Al alba arrancó la magia en el Amazonas. Apenas se había disipado la aurora, los delfines se pusieron a juguetear a placer. En parejas o en pequeñas manadas de cuatro. Surgían a babor, a estribor, mirando a proa o a popa de la barca. Y cuando se apagaron los motores, se acercaron más. Había delfines grises de agua dulce, de silueta más reconocible y saltarines, que orean gran parte de su cuerpo a cada pirueta, y también bufeos rosados, más pequeños y tímidos, que suelen ser esquivos a la hora de mostrar su cabeza.
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