Un relevamiento de la UNDAV sobre jóvenes de 18 a 24 años encuentra que casi la mitad simpatiza con las ideas libertarias, pero apenas el 7,7% consume contenido político en su feed y solo uno de cada siete participa o se informa activamente. La pregunta que deja el estudio no es si esta generación es libertaria: es si alguna vez alguien más se molestó en hablarle.
El dato que más repercute del estudio «Radiografía de los jóvenes argentinos de 18 a 24 años», elaborado por el Departamento de Cultura, Arte y Comunicación de la UNDAV, es el 45,8% que dice sentirse identificado con las ideas de Milei. Pero el mismo informe, con una muestra de 500 casos y un margen de error del 4,38%, complica cualquier lectura rápida de ese número: la política, para esta generación, casi no existe como práctica cotidiana.
Solo el 13,5% dice participar o informarse activamente. Un 33,1% responde directamente «me da igual, no cambia nada» y otro 31,7% mira «desde afuera». Cuando se les pregunta qué contenido aparece primero en su feed, la opción «política y opinión» reúne apenas el 7,7%, muy por detrás del humor y los memes, que concentran el 41% del consumo. La razón dominante para seguir a una cuenta es «me hace reír» (60%), el doble de «comparte mis valores» (22%).
El propio estudio plantea una hipótesis que vale la pena sostener como pregunta antes que como certeza: ¿el 46% que se identifica con Milei refleja una convicción libertaria construida, o describe más bien una vacante? Los autores del relevamiento sugieren la segunda lectura. Esta generación organiza su vida alrededor del esfuerzo individual y la aspiración personal —el 68% cree que «el que se esfuerza, llega» y ese número se sostiene incluso en el 55% de quienes se identifican con la izquierda—, un sistema de valores previo a cualquier etiqueta partidaria. Si hoy esos valores encuentran eco casi exclusivo en el discurso libertario, la pregunta que se abre es qué pasó con el resto del arco político para que ninguna otra identidad se los devuelva con la misma naturalidad.
El malestar de estos jóvenes tampoco se organiza donde se esperaría. El 39% ubica al país como su principal fuente de enojo, pero cuando se les pregunta qué los estresó en el último mes, la situación nacional cae a apenas el 4,7%. Lo que ocupa ese lugar es la propia economía (37%) y los estudios (30%). La crisis, dice el informe, no se vive en abstracto: se vive en el metro cuadrado propio, y ahí conviven en las mismas personas la esperanza (52,9% la siente seguido) y la ira o indignación (45,8%), dos emociones que el estudio muestra superpuestas en más de la mitad de quienes sienten una u otra, no repartidas entre «una juventud esperanzada» y «otra enojada».
Otros datos del relevamiento abren una lectura más incómoda todavía sobre el vínculo entre precariedad y proyección personal. El 72% se imagina mejor en cinco años, sin diferencias significativas por clase económica, pero esa fe se agrieta de otra forma: entre quienes no cubren sus gastos básicos, el porcentaje que directamente no puede imaginar su futuro se cuadruplica frente a quienes sí ahorran. La precariedad, según el estudio, no produce pesimismo declarado. Produce un vacío de respuesta.
El informe también encuentra un dato que trasciende la grieta política tradicional: uno de cada cuatro jóvenes usa la inteligencia artificial para hablar o desahogarse, y ese uso se concentra justamente entre los más agotados emocionalmente y los que peor están económicamente. Si esa cifra se sostiene o crece, y si la desconexión con la política formal se profundiza en los próximos años, la incógnita que deja este relevamiento es si alguna fuerza política —libertaria o no— logrará hablarle a una generación que hoy parece escuchar a todos menos a la política misma.

