabajadores representan, a su vez, los sectores explotados que, además, son los más oprimidos entre las mujeres y la diversidad sexual. Pero, además de estas condiciones objetivas, en Argentina existe una experiencia política acumulada –especialmente en los feminismos y el movimiento LGTBIQ+– que ofrece hitos de enorme significación para pensar esa convergencia.

Feminismo socialista y hegemonía de la nueva clase trabajadora

La “batalla cultural” que legitima la opresión de las mujeres y de la diversidad sexual no es un anacronismo propio de viejos conservadores. Es un pilar orgánico de la acumulación capitalista contemporánea. Frente a esta perspectiva, la alternativa de gestionar más amablemente el Estado capitalista, prometiendo organismos y políticas públicas que se propongan recuperar o ampliar derechos democráticos, sin cuestionar la lógica de la deuda con el FMI ni la precarización laboral, el saqueo extractivista o la pérdida de soberanía en manos del capital financiero y tecnológico concentrados, es un discurso impotente para derrotar a la ultraderecha que hunde a las grandes mayorías en la informalidad y la pobreza, la violencia y el desamparo. Si el problema es estructural, tampoco puede resolverse únicamente mediante la alternancia electoral, mientras las condiciones de vida de las mayorías populares, se degradan aceleradamente. La respuesta debe construirse en el terreno de la organización social y política de la propia clase trabajadora.

Por eso, el feminismo socialista de Pan y Rosas propone transformar la masiva simpatía política que recoge nuestra compañera Myriam Bregman y nuestra corriente, en una fuerza militante y organizada en los lugares de trabajo, de estudio y las barriadas populares, con el objetivo de que no seamos meros espectadores de la política que hacen otros por nuestra propia clase. Desde esa perspectiva impulsamos un gran movimiento por un Partido de la Nueva Clase Trabajadora, es decir, que incluya no solo a los sectores que conservan el trabajo asalariado formal y los derechos conquistados con luchas históricas, cada vez más asediados, sino también a las mujeres y la juventud que, en condiciones de precarización extrema y sin el mínimo derecho a organizarse, conforman un sector cada vez más grande de esa clase. Por eso, llamamos a las feministas y activistas de la diversidad sexual a participar en los comités que impulsa el PTS para construir este movimiento.

Estos comités deberían poner su esfuerzo militante en promover la construcción de asambleas, comités de huelga, coordinadoras de base, etc. con otras organizaciones. La autoorganización, desde abajo, constituye una herramienta poderosa para romper el freno de las burocracias sindicales y de los movimientos sociales, y para que sean las bases quienes tomen las luchas en sus manos. Solo promoviendo esta autoorganización conseguiremos romper la fragmentación, dar voz y poder de decisión a las mujeres y las personas LGTBIQ+ en el movimiento obrero, y que les trabajadores más precarizados y explotados se hagan oír e impongan su impronta en los movimientos que pelean por la igualdad de derechos. Por eso, los comités que impulsen la construcción de un partido de la nueva clase trabajadora deben proponerse luchar unitariamente con miles de trabajadoras, trabajadores y jóvenes de izquierda, independientes o que se reivindiquen peronistas y de otras tradiciones políticas, pero que están dispuestos a enfrentar el ajuste y la discriminación. No se trata de acuerdos de cúpulas, sino de que estos comités por un de clase se propongan coordinar con otros sectores, para enfrentar de manera unificada las contrarreformas del gobierno.

Como postula Pan y Rosas, la lucha feminista socialista no se agota en la obtención de reformas mínimas ni en garantizar la supervivencia dentro del capitalismo. Se trata de subvertir desde sus cimientos un orden social basado en el despojo y la alienación humana para avanzar hacia una sociedad de productoras y productores libremente asociados, donde el desarrollo de cada uno sea la condición para el libre desarrollo de todos. La alianza entre la potencialidad estratégica de la clase trabajadora, la fuerza del movimiento de mujeres y la libertad irreverente de la diversidad sexual constituye la clave para abrir el camino hacia la emancipación social y humana.

Esa es la tarea política de nuestro presente.

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[La economía política de la batalla cultural] La función de la reacción patriarcal en la Argentina de Milei

Andrea D’Atri

Diputada porteña PTS/FIT | @andreadatri

Diputada porteña del PTS/Frente de Izquierda. Nació en Buenos Aires. Se especializó en Estudios de la Mujer, dedicándose a la docencia, la investigación y la comunicación. Es dirigente del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS). Con una reconocida militancia en el movimiento de mujeres, en 2003 fundó la agrupación Pan y Rosas de Argentina, que también tiene presencia en Chile, Brasil, México, Bolivia, Uruguay, Perú, Costa Rica, Venezuela, EE.UU., Estado Español, Francia, Alemania e Italia. Ha dictado conferencias y seminarios en América Latina y Europa. Es autora de Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo (2004), que ya lleva catorce ediciones en siete idiomas y es compiladora de Luchadoras. Historias de mujeres que hicieron historia(2006).

Redacción

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