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La memoria como hilo de continuidad: militancia y dictadura

Movilizo los 24 de marzo desde que tuve la edad suficiente para ir por mi cuenta, con mi centro de estudiantes o grupos de amigos. Todos esos años, la convocatoria no necesitó explicación alguna: en el colegio siempre me habían enseñado sobre la memoria. Pero nunca había escuchado la historia completa. En el secundario dí talleres a otros estudiantes sobre la complicidad civil con el exterminio sistemático, memorizando el manual de Subversión en el Ámbito Educativo. La junta militar exigía a las instituciones educativas la denuncia inminente ante cualquier indicio de subversión. Palabras y frases como “comunismo”, “cambio integral”, “valores diferentes”, “construir el futuro”, todavía resuenan en mi cabeza. Leyendo esas páginas aprendí a desdibujar las diferencias entre aquellos de los que leía y yo misma.

La fecha siempre nos perteneció a todos, y no estar presente nunca fue una opción. Pero este año, por primera vez, mi asistencia tuvo nombre y apellido. Tardé 21 años en enterarme de que mi familia había formado parte de la historia que tantas veces escuché, y tantas otras conté. El silencio fue el precio que pagaron por haber sido parte.

Víctor y Rodolfo, primos hermanos de mi abuela materna, tenían la misma edad que yo cuando fueron secuestrados en su propia casa. Ambos estudiaban en la Universidad de Buenos Aires. Varios miembros de la policía federal, vestidos de civiles, les allanaron la casa mientras esperaban su llegada. Desde aquel 21 de marzo de 1977 permanecen desaparecidos. Nunca se supo nada sobre ellos, más que alguna carta explicitando la tortura a la que serían sometidos, y varios sobornos, expedidos en ambos casos por los militares. Algunos testimonios dicen haberlos visto en el Ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio “Club Atlético”.

Formaron parte de una generación de jóvenes que protagonizó un período verdaderamente revolucionario en nuestro país, donde la organización de la clase trabajadora se mostraba indomable y amenazaba directamente a los dueños de todas las cosas. Las coordinadoras interfabriles fueron el epítome de esta experiencia. Los primos de mi abuela, entre tantos otros, daban esta pelea desde sus lugares de trabajo y estudio. Eran militantes, y debemos recordar también su historia en cuanto tales.

La previa

La dictadura no cayó del cielo, fue la respuesta de la clase dominante frente a una serie de levantamientos que tuvieron lugar a lo largo y ancho de todo el país entre 1969 y 1975. Las fuerzas represivas buscaban neutralizar y aniquilar la organización revolucionaria.

El fortalecimiento de la clase trabajadora representaba un riesgo para la burguesía nacional. Los distintos gobiernos profundizaron el ajuste. Crecía la bronca entre los trabajadores, y la represión solo la exacerbaba. Aumentaba la combatividad y la radicalización. El Cordobazo (1969), los Tucumanazos (1969-1972), el Mendozazo (1972), el Villazo (1974), y, con ellos, todos los “Azos”, conformaron una serie de levantamientos en unidad obrero-estudiantil contra las medidas económicas y políticas de los gobiernos que precedieron a la dictadura. Con cada paso que avanzaban en este periodo de ascenso revolucionario, agudizaban aún más la crisis de la clase dominante.

Resulta de interés particular destacar la experiencia del Rodrigazo: en 1975 se produjo una huelga general contra el plan de ajuste de Celestino Rodrigo, durante el tercer gobierno peronista. Durante todo este periodo, no solo las bases lograron superar a las conducciones peronistas de sus sindicatos, sino que el peronismo no logró doblegar la potencia de la organización de la clase trabajadora en ninguno de sus gobiernos, a pesar de haber asumido como el partido burgués que pondría orden a la insurgencia obrera. Crea, a partir de los 70, organismos de persecución política paraestatal como la Triple A y la UNC. Asimismo, en el año 1975, Isabel Martinez de Perón firma un decreto autorizando el Operativo Independencia, la masacre que sirvió de experimento para lo que sería la dictadura.

Estos fueron los antecedentes que precedieron al golpe.

Sangre y plata

Habitualmente se estudian -y se enseñan- los años de la dictadura desde su componente más sanguinario: los Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio. Pero, ¿qué había detrás de los asesinatos, torturas y desapariciones que los tuvieron como epicentro? ¿Cuál fue el objetivo de su puesta en pie? Para responder esta pregunta, recuperemos la definición que las propias juntas militares dieron a ese periodo histórico: entre 1976 y 1983 tuvo lugar un llamado proceso de reorganización nacional de la estructura política y económica de nuestro país, cuyas consecuencias se mantienen a día de hoy. Algunos elementos se filtran en el discurso del sentido común: contando la historia de sus primos, mi propia abuela la situaba en “los años del proceso”.

Ciertamente, la idea de “reorganización” dista mucho de todo lo que sabemos sobre esa época. Propomngo pensarlo, en su lugar, como desorganización: buscaba terminar con la organización revolucionaria de la clase trabajadora, conquistada en las últimas décadas, y cuya potencia resultaba una verdadera amenaza a los que más benefició la dictadura.

Los empresarios eran los patrones de Videla

¿Quiénes son los responsables? La última dictadura involucró a distintos sectores militares y civiles: la Iglesia, las instituciones educativas, las Fuerzas Armadas, pero también, y fundamentalmente, a los dueños de las grandes empresas. A día de hoy, la mayoría de sentencias judiciales fueron otorgadas a integrantes de las fuerzas militares, el brazo ejecutor. Pero en los libros de historia brillan por su ausencia muchos nombres: ¿quiénes se beneficiaron del genocidio?

Los dueños de las grandes fábricas no dudaron en colaborar con los secuestros de los referentes sindicales y militantes que trabajaban en sus predios. Son conocidos ejemplos como el de Ford, el Astillero Astarsa, Ledesma, pero también el de FATE, dónde hoy los trabajadores están dando una pelea enorme por sus puestos de trabajo, contra el cierre y el desalojo, y llevan como semblante la memoria de esos 12 desaparecidos. Los empresarios entregaron listas negras a los militares a primera hora la mañana del golpe, pero que habían sido confeccionadas tiempo antes, formando dos filas distintivas: una que llevaba a la fábrica, y, la otra, al destino incierto que compartieron los 30.000 desaparecidos. Y muchas otras empresas incluso funcionaron como Centros Clandestinos de Detención, como el Ingenio La Fronterita en Jujuy, por nombrar alguna.

Si recordamos a Martínez de Hoz, el plan económico de Milei no tiene nada de novedoso. El ex Ministro de Economía del gobierno de facto fue elegido a dedo por la embajada norteamericana. Un modelo neoliberal, basado en la privatización, el extractivismo y el ajuste feroz sobre la clase trabajadora, que no habría podido aplicarse sin la represión que caracterizó a aquella época.

El 16 de febrero de 1976 la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias realizó un Lockout patronal que anticiparía el advenimiento de la dictadura, y el mismo 24 de marzo se derogó la Ley de Contrato de Trabajo. Fue reemplazada por una nueva serie de medidas que recuerdan a la Reforma Laboral esclavista, aprobada en el Congreso con votos de todos los colores políticos: la prohibición de la organización sindical y las medidas de acción directa (anulación de las afiliaciones, militarización de los conflictos sindicales), el cierre de las paritarias, la Ley de Prescindibilidad, la suspensión de negociaciones por Convenios Colectivos de trabajo y del derecho a huelga, entre otras.

Los principales benefactores de la dictadura fueron, sin duda, los grandes grupos económicos. Sacaron préstamos para comprar a toda la competencia, constituyéndose en grandes monopolios. Luego, estatizaron su deuda privada, con la intención de que las paguen las familias trabajadoras, durante varias generaciones. Una de las empresas que se vio beneficiada fue FATE, cuyo dueño era Javier Madanes, padre de Madanes Quintanilla, quien hoy encabeza los titulares por haber dejado a 920 familias en la calle.

El terror, impartido a través de los secuestros y torturas, de los Centros Clandestinos de Detención, fue el medio para asegurar tanto el aplastamiento de la organización de la clase trabajadora, como la aplicación efectiva del plan económico. Los empresarios eran los patrones de Videla.

El aparato represivo se apropió de los hijos e hijas de los desaparecidos, cuya identificación todavía reclamamos, pero también de sus bienes y los de sus familias. Los tíos de mi abuela destacaban que los efectivos que irrumpieron en su casa “les robaron todo”. ¿Quién se quedó con lo robado a las familias de los desaparecidos? No habrá reparación sin que nos devuelvan todo lo que nos quitaron.

La detención y exterminio sistemáticos que tuvieron lugar durante esos años, estuvieron dirigidos a terminar con años de organización de la clase trabajadora argentina. La absoluta mayoría de los detenidos desaparecidos de la última dictadura fueron trabajadores y estudiantes. El Plan Cóndor, impuesto en toda América Latina, fue un genocidio de clase.

La memoria como punta de lanza

Investigo la historia de Víctor y Rodolfo como herramienta para pensar el presente y el futuro. La dictadura, pero también los gobiernos que la precedieron, pretendieron aplastar el proceso insurreccional que tomaba lugar en nuestro país. Hoy, con un gobierno negacionista y que busca aplicar el mismo plan económico neoliberal que Martínez de Hoz, bajo los intereses imperialistas de Estados Unidos, la potencialidad de la organización obrero-estudiantil no puede mantenerse como un simple recuerdo. El gobierno de Milei se muestra cada vez más débil, y tenemos memoria: sabemos que nuestra clase, organizada, supo resistir y enfrentar la dictadura hasta hacerla caer. Esa es la experiencia que tenemos que recuperar.

Y no olvidar implica denunciar el rol que históricamente han cumplido aquellos que hoy se hacen llamar oposición, mientras votan a favor de las leyes represivas y esclavistas en el Congreso, y evitan a toda costa poner su fuerza sindical y estudiantil al servicio de las luchas, y de enfrentar a Milei. Contra la impunidad de ayer y de hoy, tenemos un compromiso con recordar también las desapariciones y asesinatos en democracia, y exigir la apertura de todos los archivos, que ningún gobierno hasta el momento llevó a cabo.

Hoy somos muchos los que levantamos estas banderas

La noticia sobre mis familiares resignifica todo lo que aprendí sobre la dictadura. No solo disfrutamos de la misma música, prohibida durante esos años, o estudiamos la misma carrera. Los primos de mi abuela eran militantes, y por ello fueron perseguidos, torturados y desaparecidos. Como muchos otros, se organizaban en pos no solo de conseguir un aumento salarial o mejores condiciones laborales, sino de construir una sociedad distinta. Trabajadores y estudiantes, supieron resistir aún arriesgando sus vidas, recurriendo a la clandestinidad y el exilio, o incluso estando detenidos en Centros Clandestinos, inspirados por la solidaridad de clase. Hoy sé que también lo llevo en la sangre.

Y ese es el legado que nos dejaron los 30.000 detenidos-desaparecidos y los sobrevivientes que hoy cuentan sus historias. Fechas como esta nos invitan a recordar, pero no solo para que no se repita, sino para darle continuidad a la gran tradición de lucha que supieron construir.

Redacción

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