Durante años nos dijeron que la inteligencia artificial podría convertirse en una amenaza para la humanidad. Hoy, muchos de esos mismos referentes hablan de abundancia, crecimiento y una nueva era de prosperidad. El contraste resulta tan marcado como necesario de ser analizado.
No cuestiono que una persona cambie de opinión. Me preocupa cuando el relato cambia exactamente en el momento en que cambian los incentivos económicos. Porque, si observamos la evolución de la conversación pública sobre la IA, el patrón aparece con demasiada claridad como para ignorarlo.
La primera etapa estuvo dominada por la alarma. Elon Musk comparó la inteligencia artificial con las armas nucleares y, junto con Sam Altman, impulsó OpenAI como una organización sin fines de lucro para desarrollar una IA segura, ética y responsable. Poco después, Musk abandonó el proyecto y OpenAI inició su transformación hacia un modelo netamente comercial respaldado por miles de millones de dólares.

Archivo. Musk y Altman, de la cautela pesimista al optimismo marcado por las ganancias.
Reuters
Entre 2019 y 2024 llegó la expansión. Mientras OpenAI alcanzaba valuaciones récord y atraía inversiones históricas, Altman advertía sobre profundas transformaciones en el empleo. La inteligencia artificial dejó de ser un experimento para convertirse en la mayor carrera tecnológica de nuestra era.
Ahora transitamos una tercera etapa. Con versiones que ubican a OpenAI camino a una valuación cercana a u$s852.000 millones., Altman asegura que está «encantado de haberse equivocado» sobre el impacto laboral. Musk, por su parte, sostiene que la IA y la robótica conducirán a una sociedad donde el dinero perderá importancia gracias a la abundancia.
¿Cambió la tecnología o cambió el negocio?
Ninguna empresa sale a buscar inversores diciendo que su producto destruirá el mercado donde espera crecer. Por eso creo que debemos analizar estas narrativas con la misma atención que dedicamos a los avances técnicos. Cuando las advertencias éticas se moderan a medida que aumentan las valuaciones, la discusión merece una mirada más crítica.
Algo parecido ocurre en la política. En poco más de dos años, EEUU pasó de impulsar una inteligencia artificial «segura» a priorizar la innovación y reducir barreras regulatorias. No veo posiciones tan diferentes como discursos adaptados a un escenario geopolítico donde cada bloque busca convertirse en el centro mundial del desarrollo tecnológico.
Argentina tampoco quedó al margen. Javier Milei propuso habilitar corporaciones completamente automatizadas, mientras Yuval Noah Harari respondió que estructuras similares, como la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, también demostraron los riesgos de organizaciones capaces de acumular poder sin rendir cuentas. La discusión ya no gira solamente alrededor de la innovación. También involucra gobernanza, responsabilidad y concentración del poder.
Mientras tanto, dentro de las empresas sucede algo igual de importante. Satya Nadella reconoció recientemente un riesgo que comparto desde hace tiempo: delegar procesos críticos en modelos externos puede erosionar el conocimiento propio de las organizaciones. La eficiencia mejora, pero la ventaja competitiva comienza a desaparecer.
Por eso insisto en que el desafío no consiste en incorporar inteligencia artificial a cualquier costo. Consiste en hacerlo preservando el criterio, el conocimiento y la capacidad de decisión que distinguen a cada empresa.
Las regulaciones seguirán evolucionando. También cambiarán los discursos. Lo que no debería modificarse es nuestra responsabilidad como líderes. La inteligencia artificial necesita mucho más que innovación: necesita credibilidad, confianza y una licencia social que todavía está lejos de consolidarse.
La verdadera pregunta ya no es si la IA transformará el mundo. Eso está ocurriendo. La pregunta es quién escribirá las reglas de esa transformación y si tendremos la lucidez suficiente para no confundir un cambio de narrativa con un cambio de realidad.
*Por Juan Santiago CEO y Founder de Santex

