Llegas tarde a casa después de un día repleto de actividades. Preparas una cena abundante, te sientas frente al televisor y, por fin, tienes un rato para desconectar. Es uno de esos pequeños placeres cotidianos, una especie de recompensa merecida después de horas de trabajo y obligaciones. El organismo, sin embargo, no lo interpreta de la misma manera: para él, esa cena tardía y copiosa es señal de que todavía debe activarse, cuando en realidad debería empezar a prepararse para descansar.
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