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1916
Verdún
Primera Guerra Mundial
Enfrentamiento entre Francia y Alemania
Diez meses de 1916 en el infierno. Los inmortalizó el que fuera director de La Vanguardia, Agustí Calvet –Gaziel–, en sus crónicas desde el frente. Una picadora de carne humana, francesa y alemana. Eso fue la batalla de Verdún de la Primera Guerra Mundial. Más de 700.00 bajas, la mitad de ellos, fallecidos. La otra mitad, tullidos y amputados que no sirvieron, tampoco los de la batalla del Somme, para saciar el hambre de destrucción que consumió Europa hasta 1945.
El encuentro con la historia en Verdún obliga a forzar un poco la imaginación. El paisaje sigue siendo lunar, con los cráteres que dejó la artillería pesada todavía a la vista. Solo que el bosque que hoy reina en la zona era entonces tierra de cultivo. Así que hay que apartar con la imaginación los árboles del presente para que aparezca con nitidez el campo de batalla del ayer. Paseando en los alrededores de Fort Douamont y Froideterre se advierte todavía el trazado de las trincheras originales. Para adivinarlas hay que estar atento al modo en el que ha crecido la vegetación, que en muchos tramos reproduce su zigzagueante diseño original. Tierra regada con sangre.
Antes de ir
‘El miedo’, de Gabriel Chevalier
Para adentrarse en la I Guerra Mundial y entender el impacto psicológico de la guerra de trincheras y artillería desde el punto de vista de un poilu es imprescindible leer la novela de tinte autobiográfico El miedo, de Gabriel Chevalier. Para quienes prefieren el formato audiovisual, la carnicería humana del conflicto queda perfectamente retratada en la película de Sam Mendes 1917, grabada en un vertiginoso falso plano secuencia.
No exige tanta imaginación para visualizar la vida real de los soldados en el frente una visita a la trinchera de Chattancourt, una reproducción exacta y muy didáctica de la original, en la que murieron miles y miles de poilus (peludos, el apodo con el que eran conocidos los soldados franceses). Allí, entre ratas alimentadas con los restos de sus compañeros fallecidos, aguardaban miedosos a la par que esperanzados su relevo, que en muchas ocasiones no llegaba a tiempo.
El viaje al terrible pasado europeo exige también recorrer la Voie Sacrée (Vía Sagrada). Cincuenta y siete kilómetros que unen Bar-le-Duc (centro ferroviario de suministro logístico durante la guerra) con el frente de batalla de Verdún. La única vía de comunicación abierta entre las trincheras y la retaguardia francesa durante el enfrentamiento. Hoy los puntos kilométricos están señalizados con mojones coronados por una reproducción del casco modelo Adrián que utilizaban los poilus. El nombre oficial de la carretera es RD1916, en referencia al año que tuvo lugar la batalla.
Esos kilómetros eran una vía de salvación o de condena. Dependía de la dirección. Recorrerla hacia la retaguardia significaba escapar del averno. En cambio, adentrarse hacia el frente era sumergirse en el infierno para muy probablemente morir en él. Conducir por esa carretera hoy, en cómodos coches con aire acondicionado, impide hacerse una idea del papel logístico y humanitario que desempeñó durante la batalla. Sin la Voie Sacrée el ejército francés hubiera sido embolsado y aniquilado.
Obligado poner los pies en el Ossuaire de Douamont (Osario de Douamont), monumento que contiene los restos visibles en forma de huesos de más de 130.000 soldados alemanes y franceses cuyos cuerpos no fueron identificados. Aquí se enmudece inevitablemente ante la barbarie. Imposible no sentir el peso de la historia en este lugar. Todo lo leído y estudiado se torna corpóreo y real. La guerra y el dolor que cambiaron el devenir del mundo contemporáneo y pusieron fin a los imperios están ante tus ojos.
Frente a calaveras y esqueletos, los miles de monumentos que siembran las plazas de Francia u otros países en memoria de sus muertos en la Primera Guerra Mundial adquieren un sentido más real. Cuerpos pudriéndose todavía hoy. No solo inscripciones en lápidas y recordatorios que, lamentablemente, no sirvieron de vacuna.
La excursión, si uno se mueve en coche, permite un desplazamiento rápido a la Línea Maginot, el fracasado muro de defensa que debía proteger a Francia de un nuevo envite alemán tras el supuesto aprendizaje de la Primera Guerra Mundial. Un esfuerzo titánico de ingeniería, con túneles de kilómetros y kilómetros de longitud, que no sirvió absolutamente para nada. Pero eso ya es otra guerra. Otra carnicería.



