La complejidad define la esencia de dos disciplinas tan aparentemente distantes como la enología y la composición musical que, por otra parte, también están unidas por la emoción y la precisión. Crear un buen vino exige respetar los ritmos de la naturaleza, combinar las notas en cada momento de la elaboración, desde la tierra hasta la bodega, y estar obsesivamente atento a lo que se quiere transmitir. Y ejercitar la curiosidad y la capacidad de observación para responder al momento en el que el material creativo –sea el vino o la música– cobra vida propia y exige un cambio de planteamiento.
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