Acabo de dejar una carrera que duró 20 años en la diplomacia estadounidense para apostar por el futuro de mi familia en Barcelona. Mi formación en matemáticas y mi trabajo en tecnología me han demostrado el potencial que hay aquí: el haber vivido en diez países de cuatro continentes me ha inculcado el valor de los fuertes vínculos sociales. Creo que Catalunya, con Barcelona en el centro, es uno de los pocos lugares del mundo capaces de afrontar con éxito la transición al mundo de la inteligencia artificial. ¿Por qué? Porque es tecnológicamente seria, económicamente ambiciosa e irrenunciablemente humana.
La IA –o “superinteligencia”, como ahora la llama mi antiguo jefe– ya está transformando la ciencia, las empresas y los gobiernos, aunque la mayoría de la gente todavía no haya sentido todo su poderío. Lo sentirá. La ola que se nos aproxima pondrá a prueba radicalmente la capacidad de adaptación de nuestras instituciones, nuestras identidades y nuestras comunidades sin que se resquebrajen. Barcelona llega a esta nueva etapa con tres ventajas que rara vez coinciden.
Catalunya es un lugar capaz de afrontar con éxito la transición al mundo de la IA
La primera es su solidez científica. El Barcelona Supercomputing Center, el ICFO y el sincrotrón Alba son piezas en activo de una densa red de investigadores, ingenieros e instituciones científicas de primer nivel construida durante años de inversión pública. Pocas regiones europeas tienen una base comparable: Catalunya ocupa el tercer lugar entre las regiones de la UE en captación de fondos europeos para investigación e innovación. Me sorprende que, mientras tantos investigadores buscan respuestas a preguntas difíciles, buena parte de esta extraordinaria actividad científica siga pasando casi desapercibida para gran parte de la gente que vive aquí. Esta gran concentración de talento y conocimiento impedirá que Barcelona se quede atrás en la carrera hace el nuevo mundo de la IA.
La segunda ventaja es el empuje emprendedor. Barcelona es el principal polo de empresas emergentes del sur de Europa y el quinto ecosistema de la UE, por detrás de París, Berlín, Estocolmo y Amsterdam, y por delante de Madrid. Las ideas, el talento y la financiación se encuentran aquí a un nivel impensable hace apenas diez años. Una ciudad donde un científico puede conocer a un emprendedor, a un inversor y a un posible cliente es mucho más que una suma de laboratorios prometedores. Puede ser el lugar donde los descubrimientos pasen por un corto camino a las consultas, a las aulas, a las empresas y a los hogares.
La tercera ventaja es la que más me ha costado descubrir en otros lugares. Catalunya mantiene un apego tenaz a la familia, la comunidad, la cultura, la vida en la calle y el tiempo compartido, sin renunciar por ello al orgullo por el trabajo. He visto a jóvenes que se pasan la semana en la frontera de la ciencia y el sábado y el domingo ensayando con una colla castellera: una tradición familiar a la que dedican horas que apenas les sobran. Si existe en el ser humano el requisito psicológico necesario para navegar por los cambios dramáticos que se avecinan, sin perder aquello de nosotros mismos que más vale la pena conservar, lo que tenemos aquí es lo más prometedor que he conocido.
Esta es la Barcelona que, después de una vida errante, he elegido como hogar. He conocido ciudades que poseen una investigación científica formidable, un fuerte empuje emprendedor o una cultura arraigada en la familia y en la comunidad. Pocas reúnen las tres cosas. Estas virtudes no se reforzarán por sí solas. La ciencia puede quedar encerrada en sus instituciones; los emprendedores pueden marcharse; Catalunya puede atraer a gente brillante sin formar a la siguiente generación para continuar su trabajo. Buena parte de los obstáculos que separan estas cualidades está en nuestras manos.
Los catalanes no llevan bien los elogios. Bien. Dirijamos el inconformismo hacia las normas, las autorizaciones y los compartimentos cerrados que impiden que el conocimiento nos acabe siendo útil. Si despejamos esos caminos, Barcelona podrá afrontar esta transición de manera triunfal: tomándose la tecnología en serio, empeñada en seguir siendo obstinadamente humana.



