Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello
Seguro conocés restaurantes que se limitan a servir comida, pero están los otros, esos que construyen un universo propio alrededor de cada plato. Boubalé, instalado en el corazón del hotel Le Grand Mazarin, pertenece claramente a esta segunda categoría. Atravesar su entrada equivale, según la propia definición poética de la casa, a cruzar la puerta trasera de un sueño: un mundo casi extinguido, hospitalario hasta la exageración, capaz de tratar a cualquier desconocido como amigo antes de conocerlo siquiera.
Esa sensación onírica encuentra correlato exacto en la decoración del salón principal. Inspirado libremente en las orillas del Bósforo, el espacio combina estéticas de Europa del Este y de Medio Oriente dentro de una atmósfera bizantina cargada de colorido y arquitectura tradicional. Copas de cristal talladas a mano capturan la luz de arañas ornamentadas, terciopelos densos conviven con frescos pintados sobre el techo, y una vajilla de porcelana diseñada exclusivamente para el restaurante dialoga con cuberterías elegidas con precisión casi teatral. Barroquismo y fantasía se funden hasta construir una elegancia capaz, literalmente, de suspender el paso del tiempo dentro de esas cuatro paredes.
Detrás de tanto despliegue sensorial aparece un origen conmovedoramente sencillo. Boubalé significa, en idioma yiddish, “mi pequeña muñeca” o “mi tesoro chiquito”, expresión cariñosa que las abuelas askenazíes reservaban históricamente para sus nietos favoritos. Casualmente, ese mismo apodo funcionaba también como sobrenombre infantil de los dos socios fundadores de Maisons Pariente, grupo hotelero responsable del proyecto completo. Convertir ese recuerdo familiar íntimo en nombre comercial terminó siendo, sin dudas, la decisión conceptual más acertada de todo el restaurante.
Assaf Granit, chef israelí nacido en Jerusalén, tomó la posta creativa de esta propuesta gastronómica cargando consigo un currículum imposible de ignorar. Poseedor de una estrella Michelin gracias a su restaurante parisino Shabour, primera distinción de ese nivel otorgada jamás a una cocina israelí en territorio francés, Granit lidera actualmente un imperio culinario que supera los treinta locales repartidos entre Israel, Londres, Berlín, Saint-Barth y varias direcciones adicionales dentro de la propia capital francesa. Con Boubalé, sin embargo, decidió alejarse momentáneamente de la cocina mediterránea que suele definirlo para bucear en recuerdos de infancia vinculados a la tradición culinaria ashkenazí.
Esa tradición viajó, históricamente, desde Polonia, Rusia, Alemania, Georgia, Lituania y Ucrania hacia Jerusalén, antes de terminar revelando todos sus sabores en pleno Marais parisino. La carta actual cruza esa herencia centroeuropea con técnicas y especias propias del Levante turco: comino, menta, pimentón, perejil y sumac se combinan libremente hasta formar un mosaico gustativo capaz de simbolizar, en cada bocado, la unión entre dos continentes gastronómicos distintos. Mezzés generosos, guisos heredados y creaciones firmadas por el propio Granit conviven en un menú pensado deliberadamente para compartir, siguiendo la lógica comunitaria de cualquier cena familiar memorable.
Los domingos suman una capa adicional a esta experiencia, con un brunch servido especialmente entre el mediodía y las tres de la tarde. Organizado en tres actos sucesivos, ese servicio reinterpreta clásicos gastronómicos atemporales, combinando maridajes de coctelería atrevida con sabores mediterráneos y colores propios de Oriente. Recetas heredadas de generación en generación, refinadas con mirada contemporánea, terminan de completar un ritual dominical pensado como celebración conjunta de creatividad culinaria y espíritu comunitario.
La música ocupa, además, un rol protagónico dentro de la experiencia nocturna completa. Según sostiene la propia casa, bastan apenas unas notas para conmover cualquier corazón presente en el salón, y desde tiempos inmemoriales toda cena digna de ese nombre termina, inevitablemente, con baile improvisado alrededor de las mesas. Esa costumbre, sostenida noche tras noche dentro de Boubalé, refuerza permanentemente esa idea de festejo colectivo que atraviesa cada rincón del local, lejos de cualquier solemnidad excesiva característica de otros restaurantes de similar categoría.
El funcionamiento diario responde a un esquema amplio y flexible, según detalla la información oficial del hotel: desayuno disponible entre las siete de la mañana y las diez y media, cocina activa desde el mediodía hasta las diez y media de la noche, con el salón permaneciendo abierto todos los días, prácticamente sin pausa, hasta las dos de la madrugada. Ese horario extendido convierte a Boubalé en punto de encuentro tanto para almuerzos ejecutivos como para sobremesas prolongadas hasta bien entrada la madrugada parisina.
El hotel que aloja semejante propuesta gastronómica aporta, además, contexto adicional imposible de ignorar. Le Grand Mazarin, primera dirección parisina del grupo Maisons Pariente y distinguido recientemente con una Clef Michelin, funciona como epicentro social del Marais gracias justamente a la fuerza de este restaurante insignia. Bajo el mismo techo, una piscina subterránea cubierta por una bóveda decorada con frescos inspirados en Jean Cocteau redondea el universo estético maximalista firmado por el diseñador Martin Brudnizki, responsable de todo el interiorismo de la propiedad.
Cenar en Boubalé implica, finalmente, mucho más que degustar una carta bien resuelta. Implica participar, aunque sea por unas horas, de un relato familiar transformado en experiencia colectiva: la memoria de generaciones enteras de abuelas askenazíes, revivida bajo frescos bizantinos y copas de cristal tallado, disponible para cualquier comensal dispuesto a cruzar esa puerta trasera del sueño en pleno corazón del Marais parisino.
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