Mundos íntimos. Mi madre vivía agobiada por las tareas del hogar. Luego, sin ataduras, nos sorprendió con su goce de la libertad.

Cuando mi viejo consiguió trabajo estable, mamá dijo que era una bendición. También lo dijeron mi abuelo, Virgilio, y mi tía Dora, los dos posiblemente pensando en las boletas atrasadas y amenazas de corte de servicio que encontraban cuando venían de visita. Aunque “visitar” no sería la palabra exacta para describir la presencia, el peso sustancial que tenía la familia de mamá en las decisiones dentro de casa. Virgilio, hasta su muerte, y luego mi tía, llegaban y resolvían los huecos económicos y afectivos que encontraban. “¿Necesitás plata para pagar el agua?”, “¿Qué van a comer hoy?”, “¿Qué les falta a los chicos para la escuela?”. A mi vieja las preguntas la apabullaban y quizás, íntimamente, la ofendían, pero también eran su escudo ante una crianza poco compartida, como solía ser en la mayoría de las familias de mi pueblo durante los ochenta y noventa.

En medio de inflaciones e hiperinflaciones, Papá iba y venía, pero era más lo que iba. El magro sueldo de docente jubilada de mamá se evaporaba a comienzo de mes y el ingreso de la finca venía raleado por cada granizo que castigaba la viña. Entonces, mi viejo agarraba el auto y vendía vino de la cooperativa, yendo de pueblito en pueblito, por los límites que la cordillera permitía.

La imagen que guardo de mamá durante mi primera infancia es la de una mujer angustiada, corriendo con bolsas en las manos. Bolsas con verduras de la feria, bolsas con remedios para mis abuelos, bolsas con cuadernos para mis hermanos, bolsas con ropa para arreglar o lavar. Dejaba la llave del auto sobre la mesa, bien visible, porque en cualquier momento había que salir hacia algún lugar. En esos años un poco blureados en mi memoria, lo único contundente es mi mamá haciendo cosas, la casa llena de parientes y de amigos de mis hermanos, mi tía y mis abuelos alrededor, resolviendo. A mi viejo, en cambio, lo recuerdo como una figura fantasmal: saluda mientras sube a un avión o vuelve de un viaje con un perrito de peluche de regalo, o bien, me lleva como un bártulo a alguna reunión de café con los socios de la cooperativa o de la liga de fútbol. Todas imágenes fragmentadas.

Hasta que, un día, llegó el trabajo estable. En realidad, era un cargo que se renovaba anualmente por votación en una empresa, pero para nosotros, en el contexto de papá, era lo más parecido a un trabajo fijo. Mis viejos ya andaban por los cincuenta; mis hermanos, en los primeros años de la facultad y yo, en cuarto grado de la primaria. Como el laburo era en la capital de Mendoza, donde estudiaban mis hermanos, todo parecía indicar que, al fin, íbamos a vivir juntos con continuidad bajo un mismo techo, como las “familias normales”. Pero mi vieja dijo que no. Que ella se quedaba en su casa, en su pueblo, cerca de su familia. Que ella, así, estaba bien.

Recuerdos. Lauri Fernández, en brazos de su mamá cuando cumplía un año. Enciende la velita, su tía Dora, figura presente en la familia.

Nadie entendía un carajo. “Escuchame, ¿cómo no vas a ir a controlar a tu marido? ¡Mirá si se engancha con alguna loca de allá!”. “Cheee, pero ¿no vas a extrañar a tus hijos?”. “¿Y qué vas a hacer vos sola acá? Te vas a aburrir”. “Se van a divorciar, ¿no? Decime la verdad: se están divorciando”. Según el grado de confianza, si eran parientes o simples vecinos, mamá respondía con desinterés (“Si me quiere meter los cuernos, lo va a hacer igual, no importa adónde esté”), frialdad (“Los chicos ya son adultos”), o bien, los mandaba a la mierda (“Mirá, Elsa, ¿por qué no te metés tus opiniones por dónde no te pega el sol?”), pero nunca les daba explicaciones. Yo tampoco entendía mucho, la verdad, pero sabía que no convenía hacerle ese tipo de preguntas porque no tenía idea de cómo iba a reaccionar. En realidad, hasta que nos tocó vivir solas, yo no conocía mucho a mi vieja.

En ese mundo que empezamos a crear a trescientos kilómetros de mis hermanos y de mi papá, fuimos encontrando rutinas nuevas. Mi tía empezó a tener mucha más presencia, porque también ella había atravesado varios cambios en su vida después de la muerte de mis abuelos, de la jubilación a los cincuenta y cinco y de una enfermedad que casi la mata. Mi tía, sin hijos y con mucho tiempo, decidió malcriarme y, de alguna forma, también a mamá.

Arrancaron juntas talleres de cerámica, a los que iban casi todas las mañanas. Se engancharon a hacer yoga con una vecina nueva que era exótica: venía de Bariloche, no comía carne y hablaba de budismo. A las dos les dio un viraje religioso, alentado por un grupo de señoras mayores que eran un poco intensas con el tema de la Virgen, pero que yo apreciaba porque hacían alfajores ricos y me regalaban plata en los cumpleaños. El barrio se pobló más: se mudaron parejas jóvenes con chicos de mi edad y mi casa era la ideal para juntarse porque era enorme y podíamos hacer lo que queríamos. Esa nueva comunidad, empezó a llenar nuestras vidas.

Pero mamá también dejó crecer un mundo propio que, sutilmente, fue marcando el mío.

Lauri Fernández, ya adolescente, con el mismo “tándem”. La mamá (de azul) y la tía. En una época fue “malcriada” por las dos.

Desempolvó el caballete que tenía guardado en la despensa, en coma como su vocación, y lo instaló en medio del living. Y volvió a pintar, como me había contado que hacía antes de tenernos. Entonces, por las noches, después de que volvíamos de nuestras actividades, poníamos películas en el cable mientras ella pintaba o tejía, y yo hacía los deberes o dibujaba. Nos quedábamos hasta la madrugada así, siguiendo en paralelo un policial o un dramón subtitulado en la tele. No era solo un “ruido de fondo”: nos aprendíamos los nombres de los actores secundarios, discutíamos los giros de la trama, criticábamos el vestuario, conseguíamos la novela en la que se basaban. Mamá y yo nos convertimos en dos cinéfilas enfermas. Cuando mi hermana venía de visita, se nos sumaba a despuntar la pasión por el cine, tomando un cafecito.

Mamá también empezó a dormir más y a darle menos bolilla a “arreglarse”. Dejó vencer el poco maquillaje que tenía, mandó los tacos al fondo del placard, se compró joggings y zapatillas, se hizo un corte “a lo varón”. La mayoría de las veces, salía a barrer la vereda directamente con una bata arriba del camisón. Ya era una especie de chiste entre los vecinos: “¡Ay, Elba, vos siempre con las plumas puestas!”. Mi viejo protestaba los fines de semana cuando venía, pero también cambió eso: la importancia que le daba ella a sus críticas.

Por supuesto, no era el único que veía la transformación de mamá como algo problemático. Algunos parientes menos cercanos decían que era depresiva, que estaba en shock por la muerte de mis abuelos y por el desarraigo con sus hijos (en apariencia, yo no alcanzaba ese estatuto por ser un excedente cuasi-menopáusico en el esquema familiar). La machaca sobre la “rareza” y la “soledad” de mi madre no coincidía con lo que yo empezaba a conocer mejor sobre ella. Ahora, yo la miraba y no veía a la figura angustiada de mi primera infancia, tampoco esa nube que rodea a las personas cuando algo las ha dañado para siempre. Mamá, ahora, disfrutaba de hacer fiaca en la cama, o de comer chocolates en lugar de cenar, o de quedarse hasta tarde charlando con las señoras de la iglesia. Mamá, por primera vez en su vida, no tenía encima la mirada de sus padres, ni debía dar explicaciones a su marido, tampoco la corría la urgencia por trabajar o maternar. Mamá, finalmente, podía hacer lo que se le daba la gana.

Al llegar a sexto o séptimo grado, me dio la llave. El mensaje era clarísimo: ya era grande. Sabía cocinar y usar el lavarropa, sabía manejarme por la casa, pero ahora tenía que aprender a moverme sola en la calle. Lo que sí dijo, fue: “La perdés, y no te confío más nada”. Esa responsabilidad también era mi libertad. Fue uno de los mejores regalos que me dio mi vieja. Eso, y salir a bancar mi decisión, mientras los demás me decían que estaba loca por querer estudiar Artes en vez de una carrera “seria”.

Cuando fue mi turno de irme a Mendoza Capital para estudiar en la facultad y, a la vez, vivir con mi viejo y mi hermana, a mamá se le ocurrió el experimento social de venir conmigo, imagino que sabiendo que me iba a extrañar, más que por temor a mi capacidad de adaptarme a la nueva realidad. Fue una catástrofe. Ella se sentía asfixiada en el departamento, se aburría, entonces demandaba bastante la atención de ellos; ellos sentían coartada su libertad, me responsabilizaban, y un poco me odiaban, por “traer a mamá”; yo sentía que no los aguantaba más y me la pasaba en la calle. Una espiral desastrosa que solo se detuvo cuando desvalijaron a varios vecinos en el pueblo y mamá dijo, capaz creyéndose Clint Eastwood en un western: “Yo me vuelvo a la casa. Alguien la tiene que cuidar de los chorros”. Todos dijimos “Obvio, má”, respiramos hondo y acordamos tácitamente no volver a jugar a la casita nunca más.

Pasaron mil cosas desde entonces. Se mudó mi hermana, murió mi viejo, se casó mi hermano, nacieron mis sobrinos, me mudé, me volví a mudar, todos hicimos pareja y las deshicimos, se volvieron adolescentes mis sobrinos. A todos nos pasó el tiempo, también a mi tía y a mi vieja. Mamá ha seguido viviendo fervientemente bajo sus propias reglas, lo que persiste como un tema de discusión entre los hijos, de preocupación entre tíos y primos que salen al rescate, y también de machaca entre algunos ajenos que siempre están listos para opinar. A veces, uno cede, juega a desconocer a mamá, a pensar : “Capaz todo el mundo tiene razón, capaz podemos lograr que se adapte a la vejez”. Entonces, intentamos un nuevo experimento social. El último, cuando mi hermano fue a vivir con ella, para acompañarla, para estar también cerca de mi tía. Nos parecía una excelente idea.

Tiró la toalla a los tres meses. Nos llamaba indignado. Que mamá no le daba bolilla. Que se quedaba viendo tele hasta la madrugada. Que comía cosas dulces en vez de comida. Que le decía que la controlaba. Que, básicamente, mi vieja hacía lo de siempre: lo que se le daba la gana.

Lauri Fernández

Lauri Fernández es historietista, investigadora y profesora en Artes. Dibujó y escribió toda la vida, pero empezó a publicar de grande. Tiene gran experiencia en mudanzas y más arraigo a la gente que a las ciudades. Es miembro del ciclo de lecturas “Que Vuelvan Los Lentos”. Como autora integral ha publicado las novelas gráficas “Turba, memorias de Malvinas” (Hotel de las Ideas) y “El pozo” (Maten al Mensajero), entre otras. Este año publicará la novela gráfica “Lengua Materna”, con Astiberri en España y “Hotel de las Ideas en Argentina”; y una novela de terror con editorial La Crujía.

Bio completa

Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de Clarín

QUIERO RECIBIRLO

Newsletter Clarín

Redacción

Fuente: Leer artículo original

Desde Vive multimedio digital de comunicación y webs de ciudades claves de Argentina y el mundo; difundimos y potenciamos autores y otros medios indistintos de comunicación. Asimismo generamos nuestras propias creaciones e investigaciones periodísticas para el servicio de los lectores.

Sugerimos leer la fuente y ampliar con el link de arriba para acceder al origen de la nota.

 

Estudiaron si la inyección epidural para un parto sin dolor causa daño neurológico en los bebés: los resultados

La analgesia epidural -o peridural- se considera el método más eficaz para aliviar el dolor durante el parto, ya...

Cuáles son los números que ilusionan y obsesionan a los hinchas argentinos antes de la final contra España

“Para correr a los españoles, primero tuvimos que correr a los ingleses. La historia es cíclica y vamos a...

Grieta argentina en España ante la gran final del Mundial: residentes piden que se respete a los españoles

Con la ansiedad contenida, los argentinos que viven en España transitan las horas previas a la final del Mundial...
- Advertisement -spot_img

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí