La política y la dimensión del problema social de la deuda

Cuando la política empieza a ver que la olla a presión de la sociedad junta potencia, imagina estallidos callejeros violentos y masivos. Un 2001 de cacerolas y saqueos. Por eso los gobiernos aprovisionan a sus Fuerzas de Seguridad con granadas lacrimógenas, perdigones de gas pimienta o camiones hidrantes. El modelo represivo clásico.

Sin embargo, el malestar que se está cocinando a fuego lento tiene otros ingredientes, distintos a los de la revuelta clásica. No hay sindicatos como en el Cordobazo, ni partidos políticos como en 2001, ni centros de estudiantes como en Chile. Emerge un nuevo sujeto político: el Homo Debitor o endeudado.

El politólogo Maurizio Lazzarato lo caracteriza desde la óptica de gubernamentalidad foucaultiana y focaliza en la deuda como el dispositivo de control sociopolítico. El endeudamiento neutraliza la capacidad de protesta e insubordinación, donde el ciudadano tiene una prioridad vital que es el vencimiento del crédito, restringiendo su margen de acción, huelga o manifestación. Además, se moraliza el incumplimiento, al culpar al individuo por no saber administrar su presupuesto.

El presente se desplaza del sujeto trabajador al sujeto financiarizado, donde la deuda reconfigura la identidad política desplazando al obrero o trabajador hacia el informal uberizado y endeudado.

Lo que antes garantizaban el Estado de Bienestar y la batería de derechos laborales, ahora lo gestiona el individuo con tarjetas de crédito, préstamos informales, billeteras virtuales o ayudas familiares.

Este nuevo sujeto es casi inabarcable para el político tradicional, que no tiene aún un discurso que conecte con sus prioridades y donde las instituciones financieras resultan las mediadoras, con su andamiaje tan poco perforable para el Estado y sus herramientas.

El endeudado encarna la grieta entre las promesas de la democracia distributiva y la dura realidad del extractivismo financiero. Es un amortiguador de las crisis y oscila entre la apatía o la desafección política o, peor aún, la reactividad anti política. Pasamos del trabajo, la paritaria y la calle al mercado financiero, la tarjeta y la app; del salario y el recibo de sueldo al crédito y la deuda para sostener la vida cotidiana; de la explotación de la fuerza del trabajo a la extracción del valor del tiempo futuro; del sindicato y los partidos a las plataformas de endeudados.

Ahora asoma un nuevo epicentro donde Marcos Galperin parece el personaje dirimente en la nueva relación entre el Estado, mercado y vida común, con una nueva subjetividad atravesada por el disciplinamiento del capital, pero que ofrece múltiples aristas para que la política articule nuevas formas de demanda popular y soberanía.

La vieron antes

Los sondeos mensuales del Centro de Almaceneros a través del IETSE, su instituto de tendencias, advirtieron dos años atrás el fenómeno que advertían en uno de los ítems encuestados: el aumento del fiado en negocios de cercanía y el creciente uso de la tarjeta para comprar alimentos. Su estudio dio vuelta al país y anticipó una crisis por deudas en mora que ahoga a millones de familias.

Sin embargo, el discurso político de los funcionarios no captó la magnitud del fenómeno. Solo los sindicatos, que por cercanía con los afiliados tantearon el problema y llevaron a la mesa de paritarias provinciales la situación concreta de asalariados que estaban atrapados en la bola de nieve del pago mínimo del resumen.

UEPC y SEP fueron los que pusieron como demanda a David Consalvi, secretario general de la gobernación, el asunto de los docentes y empleados públicos a quienes el banco les retenía del sueldo un porcentaje abusivo. Solo consiguieron una línea de préstamos personales con mejor tasa y más plazo, pero igual de impagable. Al día de hoy, muy pocos pudieron encauzar el quebranto familiar.

Un ex funcionario provincial y conocedor de los detalles que marcan la relación del sistema bancario y el Estado en cualquiera de sus niveles, explicaba que es muy difícil que la Provincia le fije condiciones a las entidades e incluso alBancor. «Es otra cancha y otras reglas, donde no pueden jugar o no quieren hacerlo» graficó.

Un peronista sin despacho pero que aún camina por el Centro Cívico especula que Llaryora conoce a la perfección el problema, pero prefiere mantenerse al margen de un asunto que la gente le reclamará a Milei. «Martín seguirá con la clásica campaña del hormigón», en referencia al modelo proselitista cordobés basado en la obra pública.

El presidente, por su lado, ya anticipó que las deudas son un problema entre privados, aunque su intelectual orgánico, Agustín Laje, asegure en Infobae que «si la derecha latinoamericana no logra mejorar el metro cuadrado económico de la gente, el péndulo volverá a moverse a la izquierda», en una admisión de lo tangible que resulta la crisis de las familias.

Aunque el presidente lo escucha y lo atiende, tal vez ni Laje consiga que algunos dogmas libertarios cambien. Milei sigue siendo el mismo: inquebrantable, tenaz, irascible y desorbitado. Las mismas cualidades por las que lo votaron millones de argentinos. Lo que no lo ayuda es el contexto, diametralmente opuesto al de su consagración. Hoy los puntos de inflación no pesan tanto como los de la tasa de interés de la tarjeta que no dejan de crecer.

Redacción

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