A los 14 años compuso una zamba que inmortalizaron Las Voces de Orán y el Chaqueño Palavecino. Seis décadas después, el joven suceso Milo J la rescató para sus shows masivos. Un viaje por la vida de un verdadero juglar salteño que pasó por el seminario, enviudó joven y conquistó Europa.
Hay canciones que tienen vida propia, pero la historia detrás de sus creadores a veces supera cualquier ficción. Es el caso de Rubén Jesús Pérez, un salteño de 78 años nacido en El Tala —el mismo pueblo del sur provincial que vio nacer a la legendaria escultora Lola Mora—.
Hoy, su obra cumbre, “La Taleñita”, experimenta un fenómeno inédito: pasó de ser un himno infaltable de las peñas norteñas a convertirse en un éxito viral interpretado en escenarios multitudinarios por Milo J, uno de los máximos referentes de la música urbana actual.
El nacimiento de un clásico «en un abrir y cerrar de ojos»

Hijo de un padre multifacético que fue desde albañil hasta legislador, Rubén se crió en un entorno humilde pero feliz. A los 12 años era monaguillo y comenzó su secundaria en el Seminario Conciliar de Salta. Aunque dos años bastaron para darse cuenta de que los hábitos no eran lo suyo, el paso por allí fue clave: aprendió guitarra, literatura, latín, griego y las estructuras de la poesía.
Con ese bagaje, una tarde calurosa de diciembre de 1961, mientras improvisaba acordes en el patio de su casa, la inspiración lo golpeó de golpe:
“Siempre me preguntan cuánto tardé en escribir la canción. No tengo idea, pero fue una cosa casi del momento. Capaz que tardé un día, dos, no sé, pero fue muy rápido”, rememora Rubén.
La zamba nació como el retrato adolescente del encanto de una chica de su pueblo que lo había enamorado.
Del «carterito cantor» al Festival de Cosquín
La vida de Rubén Pérez continuó entre múltiples oficios: trabajó en el bar familiar, fue remisero, fotógrafo social (en la época en que las fotos se pintaban a mano por la falta de color) y, finalmente, cartero.
A los 22 años se trasladó a San Ramón de la Nueva Orán para trabajar en el correo. Fue allí, en una reunión artística, donde su destino cambió para siempre. Cantó su zamba frente a un joven de 18 años llamado Federico Córdoba, líder de Las Voces de Orán. Impactado por la melodía, Córdoba le pidió la canción. Al poco tiempo, el grupo la presentó en el Festival Nacional de Folklore de Cosquín y la incluyó en su primer disco, grabándola para siempre en el cancionero popular. A partir de ahí, figuras de la talla del Chango Nieto y el Chaqueño Palavecino la sumaron a sus repertorios.
Golpes duros, el exilio en España y el renacer gracias a Milo J

La vida del juglar salteño no estuvo exenta de dolores. Enviudó trágicamente a los 33 años debido a una mala praxis, quedando a cargo de sus cuatro hijos. El impacto emocional decantó en una artritis reumatoidea crónica que lo alejó temporalmente de las guitarras. Sin embargo, su espíritu inquieto lo llevó a reinventarse como técnico de teletipos en Radio Nacional y, tras los 500 años de la llegada de los españoles a América, a radicarse durante cinco años en España. En Europa grabó discos, editó libros de poesía transoceánica y giró por Francia junto a grandes como Dino Saluzzi.
Hoy, establecido nuevamente y con su salud controlada, Rubén asiste conmovido al nuevo estallido de su obra. Milo J (quien arrastra más de 5.8 millones de seguidores) incorporó «La Taleñita» en sus shows masivos junto a Los Campedrinos, logrando que miles de adolescentes canten los versos que él escribió a los 14 años.
“Es un orgullo para mí que nuevas generaciones se hayan interesado por La Taleñita. Me llamaron para pedírmela cuando estaba en España”, afirma con una sonrisa el escorpiano, cuya vigencia artística demuestra que el folclore no muere, sino que se transforma.



