Martín Buscaglia: los 20 años de su disco bisagra, la historia de «Trivial Polonio» y la música como un dragón

Martin Buscaglia por Alejandro Persichetti.
Martin Buscaglia.

Foto: Alejandro Persichetti.

El espectáculo que Martín Buscaglia presentará este jueves en Sala del Museo será un festejo por partida doble. Por un lado, interpretará íntegramente El evangelio según mi jardinero, el disco que marcó un punto de inflexión en su obra y que cumple 20 años. Por otro, lo hará acompañado por una formación especial: los Bochamakers All-Stars.

Para celebrar el álbum, Buscaglia reunirá a los músicos que integraron Los Bochamakers, la banda que formó para presentar aquel repertorio y que lo suele acompañar hasta hoy. El mote “All-Stars” no es exagerado: la formación estará integrada por Nicolás y Martín Ibarburu, Mateo Moreno, Matías Rada, Coby Acosta, Herman Klang y Nacho Mateu.

Elegido en 2020 como el 50° mejor disco uruguayo de la historia en una encuesta realizada por El País, El evangelio según mi jardinero es un álbum lleno de recovecos en los que da gusto perderse. También es una obra que parece haber salido indemne del paso del tiempo.

Parte de la explicación está en que Buscaglia nunca respondió a una moda concreta. “El disco mismo lo podría sacar ahora y no sonaría demodé ni con tics de otra época”, asegura a El País. “Nunca quise seguir un género ni una moda determinada. Sí me interesa entender los géneros para incorporarlos a mi canana de herramientas”.

Están los clásicos, claro: ocho de sus diez canciones más escuchadas en Spotify vienen de ahí, incluyendo “Trivial Polonio”, “Ante la duda todo” y “Cerebro, Orgasmo, Envidia, Sofía”. Pero hay mucho más: los samples de canciones de Phil Collins, Marvin Gaye, Michael Jackson y Village People, ocultos como grajeas para los oídos atentos. O el banjo que Martín toca en varias canciones, o el sonido electrónico y de beatbox que le da una nueva vida a un bolero como “Vagabundo”.

Muchos de esos detalles siguen ahí, a la espera de una nueva escucha. Y otros adquirirán un nuevo sentido, o se volverán más tangibles al verlos en vivo en Sala del Museo. El show comenzará a las 20.00, las entradas cuestan 1280 pesos y se consiguen en RedTickets.

En la previa del recital, Buscaglia conversó con El País.

—Descubrí El evangelio según mi jardinero cuando tenía 14 años, gracias a mi hermano. Y durante años estuve convencido de que “Vagabundo” era una canción tuya, hasta que un día me topé con la versión original de Los Panchos…

(Se ríe) Ese bolero lo toqué muchísimo cuando trabajaba en cruceros. En la época de El evangelio estaba muy entusiasmado con una búsqueda multitímbrica y la versión de “Vagabundo” lo muestra. El otro cover del disco es “Lovin’ You”, y es un buen ejemplo de una forma de pensar la música que, aunque no la racionalice demasiado, habita en mí. Es un tema soul de los años setenta llevado a una versión reggae, pero un reggae con banjo, con un tres cubano que toca Nico Ibarburu y con un serrucho que toca Campi Campón. No lo hice pensando en hacer algo extraño o inaudito; fueron los timbres los que me fueron llamando. Eran amorosos como la canción. Eso me interesa.

—“Nada más conozco un modo, ante la duda todo”, cantás en “Ante la duda todo”. Y esa frase parece sintetizar bastante bien el espíritu del disco. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, está bueno. Pero primero hay que tener la duda; no se trata simplemente de decirle sí a todo. Cuando aparecen cosas que te atraen, tenés que confiar porque ya llevás un bagaje encima. Total, ya sos músico, ¿qué te puede pasar? La música es uno de los pocos lugares donde realmente podés ser libre. Y yo nunca tuve una idea de carrera o de trayectoria, más allá de que quería ser músico y hacer discos cuando tuviera algo para proponer. Entonces voy caminando y haciendo lo que me llama y me inspira. Lo veo como avanzar por un sendero, ir tirando semillas hacia atrás y esperar a que florezcan. Algunas no florecen nunca; otras se convierten en un micelio y aparecen delante tuyo.

—En una entrevista con Búsqueda mencionaste que te interesa “intentar que lo que es sencillo parezca complejo y que lo que es complicado parezca sencillo”, y en ese disco está más claro que nunca.

—Sí, es algo que está desde que empecé y a lo que le di más énfasis con El evangelio, donde además tuve un mayor dominio de cómo armarlo. Es una de las cosas que más me interesan hasta hoy, y cuando toco en vivo hay una apariencia casi de improvisación en el escenario, que a veces es real, pero en general es cuando más firme tiene que ser la base que hay debajo; no es que te subís al escenario sin nada craneado. Tenés que tener ciertas cosas seguras, como qué boyas hay en ese océano que es la música, para animarte a nadar cualquier estilo y saber que siempre vas a llegar a una playa.

Martin Buscaglia
El collar que le regaló André Abujamra y que aparece en el videoclip de la canción Xangô Parô.

Foto: Leonardo Mainé

—El enganche de “Lavapiés” y “Jesus Is My Coach” parece capturar bien el arco musical del álbum: la faceta de cantautor está en la primera y la veta funk en la segunda.

—Sí, de eso me di cuenta después. No compuse esas canciones pensando que fueran un resumen del disco o de mi manera de hacer música, pero vistas a la distancia contienen un poco de todo eso. Está la cosa cancionera y superarmónica de “Lavapiés”, con muchos acordes que pasan y una historia muy ligada al barrio donde vivía entonces. La compuse caminando por Lavapiés, viendo a una pareja que se besaba en un portal junto a una Vespa, bajando por la calle del Salitre. Y después está el lado funkero de “Jesus Is My Coach”: un acorde y yo cantando arriba. Ahí también conviven varias de las cosas que me interesan: lo explícito y lo implícito, lo simple y lo complejo, lo clásico y lo más exótico. Y en realidad le canto a un amigo mío, Jesús Carrasco…

—¡Así que ese era Jesús!

—Sí (risas). Es ese tipo de amigo imprescindible, que puede ser maestro tuyo y discípulo tuyo al mismo tiempo. Es una canción para el barrio y para Jesús. Y hay un detalle de ese tema que me gusta mucho: Nicolás Ibarburu toca la batería, teniendo a Martín Ibarburu, que para mí es el baterista uruguayo vivo por excelencia. Me gusta dominar un instrumento, pero también dejarme dominar por él. Aprender tanto de un instrumento que eso te permita tocar otro. Porque parte de la gracia de la música es que vas cabalgando un dragón. Y a un dragón no lo podés domesticar: te lleva a lugares increíbles, pero si se enoja te tira, te prende fuego y te calcina.

—Una de las canciones que más emocionan del disco es “Trivial Polonio”, que tiene un clima casi mántrico, sobre todo en el trabajo con Juana Molina. ¿Cómo surgió?

—Es una canción como “Lavapiés”, que funciona un poco como una foto panorámica. Está escrita en décimas y nació durante una Semana de Turismo en Polonio. Lo primero que apareció fue el juego: existe físicamente un Trivial Polonio y tiene un único ejemplar. Es una especie de Trivial Pursuit para los polonienses. Hay preguntas que cualquiera puede responder y otras muy implícitas, del tipo: “¿Qué le dijo tal a tal en la duna, aquella noche?”.

—¿Y cómo entró Juana?

—Ella veraneaba ahí. Y además hay un link que no había pensado: su padre, Horacio Molina, tenía una relación muy cercana con Mateo. De hecho, grabó “Príncipe azul”, con letra de mi viejo. Al final, los seres afines no son tantos ni están tan lejos como uno pudiera pensar.

Redacción

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