Una reflexión sobre el peligro de los extremos totalitarios y la defensa de un Estado al servicio de los que menos tienen, donde la equidad y la dignidad real le ganen al egoísmo del mercado.

La política de hoy: ¿Izquierda o Derecha?

Por Galo Maíl

La Argentina atraviesa una crisis que excede las variables económicas. Más allá de la inflación, la pérdida del poder adquisitivo o las dificultades cotidianas de millones de personas, existe una crisis cultural y política que se manifiesta en la creciente incapacidad para sostener debates complejos.

¿Cuánto de las discusiones que tenemos hoy responde realmente a los problemas del presente y cuánto es la repetición de categorías creadas hace más de dos siglos?

La conversación pública parece haberse reducido a una lógica binaria. En los medios de comunicación y las redes sociales predominan explicaciones cada vez más simplificadas de fenómenos profundamente complejos. Para algunos, los problemas estructurales del país son consecuencia exclusiva del peronismo; para otros, las responsabilidades recaen principalmente sobre los gobiernos no peronistas o sobre los sectores más concentrados de la economía. No se trata aquí de determinar cuál de estas interpretaciones contiene más verdad o más error, sino de señalar una limitación común: la tendencia a reducir procesos históricos, sociales y económicos de enorme complejidad a relatos únicos y explicaciones totales. Cuando el debate público se vacía de matices, contexto y profundidad, se vuelve más difícil comprender la realidad y, por lo tanto, transformarla.

En ambos casos, el resultado es el mismo: la realidad se reduce a consignas y la política pierde profundidad. Mientras las distintas fuerzas disputan relatos, millones de personas enfrentan problemas concretos que rara vez ocupan el centro de la discusión.

Comprender esta dinámica requiere observar el origen de las categorías políticas que todavía utilizamos para interpretar el mundo.

El Origen como partida: el nacimiento de la «izquierda» y la «derecha«

Las nociones de izquierda y derecha surgieron durante la Revolución Francesa de 1789. Lejos de tratarse de conceptos teóricos elaborados previamente, nacieron de una disposición física dentro de la Asamblea Nacional.

  • A la derecha del presidente se ubicaban quienes defendían la continuidad de ciertas instituciones tradicionales y la preservación del orden establecido.
  • A la izquierda se sentaban los sectores que impulsaban transformaciones más profundas y una ampliación de los derechos políticos.

Con el paso del tiempo, estas posiciones evolucionaron hasta convertirse en grandes tradiciones ideológicas. La derecha quedó asociada, en términos generales, a la defensa del mercado y de las libertades económicas; la izquierda, a la búsqueda de una mayor igualdad social mediante distintas formas de intervención estatal.

Sin embargo, la experiencia histórica demostró que ambas corrientes, llevadas a sus expresiones más extremas, pueden generar consecuencias problemáticas. Los mercados sin regulaciones suficientes han producido escenarios de profunda desigualdad, mientras que ciertos proyectos colectivistas derivaron en regímenes autoritarios que restringieron libertades fundamentales.

El riesgo de los dogmatismos

¿Qué ocurre cuando una idea política se vuelve más importante que la vida concreta de quienes debería representar?

Uno de los mayores desafíos de la política contemporánea consiste en evitar que las ideologías se conviertan en doctrinas cerradas. Las sociedades son complejas, heterogéneas y dinámicas. Ningún modelo económico o político logra responder por sí solo a todas las necesidades humanas. Cuando una teoría pretende explicar la totalidad de la realidad, corre el riesgo de ignorar aquello que no encaja dentro de sus categorías.

Una cinta de condecoración oficial soviética, de un rojo y dorado estridente, bloquea por completo el horizonte y la vista al mar de un grupo de ciudadanos que caminan de espaldas.
Horizonte – Erik Bulatov (1971)
«la desigualdad extrema genera hambre, malestar y destruye la calidad de vida» -Isaac Cordal
30 mayo, 2023 | Punto de VistaTrazo Fino

El problema aparece cuando las ideas dejan de dialogar con la realidad y comienzan a funcionar como dogmas. En esos casos, ya no importa lo que viven las personas concretas, sino la fidelidad a una teoría previa. Quien piensa distinto es visto como un obstáculo y no como parte de una sociedad plural. La política deja entonces de buscar soluciones y pasa a defender identidades cerradas, muchas veces desconectadas de las necesidades reales de la población.

La discusión pública argentina parece atrapada en esa lógica. Con frecuencia se debate para reafirmar identidades políticas antes que para resolver problemas concretos. El ciudadano común —quien trabaja, estudia o busca llegar a fin de mes— suele quedar relegado frente a disputas cada vez más polarizadas.

«El problema comienza cuando dejamos de usar las ideas para comprender la realidad y empezamos a usar la realidad para justificar nuestras ideas.»

El «medio» como síntesis

¿Es posible construir una sociedad justa sin caer en los extremos de un mercado sin límites o de un Estado que pretenda resolverlo todo?

Si hay algo que siempre me llamó la atención de la historia política argentina es que, a diferencia de otros países que abrazaron de manera más definida una ideología, acá surgió una tradición que intentó construir un camino propio, una alternativa a los dogmas de «izquierda» y «derecha». El peronismo, con todas sus contradicciones y transformaciones a lo largo del tiempo, un intento de escapar de la elección entre un mercado sin límites y un Estado que absorba toda la vida social.

Desde mi perspectiva, la llamada Tercera Posición no fue solamente una doctrina política, sino una forma de entender que la realidad es demasiado compleja para quedar atrapada en categorías rígidas. Reconocer el valor de la iniciativa privada, la producción y el mercado no implica renunciar a la idea de que el Estado debe intervenir cuando las desigualdades se vuelven insoportables o cuando amplios sectores de la sociedad quedan excluidos.

Considero que muchas de las experiencias políticas vinculadas a esa tradición buscaron, con mayor o menor éxito, traducir esa mirada en políticas concretas destinadas a ampliar derechos, fortalecer el empleo, expandir oportunidades educativas y generar mecanismos de inclusión social.

Naturalmente, los resultados de esos procesos son discutibles y forman parte del debate democrático. No pretendo presentar una verdad definitiva. Sin embargo, encuentro en esa tradición una idea que considero fundamental: el crecimiento económico, por sí solo, carece de sentido si no mejora efectivamente la vida de las personas. Una economía puede exhibir buenos indicadores y, aun así, fracasar en su tarea más importante, que es permitir que una sociedad viva con mayor dignidad.

«No creo en las soluciones absolutas. Creo en la búsqueda permanente de un equilibrio que permita vivir con más libertad, pero también con más dignidad y justicia social».

Volver a poner a las personas en el centro

¿Para qué sirve el crecimiento económico si no mejora la vida de quienes sostienen todos los días el funcionamiento de una sociedad?

La política pierde legitimidad cuando se transforma en una disputa permanente de identidades enfrentadas. La desigualdad, la pobreza y la exclusión no son únicamente problemas económicos; afectan el tejido social, deterioran los vínculos comunitarios y limitan las posibilidades de desarrollo individual.

El desafío más importante de nuestro tiempo no consiste en decidir entre izquierda o derecha, sino en recuperar una política capaz de mirar a las personas antes que a las etiquetas. Una política que entienda que las teorías son herramientas para mejorar la vida colectiva y no fines en sí mismos.

Las sociedades avanzan cuando logran combinar libertad, justicia social y pluralismo. Cualquier proyecto que olvide alguno de esos tres elementos corre el riesgo de perder de vista aquello que debería constituir el objetivo central de toda acción política: la dignidad humana.

"La grieta no empieza cuando aparecen ideas diferentes; empieza cuando dejamos de reconocer humanidad en quien piensa distinto."
Por Galo, Maíl

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