Un grupo de responsables de la seguridad de León XIV visitó hace tres semanas los escenarios del viaje que el Papa realizará a España en junio y durante el que dormirá dos noches en Barcelona. La comitiva vaticana inspeccionó la Sagrada Família, el monasterio de Montserrat, el Estadi Olímpic de Montjuïc y añadieron al itinerario otras dos paradas de interés del Pontífice: la catedral y la iglesia de Sant Agustí de Barcelona.
Al tratarse de un jefe de Estado, la competencia en seguridad de la visita corresponde a la secretaría de Estado de Seguridad, que también ha celebrado al menos una reunión a la que han asistido, de forma telemática, el director de la policía catalana, Josep Lluís Trapero, y el comisario jefe de los Mossos d’Esquadra, Miquel Esquius. La policía catalana, concretamente el comisario David Boneta, ya está esbozando el plan director de seguridad que recopilará hasta el último detalle del viaje en materia de protección. Las distintas fuentes oficiales consultadas advierten que los emisarios del Papa regresarán a finales de abril a Barcelona con la agenda de la visita ya cerrada.

Para entonces, el ministerio y la Conselleria d’Interior habrán decidido si convocan una Junta de Seguridad extraordinaria para el reparto de las funciones de cada cuerpo policial en las etapas que corresponden a Catalunya. O bastará firmar un acuerdo en el que la Policía Nacional asuma la cápsula de protección más cercana al Pontífice y todo lo demás pase a ser competencia de los Mossos d’Esquadra, en coordinación con las policías municipales y lo que corresponda a la Guardia Civil.
El trabajo es ingente, y será esencial la labor previa de los servicios de información de las distintas agencias de seguridad. Y más ahora, en el contexto de la guerra en Oriente Próximo y sus derivadas. Solo a la misa multitudinaria que se oficiará en el Estadi Olímpic de Montjuïc se calcula que podrían asistir más de 35.000 personas.
Y como cualquier otro jefe de Estado, la seguridad del país anfitrión se coordina con la del visitante, que en el caso del Pontífice es especialmente compleja por la singularidad del personaje y lo que representa.

El día en que León XIV, poco después de ser elegido, hizo saber que quería volver a Castel Gandolfo, la residencia de los pontífices desde hace siglos, en el pueblo se desató un pequeño caos. En la localidad, situada en las colinas al sur de Roma, se concentraron al mismo tiempo Policía italiana, carabineros, Guardia di Finanza, bomberos y protección civil, todos coordinados por un desbordado responsable de la policía municipal. La expresión de desconcierto del alcalde lo decía todo: la seguridad del Papa es una maquinaria compleja que, en realidad, no pertenece del todo a nadie.
En los viajes apostólicos esto resulta aún más evidente. No existe una “policía del Papa” cuando sale del Vaticano, sino un sistema compartido que se activa en cada destino y que obliga a coordinar mundos muy distintos. La responsabilidad principal recae siempre en el país anfitrión, en este caso, España, con la singularidad de tener en Catalunya una policía autonómica con las competencias en seguridad.
Por tanto, serán los Mossos los que en la estancia en Catalunya se encarguen de blindar los recorridos, vigilar las multitudes y tratar de anticipar cualquier tipo de amenaza. El nivel de protección cambia según el contexto: no es lo mismo una visita en Europa que en zonas más inestables, como África, adonde León XIV viajará a partir del 13 de abril.
La Guardia Suiza y la Gendarmería vaticana ya han mantenido un primer contacto con los Mossos d’Esquadra
El Papa nunca viaja solo. Con él se desplaza la Gendarmería vaticana, que mantiene la protección directa y, sobre todo, actúa como bisagra con las autoridades locales. Es ahí donde se define el equilibrio: itinerarios, accesos, planes de evacuación. Nada se improvisa.
A su lado opera la Guardia Suiza, el histórico cuerpo militar encargado de la protección personal del Papa, que queda en un segundo plano operativo.
Cada viaje se prepara durante semanas. Es un engranaje silencioso, poco permeable y donde la discreción es la norma. Y, sin embargo, hay un elemento que desestabiliza cualquier protocolo: el propio Papa. Prevost ya lo dejó entrever al imaginar su próximo viaje a España: “Espero encontrar mucho amor, hospitalidad y acogida. Siempre he encontrado un pueblo de mucha fe y de muy buena voluntad”, declaró el martes en Castel Gandolfo a la agencia Efe.
A diferencia de otros líderes mundiales, no concibe su figura desde la distancia. Prefiere el contacto directo, los baños de masas, los gestos improvisados. Con Francisco era la norma; León XIV parece más disciplinado, pero el riesgo siempre está a la vuelta de la esquina. Es precisamente ahí donde la seguridad deja de ser solo técnica y se convierte en un ejercicio constante de adaptación. Protegerlo sin encerrarlo es la contradicción de fondo. Y también la clave de un sistema que, en cada viaje, vuelve a ponerse a prueba.

Escribe y cuenta historias de la mala vida desde que empezó en el oficio del periodismo, desde los tiempos del fax. Autora de ‘Desmontando el crimen perfecto’. Convive con dos perros, Simón y Lola; y con todo por aprender



