Parece que el tiempo hubiese retrocedido.
Como si todavía fueran aquellos dos fanáticos de Gimnasia que cantaban en la tribuna, pedían temas de Los Rodríguez o tarareaban Flowers de los Rolling Stones en reuniones de amigos.
Guillermo y Gustavo Barros Schelotto.
Ayer cumplieron 53 años. Y el destino, en un 4 de mayo día de cumpleaños, anoche volvió a envolverlos en clima de cancha: Vélez cerró la fase regular ya clasificado a los Play Off, igualó con Newell’s, y ahora le toca enfrentarse conGimnasia, el domingo próximo, a las 21.30, en el estadio «José Amalfitani». Y Guilllermo habló, de frente: “La profesionalidad está al cien por ciento en el campo de juego. El domingo estará mi equipo que me dio la oportunidad de jugar, pero hoy me toca defender la camiseta de Vélez y nosotros tenemos que tratar de ganar para demostrar todo lo que venimos haciendo”.
LOS PIBES DE PLAZA ROCHA
Todavía parece posible verlos salir de la casa familiar de diagonal 78, doblar en la esquina y cruzar con una pelota hacia Plaza Rocha. Epocas de la que recuerdan al primer amor, la Agrupación Infantil For Ever, donde también atajaba el hermano Pablo, para la ’71; partidazos levantando polvareda de la canchita de la parroquia San Francisco, lindante al Parque Saavedra, hasta que un día los franciscanos no quisieron prestar más el terreno.

Vivían fútbol antes incluso de ser profesionales.
Eran los hijos del doctor Hugo, aquel obstetra y médico deportólogo del club, dirigente comprometido y presidente de emergencia en 1983, cuando los mellizos apenas transitaban la niñez. Gracias a su padre, un día tuvieron en casa la primera camiseta de un jugador, la de Rodolfo “Fito” Pezzatti.
Hasta las pequeñas costumbres quedaron grabadas. Siendo jugadores conocidos jamás dejaron de acercarse a las canchitas de barrio para saludar, firmar autógrafos o respaldar la Escuela de Fútbol que llevaba su apellido.
Crecieron juntos hasta transformarse no solo en futbolistas de elite, sino también en entrenadores, de Lanús, de Boca, de Los Angeles Galaxy, de Paraguay, de Vélez. Siempre juntos.
AQUELLOS DUELOS CONTRA VÉLEZ
Mucho antes de cruzarse como técnicos, hubo una serie de partidos que marcaron época. Cinco veces jugaron ambos hermanos frente a Vélez.
Pero hubo una primera escena previa que también merece contarse.
El 15 de diciembre de 1991, Guillermo —con apenas 18 años— ingresó en lugar de Hugo Guerra ante Vélez. Gustavo todavía esperaba su oportunidad. Vivían aquellos días con nervios y ansiedad, soñando juntos.
La segunda vez sería mucho más trascendente: la final de la Liguilla Pre-Libertadores en cancha de River. Gimnasia peleó hasta el final, con Guillermo acompañando a Guerra y Odriozola en ofensiva, pero Vélez terminó imponiendo su potencia en los minutos decisivos. Los de Liniers clasificaron a la Copa Libertadores y el Tripero debió conformarse con la Copa Conmebol.
El año siguiente marcaría el inicio de la era gloriosa del Vélez de Carlos Bianchi.
Y el 8 de abril de 1993, en Liniers, los dos mellizos coincidieron por primera vez ante aquel enorme equipo.
Guillermo fue titular. Gustavo ingresó faltando diez minutos.
Ganó Vélez con gol del “Gallego” González y expulsión de Morant en una tarde de clima caliente y roce permanente.
Para ver nuevamente a ambos como titulares ante Vélez hubo que esperar dieciocho meses.
El 20 de noviembre de 1994, Vélez llegó al Bosque como campeón de América. Los dos Schelotto arrancaron desde el inicio.
Guillermo todavía no había renovado contrato. Gustavo salió reemplazado en el complemento. Y Gimnasia goleó 3 a 1 con una actuación memorable. Dos goles de Federico Lagorio —uno tras asistencia de Guillermo— y otro del “Pícaro” Fernández.

Pero acaso la gran función llegaría unos meses después. Martes 16 de mayo de 1995. Noche en Liniers. Los mellizos tenían recién cumplidos 22 años.
Vélez empezó ganando con gol del “Turu” Flores. Después llegó la expulsión de Gustavo. Chilavert le atajó un penal a Morant y parecía que todo quedaba cuesta arriba.
Entonces apareció Guillermo. Primero con un remate cruzado. Después con un tiro libre extraordinario.
Gimnasia ganó 2 a 1 en el Fortín después de diecisiete años y quedó peleando arriba aquel inolvidable Clausura 95. Quizás haya sido el mejor partido del equipo de Griguol en ese campeonato que los tuvo subcampeones detrás de San Lorenzo.

LOS ÚLTIMOS CRUCES
El 23 de junio de 1996 volvieron a coincidir en el Bosque. Otra vez titulares. Otra vez protagonistas.
El “Topo” Sanguinetti adelantó al Lobo, que jugaba un gran partido y le quitaba el invicto al Vélez de Bianchi. Pero a siete minutos del final apareció Martín Posse para sellar el 1 a 1. Ese empate mantuvo la diferencia de tres puntos entre ambos equipos cuando faltaban cinco fechas para el final del Clausura.
La última vez que Guillermo y Gustavo enfrentaron juntos a Vélez fue el 15 de septiembre de 1996. Otro empate. Otro partido intenso. Roberto Sosa convirtió para Gimnasia (no atajó Chilavert, envuelto en un viejo problema judicial; lo reemplazó Cavallero) y nuevamente el “Cholo” Posse amargó al Lobo sobre el cierre.
Fue el año donde Lanús —dirigido por Cuper— terminó primero en la tabla anual con 71 puntos, seguido por River —de Ramón Díaz y los “Galácticos”— con 67, Gimnasia con 66 y Vélez con 63.
Una época irrepetible.

LA VIDA SIGUE JUGANDO
Los años pasaron. Aquellos pibes de gambeta filosa y desborde frenético dejaron atrás la velocidad de sus piernas. Ahora viven el fútbol desde otro lugar: el del análisis, la conducción y la experiencia. Pero algo permanece intacto. La esencia.
La genética futbolera y humana que heredaron de Hugo Barros Schelotto, aquel médico formado en la Universidad Nacional de La Plata que dejó una huella enorme en Gimnasia y cuya partida, durante la pandemia, golpeó profundamente al mundo tripero.
Ahora aparecen nuevos nombres en esta saga familiar: Bautista Barros Schelotto, hijo de Pablo (al que el abuelo vio jugar en su debut por Copa Argentina en 2019, en la cancha de Temperley); y Nicolás Barros Schelotto, hijo de Guillermo.
La pelota sigue rodando. El próximo Vélez-Gimnasia está llamando hacia el final del domingo, y en la familia, cada uno en lo suyo tratando de dar lo mejor. Porque es fútbol. Y, además de una forma de vida muy sana, es para los técnicos y los jugadores profesionales un trabajo con muchas responsabilidades.

