La inmortalidad, esa gran quimera solo al alcance de los dioses. Se dice que alquimistas chinos mezclaron hace más de mil años carbón, azufre y nitrato de potasio con la esperanza de dar con el tan deseado elixir de la vida eterna. Sus expectativas saltaron por los aires. Nunca mejor dicho. Dieron con la fórmula de la pólvora, que, con el tiempo, acabaría contribuyendo más a quitar vidas que a prolongarlas. Pronto, los sabios chinos detectaron que su descubrimiento podría ser útil. Sobre todo por el estruendo que provocaba. La medicina del fuego, como la llamaron, acabó sirviendo para ahuyentar a los malos espíritus cuando se organizaban grandes celebraciones. Hasta ahora.
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