Lorena tiene 33 años, es valenciana y durante ocho años convivió con una idea que no sabía de dónde venía: vivir en medio de la naturaleza. Sin tener raíces rurales ni referentes familiares al campo, sentía la intuición de que ese era el ritmo de vida que quería llevar. Hace cuatro años se mudó a Castilla y León por amor y, desde entonces, ha seguido persiguiendo la casa de sus sueños.
Recientemente, Lorena ha conseguido comprar su nuevo hogar en un pueblo cerca de Zamora: una finca de 6.500 metros, rodeada de un río y muchos árboles. “Tenía muchos requisitos a la hora de comprar”, cuenta en una entrevista para La Vanguardia, donde relata cómo ha sido este largo proceso de búsqueda y los obstáculos que ha tenido que superar.
Llevaba ocho años buscando una finca. ¿Recuerdas el momento en el que pensó por primera vez: “quiero vivir en la naturaleza”?
Llevo toda la vida queriendo vivir en la naturaleza sin saber muy bien por qué. No tengo ningún familiar ni amigo que viva de esa manera, pero siento que mi personalidad encaja en un ambiente tranquilo. Por eso llevaba ocho años buscando una finca sin parar, ya que quería terreno y así imaginaba la casa de mis sueños.

¿Qué cree que le conecta con el campo?
Siempre me ha atraído mucho el tema de ser autosuficiente. Vivir en la ciudad es muy caro y sientes que la vida pasa deprisa. Cuando vivía en Valencia, estaba muy saturada, tenía a mucha gente a mi alrededor y me sentía constantemente sobreestimulada. Obviamente, en el campo también hay muchas facturas que pagar, pero es distinto. Viviendo aquí utilizo menos el coche, gasto menos gasolina, no salgo tanto y no pago la luz porque tengo placas solares. Y como emprendedora, lo único que busco es paz y tranquilidad.
¿Cómo fueron esos ocho años de búsqueda?
Cuando buscas algo en medio de la nada, surgen mil problemas: no sabes de quién es la propiedad, si está registrada, si el propietario reside allí, si es del ayuntamiento… Es mucho más complicado que comprar una casa en un pueblo o en una ciudad.
Además, lo que buscaba era tan concreto, casi fantasioso, que, en realidad, había pocas posibilidades de conseguirlo. Quería que estuviese aislada, pero bien ubicada; que tuviese río y que no se secase en verano; que hubiera mucha vegetación y que incluyera una nave para poder trabajar. Pedía mucho, y esta finca lo tiene todo: incluso tiene pozo, muchísimos árboles y más de 6.500 metros cuadrados. Al final, todos mis requisitos acabaron siendo una carta de manifestación.
¿Cómo consiguió la vivienda actual?
Estuve buscando por todos los portales inmobiliarios, participé en iniciativas que ayudaban a emprendedores a mudarse al entorno rural, pero no encontré nada. Recorrimos diferentes pueblos, preguntamos a muchos vecinos, pero parecía una misión imposible. Hasta que un día, a las dos de la mañana, mirando en internet desesperada, apareció la finca de mis sueños. Así que hablamos con el propietario y a los tres días ya la estábamos viendo.
Pensaba que era imposible que pudiera ser nuestra. Estaba acostumbrada a que todo fuese un ‘no’, ya fuera porque no estuviera registrada, porque no localizábamos al propietario o porque no se podía acceder.
Aprovechando que tiene una finca y un negocio, ¿tiene algún plan de futuro?
Me encantaría tener un huerto y, más adelante, me gustaría aprovechar el terreno para realizar bodas y eventos. Mi marido y yo nos dedicamos también a la fotografía, así que creemos que sería un negocio muy bueno. De momento es solo una idea ambiciosa, pero si nos dan los permisos, nos encantaría hacerlo realidad.
Su finca está a media hora de la ciudad. ¿Siente que es una distancia suficiente para mantener el equilibrio?
Sí, totalmente, porque aunque viva en medio del campo, no estoy aislada. Si quiero quedar con alguien, cojo el coche y hago el trayecto de media hora —que para mí eso no es nada—. En la ciudad más cercana tengo todo lo que necesito: supermercados, hospitales, AVE, centros comerciales. De hecho, en Valencia, a veces tardaba más en cruzar la ciudad.
Muchas personas idealizan la vida en el campo. ¿Qué cosas no son tan románticas como parecen desde fuera?
Para mí es la vida perfecta. Sin embargo, es verdad que aquí hace mucho frío y todavía no tenemos calefacción. El invierno pasado tuve que dormir en mi casa anterior. De momento usamos estufas de gas. Otra problemática que hemos tenido es con el agua. Tenemos un pozo, pero hay algo en las tuberías que hace que, si no tenemos encendido el motor de bombeo, no tengamos acceso al agua. Es un tema que estamos intentando solucionar. Pero más allá de eso, para mí no tiene desventajas reales.

¿Echa de menos su vida en Valencia?
Lo que echo de menos es a mi familia y a mis amigos, pero no la ciudad en sí. No me gusta la ciudad. Recuerdo que cuando tenía que ir al centro me agobiaba por todo: todo el mundo tenía prisa, siempre había mucho tráfico y tenías que reservar siempre con antelación para comer en cualquier sitio. Ahora ya se me hace raro. Siento que el tiempo es mío y eso lo cambia todo.
Nabila Bourass

