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Hace más de cincuenta años mis padres cogieron el coche con unos amigos y se fueron a Montpellier para ver a Marlon Brando y Maria Schneider en El último tango en París. En España estaba prohibida y viajaron hasta el Capitole en la rue de Verdun. De aquel viaje familiar quedó durante años una palabra, “mantequilla”, pronunciada con una sonrisa que los niños no acabábamos de entender.
Medio siglo después hemos vuelto los hijos a Montpelier… pero a otro cine. Esta vez nadie nos prohíbe ver la película. Nos falta la máquina para disfrutarla como quiere su director. Christopher Nolan ha rodado La Odisea pensando en el IMAX de 70 milímetros, un formato analógico gigantesco que necesita proyectores poco habituales y una pantalla preparada para enseñarlo en toda su dimensión. En España no hay ninguna sala capaz de proyectarla en esas condiciones. En la UE hay tres. Una en Montpelier y dos más en Bruselas y Praga. De modo que Nolan ha conseguido un remake extraordinario: que en 2026 haya catalanes que vuelvan a cruzar la frontera francesa para poder ver una película.
Tardo 54 minutos en atravesar la aduana. No hay guardias ni pasaportes ni censores preguntando adónde voy pero recoger el ticket del peaje genera 7 kilómetros de cola. Después de cuatro horas de coche termino sentado en un taburete a cincuenta metros de la entrada de los multicines Pathé Gaumont.
Desde aquí se ve primero a Ulises. Ocupa prácticamente toda la fachada. Debajo, personas diminutas caminando bajo un anuncio gigantesco: L’Odyssée. IMAX 70MM . En los setenta había que cruzar la frontera para descubrir qué hacía Brando con la mantequilla. En 2026 hay que atravesarla para descubrir qué hace Nolan con Troya.
La sesión es a las 13.30. No hay entradas. Tampoco para mañana ni para la semana que viene. Todo vendido hasta septiembre. La entrada cuesta 25,20 euros, los estudiantes pagan 19,90 y los menores de catorce años, 14,90. Después de la gasolina, peajes y tres horas de carretera, los 25,20 euros son la parte económica del espectáculo.
Entonces salen seis chicos hablando en catalán. Veranean en el Alt Empordà y vienen de la sesión de las 9.45 de la mañana. Para estar sentados a esa hora delante de Ulises han tenido que levantarse cuando las vacaciones todavía dormían. Salen eufóricos. Hablan todos a la vez. Bestial la imagen y el sonido. Están encantados con el film y también, un poco más, con haberla visto aquí. Han obedecido a Nolan. Han conducido hasta Montpellier para verla como Nolan dice que debe verse y ahora exhiben esa obediencia con el orgullo de quien conoce un secreto que los demás ignoramos.
Dentro del Pathé hay dieciocho salas y suficientes distracciones para olvidar que uno ha venido al cine. Máquinas recreativas (una de dinosaurios de Jurassic Park), simuladores de coches.. . Al lado, una palmera de plástico, unas flores gigantes y una tela azul forman un decorado hortera de Vaiana .
Todo diseñado para que nadie permanezca quieto demasiado tiempo. Y, sin embargo, centenares de personas llegan hasta aquí para sentarse durante tres horas frente a una pantalla “diferente”. Nolan ha conseguido algo curioso: durante años la industria trabajó para evitar nuestro movimiento. Primero el vídeo. Después el DVD. Ahora las plataformas. El cine acabó llegando hasta nuestra cama. Nolan inventa el camino contrario. Coloca una odisea en Montpellier y decide que subamos a buscarla.
Los seis catalanes se marchan. Los veo alejarse desde el taburete. Han madrugado, han cruzado la frontera, han pagado la entrada y regresarán al Empordà después de haber visto la película a las 9.45 de la mañana.
Hace cincuenta años mis padres hicieron el mismo recorrido. Ellos vinieron porque España no les dejaba ver una película. Nosotros hemos vuelto porque España no tiene una máquina para verla.
A unos metros de mí, una mujer se coloca delante de la palmera de plástico de Vaiana y sonríe para la foto.



