Eran ya mayores, no tenían descendencia, y vivían en una casita frente al mar. Un día le propusieron a un conocido algo así como una hipoteca inversa: si él les pagaba una mensualidad, cuando ellos murieran la casa sería suya. El hombre rechazó la oferta. No sabía cuánto viviría aquel matrimonio, y si lo hacía más que él, dejaría una deuda a sus hijos, a los que había educado para que nunca le debieran nada a nadie. ¿Y si la pareja vivía hasta los cien años? Por otra parte, el hombre no quería esperar la muerte de aquellas personas, y temía acabar haciéndolo si llegaba un momento en el que los pagos superaran el precio real de la casa.
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