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La tregua rinde más que los misiles: Irán ofrece reabrir Ormuz, el petróleo descomprime y Wall Street barre con los récords

Una tregua prendida de alfileres alcanza mejores resultados que una lluvia de misiles en el Golfo Pérsico. Aunque, nobleza obliga, todavía ninguno sea definitivo. La guerra arruinó la libre navegación por el estrecho de Ormuz. Su bloqueo permanente detonó una crisis de la energía y se convirtió en la principal hipoteca del conflicto. EEUU no puede retirar sus tropas de la región – y el presidente Donald Trump redireccionar su agenda, lo que necesita urgente – si primero no le encuentra una solución potable que levante esa inhibición tóxica. La guerra provocó el daño, y no pudo repararlo. El cese de fuego iniciado el martes 7 consiguió el viernes 17 que Irán declarase la reapertura plena de Ormuz (hasta el final acordado de la tregua). Lo que no logró todavía fue que la navegación retomara su curso normal cuando hay centenares de navíos atrapados en el atasco.

Hay que afilar más el lápiz de las negociaciones. Las condiciones que la Casa Blanca concedió para que Irán anunciara su voluntad de reabrir Ormuz, en verdad, no le resultan aceptables. “El presidente Trump planteó siete afirmaciones en una hora y las siete fueron falsas”, sostuvo el presidente del parlamento iraní, Mohammad Qalibaf. “Irán acordó no cerrar el estrecho nunca más. Ya no se usará como un arma en contra del mundo”, había posteado Trump en Truth Social. Si se quiere, son dos de las siete. Las más inofensivas, seguro. La tregua está colgada de alfileres y tironeada por una desconfianza natural que no se subsana. Más bien aumenta con el mutuo conocimiento. Su plazo original vence mañana – martes 21 – y a pesar de todas las diferencias, los desplantes y las mentiras – habrá que ignorarlas y extenderla. A las dos partes les sirve mejor que la guerra. Y ambas lo saben. Y el tercero en discordia, el que piensa que no, – Israel que martillaba contra Hezbolá en el Líbano – ya fue disciplinado por Trump. Una vez gestado el cese de hostilidades allí también – por diez días – fue que los iraníes anunciaron la reapertura de Ormuz, el viernes a primerísima hora, como quería el presidente, ansioso por recomponer su imagen.

“No ven que el Dow Jones está por encima de los 50 mil puntos”, exclamó furiosa Pam Bondi, a la sazón la procuradora general de la nación, en febrero cuando una comisión de la Cámara de Diputados la interrogaba por el caso Epstein. “El S&P 500 está casi en 7 mil puntos y el Nasdaq hace trizas los récords…De eso deberíamos estar hablando”. Pues bien, la guerra empujó a Wall Street a una corrección de 10%. No dejó en pie ni siquiera ese argumento extemporáneo. Pero atisbar una solución pacífica la rescató del pozo. La tregua del 7 de abril, concretamente, facilitó el regreso a los niveles previos a la guerra y luego superarlos y batir los récords, como enfatizaba Bondi cuanto todavía gozaba del favor presidencial.

La paz, que merodea a distancia y todavía no se alcanzó, rinde jugosos dividendos por adelantado. El Dow Jones, es cierto, todavía no pudo llegar a los 50 mil puntos, pero la razón es el apuro por montarse en los índices más dinámicos y desdeñar a un segundo plano la apuesta más conservadora. El S&P se llevó puesta la barrera de los 7 mil puntos que tenía entre ceja y ceja desde diciembre. Cerró el viernes en 7.126. El Nasdaq, que acechó sin éxito los 24 mil puntos desde noviembre hasta febrero, se encaramó a los 24.468 en un sprint fabuloso que hilvanó 13 ruedas consecutivas en alza, algo nunca visto desde 1992. No le pidan a Pam Bondi (ya renunciada) que resuelva el caso Epstein. No le exijan explicaciones a Trump por el desbarajuste del orden internacional (ni por Epstein). Llueva o truene, lo que persiste es la fortaleza de Wall Street.

Ormuz, el cuello de botella

Irán ofreció reabrir Ormuz. Pero Trump no levantó el bloqueo naval a los puertos iraníes. Y entonces el estrecho volvió a clausurarse antes de que la navegación pudiera retomarse. Más de un centenar de buques lo atravesaba diariamente antes de la guerra. Desde entonces el tránsito se precipitó a un promedio por debajo de la media docena. El miércoles 15, de repente, fueron 19 (incluyendo cinco buques tanque y diez portacontenedores). El viernes se reportaron diez. El sábado, después del ida y vuelta de los anuncios, se habían informado 12, y el ataque a por lo menos un buque tanque y un portacontenedores. Ormuz es el verdadero cuello de botella que cuenta para resolver el conflicto. O, mejor dicho, para cerrar el presente capítulo y darle tiempo y espacio a Trump para oxigenar su agenda (de cara a las elecciones de noviembre). Y sí así lo quiere para buscar revancha en Cuba.

Hay muchos temas importantes que discutir: el futuro del programa nuclear iraní, del inventario de uranio enriquecido, y de la producción de misiles balísticos y drones, o el apoyo a los grupos proxies y milicias pro-iraníes de la región. Y, por supuesto, el levantamiento de las sanciones y la devolución de los fondos congelados, que serán la generosa moneda de cambio. Todos pueden maquillarse con promesas y esperar que el tiempo decante. En otras palabras, todos ellos pueden no resolverse. Ormuz, sí o sí, debe recuperar la circulación fluida. Ninguna solución que no la restablezca será viable. Y cuánto antes lo consiga, mejor.

Equivocada o no, la Bolsa no requiere que se despeje Ormuz para vaticinar un futuro pujante. El mercado de energía, sin embargo, no se descomprimió hasta el viernes cuando observó por fin la doble coincidencia de Trump e Irán en declarar la reapertura del flujo comercial. Ahí sí, el precio del crudo se desmoronó de forma convincente. El futuro de junio de crudo WTI, casi 10%. Llegó a cotizar por debajo de los 80 dólares cuando había rozado 105 en el momento más borrascoso. Desbloquear Ormuz no cancela la crisis de la energía, pero es el principio del fin. El mojón que marcará su cota máxima. Y acá tiene que estar el nudo que complica las negociaciones. Volver al status quo previo a la guerra parece imposible ahora que Irán tomó su control y probó la manzana prohibida. De todos los errores de esta guerra apresurada, no hay otro más grave.

Lo que Trump admitió el viernes fueron las condiciones que impuso Teherán. En principio, la autorización solo para la navegación comercial sujeta a derecho de admisión iraní y con el cobro de comisiones por razones de provisión de seguridad. La ruta prevista recorría sus aguas territoriales a través de la isla de Larak, sentando un precedente histórico sobre sus reclamos de soberanía. En su posteo de Truth Social, el presidente dijo que el Estrecho de Irán (sic) estaba plenamente abierto. El boicot inmediato posterior – el mantenimiento del bloqueo a los puertos iraníes – constituye semiplena prueba de que este enfoque debe pulirse mucho más. Le sirvió a Trump para mostrar la predisposición de la dura Guardia Republicana a abrochar un acuerdo. No es únicamente su desesperación lo que está detrás de los progresos. Pero es claro que los aliados sunitas de EEUU en la región no aceptan que Irán se convierta en el árbitro de la navegación. Y si Trump preserva una visión geopolítica no querrá que se procuren otras alianzas.

Las negociaciones deben continuar a falta de alternativa mejor. La tregua, por ende, tendrá que prolongarse. Con la guerra, Irán cambió de régimen (aunque no en la manera que predecía Netanyahu). Murió el ayatola, y no se sabe siquiera si vive el nuevo ayatola. La Guardia Republicana tomó el control efectivo del poder. Es una línea más dura y combativa pero también más abierta a la negociación (y, por lo visto en las redes sociales, a las formas novedosas de la comunicación).

Hay una nueva propuesta de EEUU sobre la mesa, informó Teherán el sábado luego de volver a clausurar el paso por Ormuz. La acercó el jefe del ejército pakistaní Asim Munir quien oficia de intermediario. Trump debió reconocer que los iraníes se han vuelto “un poco astutos”. Las conversaciones continúan, dijo, una semana después que el vicepresidente Vance las diera por terminadas de forma abrupta – y teatral – en Islamabad. Allí mismo las retomará hoy. Qué duda cabe, habrá todas las que haga falta.

Que todas las partes estén armadas hasta los dientes, que hayan hecho uso y abuso de la fuerza (y puedan volver a hacerlo), y que incluso así no hayan conseguido lo que buscan, expone la conveniencia de negociar. Sus limitaciones son también evidentes. Pero ante la frustración de la vía militar – y su costo altísimo – la diplomacia es el camino eficiente – con sus alfileres, sus pespuntes y sus soberanas técnicas de planchado – para hilvanar, al menos, una salida elegante. Es sastrería a la medida de lo que precisa cada gobernante para disimular los defectos de un paño hecho jirones.

Redacción

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