El diagnóstico me golpeó sin anestesia. No sucedió en un consultorio ni después del informe de un laboratorio. Me lo escupieron en una farmacia donde me inocularon. No a través de una jeringa cargada con Penicilina G. Lo mío fue oral, como esas cucharadas de jarabe con sabor a marrubio que me metían de prepo por la boca para combatir los parásitos. Fueron cuatro palabras que entraron sin receta y me avisaron que ya no era joven.
Una empleada de la farmacia, mientras terminaba de atenderme, alzó la cabeza, como un granadero, y detrás del vidrio que nos separaba —de esos que quedaron después de los barbijos y la pandemia— me preguntó con naturalidad: “¿Tiene PAMI usted? ¿no?”. Ni dudó. Lo dijo como quien comenta si va a llover y con una vocecita que no se correspondía a su cuerpo. “¿Te parezco que ya estoy jubilado?”, le dije con una falsa sonrisa y le tiré mi edad: 62. Ella no respondió. Siguió su labor manual con el cúter para quitar el troquel de mi medicamento para la presión. Recuerdo incluso el ruido seco del cartón al desprenderse y cierto olor de alcohol medicinal que flotaba en el local, entre góndolas bajas con productos de perfumería y cremas para cuidarse la piel. Afuera, el otoño amarillo de Merlo y la fila de clientes que avanzaba lento.
Hay otras filas. Las que veo desde hace años afuera del banco, innecesariamente temprano para el trámite, pero necesarias para hablar con el otro. Parlotean de la próstata en voz baja. Repiten “¿cómo?” en medio de una conversación porque las palabras no les llegan limpias. Siempre los vi desde afuera. Esa mañana boticaria entendí que faltaban años para jubilarme, mi historia laboral estaba inconclusa, y ya me estaba pareciendo a ellos. A los que les ofrecen ciertos cuidados. Ciertas recomendaciones. Los descuentos especiales hasta en la comida. Le levantan la voz para hablarle, convencidos de que la fragilidad auditiva ya vive en uno, aunque no sea así. Uno empieza a pertenecer a ese grupo sin que nadie le avise. Sin trámite y sin turno previo. Sin documento que lo certifique.
Para alguien que vive de las palabras —por el periodismo o por la literatura— cuatro palabras tienen otro precio. No están en oferta. No es un dos por uno. Empecé a revisar mi propia enciclopedia ilustrada del “sector pasivo”, como llaman los periodistas a los jubilados. Tiene varias entradas. “Ya estamos grandes”, para justificar la parsimonia o el no hacer. “Hay que saber retirarse”, dicha siempre con una elegancia que no convence a nadie. “Para la edad que tenés”, que es un elogio y una condena al mismo tiempo. Entre todas, la más taquillera para resumir los padecimientos cotidianos de ya no ser joven es una sola: “El médico dice que es la edad”.
“Tenés la rodilla derecha siempre en flexión”, me dice el kinesiólogo en una revisión de rutina. Tiene unos treinta y pico. La mitad de los míos. Igual carga más años. Me cuenta que se reúne con sus amigos una vez al mes y que vienen juntos desde el jardín. Y que, entre charla y charla, uno dijo que “ya estaba viejo”. La señal fue contundente: pelos en la oreja. Lo escucho, mientras suenan mis huesos. La sesión termina y me lanza la frase optimista: “Estás bárbaro ¿Cómo hacés?”.
“Las personas no envejecen por el documento”, escribí un día en una libreta donde anoto ideas para relatos, cuentos y palabras que jamás deberían usarse en una buena narrativa. “Malas palabras”, que no son insultos pero que envejecen mal. Dirijo un medio digital en Merlo desde hace quince años y nunca permito que un periodista escriba “anciano” o “sexagenario”, por ejemplo. Horrible su uso. Lo de “adultos mayores” está sobrevalorado, aunque es lo menos malo. ¿En qué categoría entro? En la única que concibo para pelear el paso del tiempo: trabajar. Más que a los treinta o los cuarenta. Eso le dije al kinesiólogo cuando quiso saber cómo me mantenía. Le expliqué mi receta básica: “la zanahoria delante”. Me mostró dos ejercicios para mis rodillas. Yo camino, él corre. Mucho y bien. Cuando le pregunté cómo aguantaba el ritmo después de tantos años me confesó que también estaba cansado. Lo miré. Treinta y pico. La zanahoria funciona hasta cierta distancia. Después el cuerpo se mueve por su cuenta.

Hace un tiempo fui a merendar con una mujer bastante menor que yo. Un café de especialidad. En unos estantes libros de cocina y de poetas locales. Afuera, un paisaje rural. La moza nos observó apenas unos segundos antes de preguntarle a ella: “¿Tu papá va a querer algo más?”. Lo dijo con el mismo tono y la misma certeza que la chica de la farmacia. Todavía hoy no sé cuál de los dos quedó más incómodo. Ella se rio primero para después responder con cortesía y firmeza: “Es mi compañero”. Recuerdo que durante unos segundos me dediqué a jugar con una azucarera de las de antes. Esas con tapa y cucharita de madera. Me callé. Elegí de la carta un submarino de merienda, que es algo que piden los niños o los jóvenes. Lo curioso: no me dolió tanto la confusión como la naturalidad con que ocurrió.

Internet empezó a delatarme. Antes me aparecían publicidades de viajes, zapatillas o libros. Ahora el algoritmo me ofrece planes para jubilados, suplementos para las articulaciones y promociones de audífonos. El mundo digital también huele la edad. Y su velocidad a veces me deja atrás. Lo noto cuando le pido ayuda a alguien más joven para resolver algo mínimo en el teléfono y antes de que termine de explicarme ya lo resolvió él. La lentitud tiene mala prensa. Yo me crie en redacciones con impresoras Minerva y olor a plomo, vi escupir páginas de diarios en offset y tipeé mi primera novela en una máquina de escribir. Antes había copiado mis primeras palabras renglón por renglón, con guardapolvo gris y corbata roja. Después con mameluco azul aprendí a dibujar letras técnicas. Para mí la velocidad siempre fue otra cosa. Hasta los muertos parecen molestar el ritmo de los vivos. Se los vela pocas horas, se los despide de apuro y enseguida alguien mira el teléfono. A veces pienso que terminaremos enterrando gente con la misma velocidad con que ahora se escuchan los audios: al doble. Aunque en ciertos velorios rurales el muerto todavía les pertenece a todos y no solamente a la familia.
Las rodillas me hablan cuando baja la temperatura o después de una caminata larga. Hace años que camino. Hago gimnasio. Corrección postural. Me esfuerzo por mantener el cuerpo despierto, flexible y dispuesto. A veces, mientras subo una pendiente, me descubro negociando con él en silencio. La recuperación se demora. El cansancio llega antes. Termino una serie, me quedo quieto unos segundos y el cuerpo tarda un momento antes de seguir. Es un paréntesis pequeño pero elocuente. No es dolor. Es demora. Y en esa demora está escrita mi edad real, con más precisión que en cualquier documento.
Gabriel García Márquez escribió que un hombre sabe que empieza a envejecer cuando empieza a parecerse a su padre. Florentino Ariza, en “El amor en los tiempos del cólera”, lo descubrió peinándose frente a un espejo. Yo lo descubrí tirado en una colchoneta. Lo del colombiano tenía más glamour. Y, entre el sudor, empecé a pensar en la muerte como algo posible. Antes era una idea literaria. Algo que les ocurría a mis personajes o a los otros. Ahora me sorprende en pensamientos mínimos, mientras preparo café o tiendo la cama. Me pregunto en qué lugar sería digno morir. Qué harán con mi cuerpo. Si terminaré bajo tierra, reducido a cenizas o desparramado sobre algún paisaje querido. Son pensamientos que llegan sin dramatismo, como una radio encendida en otra habitación. Las sierras, por ejemplo. Algún lugar con piedra y viento y poca gente.
Lo que me aterra no es la muerte. Es otra cosa: que un día se corte algo en el cerebro y yo deje de reconocer el mundo. O a mí mismo. Hay una línea materna en mi familia donde la memoria se fue apagando de a poco, como una lámpara que titila antes de extinguirse. Vi esos ojos perdidos. Vi personas quedarse mirando una pared sin saber quiénes eran los que tenían enfrente. Vi a mi propia madre verme sin ver. Y desde entonces vivo atento a mis olvidos. A los más sutiles; los más riesgosos. Cada libro leído y cada texto terminado es como mantener encendida alguna parte de ese cerebro, del cual empecé a desconfiar.
Desde la pandemia convivo con un pitido constante en los oídos. Me nació una noche y supuse —mal supuse— que era pasajero. No fue así. Otorrinos, neurólogos, médicos generalistas. Todos coincidieron: no hay cura. Nunca más supe qué es el silencio total. “Con los años te vas a acostumbrar”, me dijo mi médico cuando me hizo tirar las cajas de pastillas para estimular el cerebro. Si no te agarran en los tres primeros días, fuiste. Hay días en que apenas lo noto y otros en que parece el ruido de una vieja televisión mal apagada. Y acá estoy, acostumbrándome a los años.
A veces pienso que envejecer es exactamente eso: el cuerpo empieza a emitir señales propias. Crujidos. Dolores. Silbidos raros. Demoras. Y sin embargo uno se enamora. Hace planes. Compra libros. Se ilusiona con viajes. Discute. Desea. El cuerpo avanza hacia un lado mientras algo interior insiste en quedarse un poco más atrás. Y en ese tire y afloje se van los días. Se caen las hojas de los almanaques. Me crie con esos de taco que al dorso traían el santoral. Ahora el tiempo pasa sin hojas y sin santos. Y uno apenas lo nota.
Hace poco volví a pasar por aquella farmacia. Me había jubilado hacía unos meses. El trámite lo inicié el mismo día que cumplí 65, turno previo en el ANSES, bien temprano. La empleada con porte de granadero no estaba. El vidrio seguía ahí, divisiones entre personas que llegaron para quedarse. Me acerqué a otra empleada. Una que conocía del gimnasio. Me sonrió. Pedí el medicamento. “Por PAMI”, le aclaré, y le mostré la credencial en el celular. Me miró un momento. “Pensé que todavía te faltaba para jubilarte. Te ves bien”.

