Madres después de los 50: dos historias de espera y un embarazo que llegó cuando nadie lo creía

Durante 14 años, Mariana le puso energía a un deseo que parecía cada vez más difuso. Médica, de La Plata, y en pareja con Ángel desde hace más de seis años, se sometió a demasiados tratamientos de fertilidad de baja y alta complejidad hasta que, a los 51, pudo quedar embarazada. “Fue un camino largo, con momentos de mucha ilusión, pero también de incertidumbre, frustración y dolor”, cuenta a Clarín. Su hija, Pili, hoy tiene dos años.

“Cada tratamiento implica una enorme entrega física y emocional”, dice. También aprendió a convivir con la ansiedad, con los resultados que no eran los esperados y con la posibilidad de que el sueño volviera a postergarse. “Quienes no atravesaron una experiencia así difícilmente puedan dimensionar lo que significa poner el cuerpo y el alma detrás de un deseo tan profundo”, agrega.

El tratamiento que finalmente funcionó lo hizo en Halitus, en la ciudad de Buenos Aires. Cuando llegó el embarazo, sólo por su edad, se consideró un embarazo de riesgo y requirió controles casi minuto a minuto.

Contra el temor que puede generar esa etiqueta de “embarazo de riesgo”, Mariana recuerda la etapa de una manera profundamente positiva: “Disfruté mucho mi embarazo”.

Pili nació a las 39 semanas, a término, y ese momento marcó el comienzo de otra etapa. “Mi vida cambió para siempre. Ser mamá es lo más maravilloso que me pasó”. La maternidad llegó después de años de tratamientos, pero también después de una historia personal que no había imaginado de esa manera.

Mariana, con 38 semanas de embarazo.  Tuvo a su primera hija, Pili, a los 51 años.

“Ser madre a los 51 años no fue algo que hubiera planeado de esa manera”, explica. Para ella, fue el resultado de un deseo que nunca desapareció y de una búsqueda que se extendió durante más de una década. “Fue el resultado de un deseo que nunca abandoné y de un camino muy largo para poder concretarlo”, cuenta. Por eso, dice, hoy vive la maternidad con “una enorme gratitud”.

Su historia también la llevó a pensar en las otras historias que quedan detrás de cada embarazo buscado.

Muchas veces quienes miran de reojo la edad de quienes tienen panza, advierte, desconocen “todo lo que una mujer tuvo que atravesar para llegar hasta ese momento”. Por eso, además de celebrar su propia experiencia, reivindica “el acompañamiento, la empatía y el respeto” hacia quienes transitan caminos similares.

“Hoy miro a mi hija y siento que toda la espera tuvo un sentido”, dice Mariana. No porque el proceso haya sido sencillo: aclara que fue “todo lo contrario”. Pero después de 14 años de pinchazos, incertidumbres y frustraciones, pudo finalmente abrazar a esa hija que había imaginado.

Su historia es también la de una maternidad que llegó después de los 50 y que, para ella, resignifica la imagen actual de ser una mamá añosa.

Mamás añosas

La historia de Gabriela Elusanse tiene algunos puntos en común, aunque su trayectoria gestante fue diferente. Siempre había querido ser madre y, durante años, fue postergando ese proyecto mientras trabajaba y terminaba una carrera universitaria.

“Siempre fue mi deseo ser mamá”, afirma. No se arrepiente de las decisiones que tomó de más joven, pero reconoce que, si hubiera tenido más información a los treintipico, habría considerado congelar sus óvulos.

Su proyecto de maternidad fue siempre monoparental. Cuando cumplió 50 años, comenzó a buscar alternativas en centros de fertilidad. En uno, cuenta, la rechazaron por su edad. Lo que más resuena de esa consulta no fue solamente la negativa, sino una frase del médico que todavía le duele: “Usted está en condiciones de tejer mañanitas, señora”. Gabriela lo miró “con mucha tristeza”, pero decidió seguir buscando.

Como trabajadora social, investigó por su cuenta hasta llegar a una respuesta diferente. La doctora Eugenia Baum confió en su posibilidad de ser madre y le dio la oportunidad de intentar el tratamiento. “Me dejó implantarme el embrión tan deseado”, relata Gabriela. El procedimiento fue en agosto de 2024, cuando tenía 54 años, mediante ovodonación.

El embarazo llegó acompañado de controles más que exhaustivos. Gabriela sabía que la edad implicaba cuidados extra y que debía ser seguida por distintos especialistas, no sólo obstetras.

“Cuando una está gestando se dispara la presión”, explica. En su caso, además, estaba atravesando la menopausia mientras cursaba el embarazo. Con tratamiento hormonal consiguieron preparar el endometrio: “Lograron que sea de 8 milímetros, como el de una mujer joven”.

Desde el comienzo, dice, vivió el proceso con confianza, aunque sin desconocer los riesgos.

“Fue un trayecto muy largo, con mucha paciencia lo transité y con mucha confianza”, cuenta. Cuando quedó embarazada decidió esperar hasta el tercer mes para contarlo. “Muchos no me creían, porque era un embarazo de riesgo”, recuerda.

También recibió reacciones muy diferentes. Fueron pocos los que, según cuenta, le dijeron desde el principio que siguiera adelante y celebraron la noticia. Otros se mostraron sorprendidos o directamente descreídos.

Para Gabriela, esa diferencia revela que todavía existe una mirada social que considera excepcional que una mujer pueda buscar y concretar una maternidad después de los 50. “Recién ahora se está hablando de esta posibilidad”, sostiene.

Su embarazo fue una rutina «entre algodones». Durante los últimos meses tuvo reposo absoluto: desde diciembre hasta abril prácticamente no salió de su casa, salvo para asistir a los controles médicos. También modificó de manera estricta su alimentación: “Cero sal y cero azúcar, tomaba tres litros de agua”.

En las últimas semanas debió tomar un antihipertensivo. Aun con esas dificultades, llegó a la cesárea en el Sanatorio Otamendi y todo salió bien. Milagros nació el 7 de abril de 2025, a dos meses de que Gabriela cumpliera 55. Pesó 2,450 gramos. El nacimiento fue a las 36 semanas: “No fue prematuro, fue prematuro tardío”, aclara.

Gabriela describe el momento de convertirse en madre con una mezcla de emoción y desafío cotidiano. “Fue todo un proceso hermoso ser mamá”, dice. Lejos de definir su embarazo únicamente desde el riesgo médico, elige otra palabra para recordar la experiencia: “Para mí fue precioso, hermoso”. También destaca que llegó al tratamiento con buena salud y un peso saludable, condiciones que, según cuenta, fueron clave.

Su experiencia la llevó también a pensar en la información que reciben las mujeres a lo largo de su vida. Su caso fue por ovodonación, una alternativa que permitió concretar un proyecto que había comenzado muchos años antes. “Siempre fue mi deseo ser mamá, no fue con mi óvulo”, repite, como una frase que atraviesa toda su historia.

Hay algo que Gabriela no quiere dejar fuera de su relato: la necesidad de que cada caso sea evaluado de manera individual. “Primero hay que confiar en un centro de fertilidad que lo pueda realizar, y conseguir un obstetra de alto riesgo”, explica. “Me vieron muchos especialistas y se asombraban de lo bien implantado que estaba ese embrión”, cuenta.

Mariana y Gabriela llegaron a la maternidad después de los 50 por caminos diferentes, en el mismo centro de fertilidad. Una atravesó 14 años de tratamientos hasta lograr un embarazo a los 51; la otra concretó a los 54 un proyecto monoparental que había postergado mientras trabajaba y estudiaba.

Ninguna presenta su historia como una receta para otras mujeres ni como una experiencia sencilla. Hablan de incertidumbre, los cuidados médicos, el desgaste emocional y también una palabra que se repite: deseo.

AS

Redacción

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