Antonio Grimau murió a los 82 años, pero algunas de sus palabras cobran ahora una dimensión distinta. En abril de 2026, cuando todavía ensayaba una nueva obra con Betiana Blum y acababa de recibir el premio Shakespeare, el actor abrió las puertas de su casa a Clarín y repasó una vida atravesada por el amor al teatro, la popularidad, las pérdidas familiares y la necesidad de encontrar siempre un motivo para seguir adelante.
En aquella conversación, publicada meses antes de su muerte, Grimau habló de sus comienzos, recordó a su hijo Lucas, fallecido en 2010, y explicó por qué la actuación había sido mucho más que una profesión. “Eso me salvó la vida”, dijo al evocar el momento en que, con apenas 16 años, descubrió el mundo teatral gracias a un aviso publicado en este diario.
Su última entrevista publicada por Clarín fue también una oportunidad para conocer al hombre detrás del galán de las telenovelas: alguien que había aprendido a convivir con dolores irreparables, que se sentía agradecido por el cariño del público y que todavía encontraba en el escenario una razón para vivir.
“El teatro siempre está volviendo a rescatarme”
Cuando recibió a Clarín, Grimau atravesaba un momento de reconocimiento profesional. Acababa de recibir el premio Shakespeare de la Fundación Romeo, en la Embajada Británica, por su aporte al teatro, el cine y las artes, y se preparaba para estrenar El diario de Adán y Eva, de Mark Twain, junto a Betiana Blum, con dirección de Juan Pablo Ragonese.
El actor se mostró orgulloso de compartir aquella distinción con figuras internacionales y grandes nombres de la escena argentina. Pero el reconocimiento no le hacía perder de vista lo que consideraba esencial: el trabajo cotidiano, el aprendizaje y la posibilidad de seguir explorando su oficio.
A lo largo de la entrevista, recordó que su llegada a la actuación había ocurrido casi por azar. Antes de encontrar el teatro, era un adolescente sin demasiados objetivos, que había dejado los estudios y no sabía qué camino seguir. La publicación de un aviso en Clarín que convocaba actores para una obra de Bertolt Brecht lo llevó hasta el Teatro Charles Chaplin, en Almagro.
“Antes del aviso era un pibe que no tenía objetivos, había decidido no seguir estudiando después del secundario, que tampoco terminé, y estaba sin horizontes”, contó.

Y enseguida explicó qué encontró al cruzar aquella puerta: “Y de pronto se me abrió un mundo impensado, yo no sabía qué iba a encontrar ni qué iba a buscar tampoco. Y me encontré con el teatro, el acceso a la música clásica, a los libros, a la cultura. Eso me salvó la vida”.
En el Charles Chaplin permaneció cuatro años. Después llegaron las obras, la televisión, el cine y una carrera que atravesó más de seis décadas. Sin embargo, para Grimau, el escenario nunca perdió su lugar central.
El dolor por la muerte de su hijo Lucas
Uno de los pasajes más íntimos de la entrevista fue el que dedicó a Lucas Rebolini, su hijo mayor, quien murió en 2010 a los 36 años. Grimau habló de esa pérdida sin esquivar el dolor y describió la marca que dejó en su vida.
Cuando le preguntaron si aquel duelo permanecía en su corazón, a pesar de los afectos, el trabajo y la llegada de sus nietas, respondió: “Es cierto. De todos modos, como bien decís, son dolores irreparables, marcas tremendas que te deja la vida. Hice terapia durante seis años y fue algo muy importante”.
El actor aclaró que había comenzado terapia mucho antes de la muerte de Lucas, por recomendación de Juan Carlos Gené, uno de sus maestros. Durante aquellas sesiones pudo hablar de otras pérdidas que lo habían marcado desde chico: entre los 12 y los 13 años, en un período de siete meses, murieron sus padres y su hermana mayor, Erlinda.
En una de aquellas conversaciones, recordó, su terapeuta le dijo una frase que quedó grabada en su memoria: “Antonio, es un hueco que no lo puede llenar ningún otro afecto, va a quedar vacío de por vida”.

Grimau encontró en esas palabras una explicación para un dolor que no había desaparecido con el tiempo. “Y esto es lo que siento con respecto a Lucas, no hay manera de compensarlo, me acompañará, como me acompaña, hasta la muerte”, expresaba.
También se había referido a la dificultad de acompañar a otras personas que atraviesan una pérdida semejante. Para él, no existen fórmulas ni respuestas universales: “La experiencia de uno es intransferible y la mayor ayuda que se puede ofrecer es el apoyo moral y espiritual, acompañarlo en el momento, no mucho más”.
El actor que aprendió a convivir con las pérdidas
La muerte de Lucas no fue el único dolor profundo que Grimau enfrentó a lo largo de su vida. Al recordar la pérdida de sus padres y de su hermana durante la adolescencia, reconoció que recién años después pudo comprender la dimensión de aquellas heridas.
En la entrevista, explicó que no volvió a hacer terapia específicamente por la muerte de su hijo. Había encontrado otra forma de sostenerse, ligada directamente con su vocación y con el vínculo que construyó con el público.
“Creo que la terapia fue seguir actuando y el afecto de la gente”, dijo. Y completó: “Por eso hablo del teatro como salvador, siempre está volviendo a rescatarme de las cosas tan lastimeras que a veces tiene la vida”.
Aquella declaración sintetizaba una historia personal y profesional en la que el trabajo no había sido solamente un medio de vida, sino también una forma de atravesar las ausencias y seguir adelante sin negar el dolor.
En la charla, Grimau también volvió sobre su identidad y el origen del apellido artístico con el que alcanzó la popularidad. Su nombre real era Antonio Rebolini, un dato que solía sorprender a quienes lo conocían exclusivamente por sus personajes.
“¡Soy Rebolini! Y a mucha honra. Rebolini con b larga y l”, aclaró con humor.
El apellido Grimau nació durante sus primeros años en el teatro. En el Charles Chaplin se escuchaban canciones de la Guerra Civil Española, entre ellas una dedicada a Julián Grimau, el dirigente político fusilado durante la dictadura franquista. El actor recordó que el nombre le quedó resonando y terminó convirtiéndose en su identidad artística.
La popularidad llegaría especialmente con la televisión. Trampa para un soñador lo convirtió en uno de los galanes más reconocidos de su generación y abrió una etapa de éxito que se extendió durante décadas. Con Cristina Alberó hizo también giras teatrales por distintas ciudades de Estados Unidos, una experiencia que recordó como una sucesión de encuentros y anécdotas inesperadas.
Aun así, se mostraba algo incómodo con la idealización que suele acompañar a la fama. “No reniego de esas cosas que pasaron y fueron bienvenidas, pero siento que depositan en uno algo que uno no es”, explicó sobre la intensidad con que algunas personas lo recibían.

También evocó su admiración por Sandro, a quien descubrió cuando era adolescente y vendía gaseosas en las tribunas de Nueva Chicago. Años después tuvo la oportunidad de conocerlo y, finalmente, de interpretarlo en Sandro de América, la serie biográfica sobre el cantante.
“¡Fue extraordinario! Nunca había estado en ese escenario y pulsar lo que en algún momento él pulsó y disfrutó fue algo muy conmovedor. Realmente no tengo palabras para expresar todo lo que significó interpretar a Roberto”, contó sobre la experiencia de subir al escenario del Gran Rex con la bata roja asociada al ídolo.
La entrevista también dejó espacio para su intimidad. Grimau habló de sus vínculos, de su relación con Leonor Manso, madre de su hijo Lucas, y del respeto que ambos conservaron después de separarse. Recordó con humor que algunas personas se sorprendían al verlos abrazarse en los estrenos, sin entender la buena relación que mantenían.
“Fuimos grandes compañeros aún después de separados, eso nos causaba mucha gracia”, contó. Y destacó que entre ellos “nunca se perdió el respeto ni la admiración del uno por el otro”.
En abril, el actor también reveló que estaba en pareja y que sentía que aquella relación podía ser definitiva. “En realidad intento estar bien acompañado, pero creo que esta compañía es la definitiva”, había dicho.
A los 82 años, mientras se preparaba para volver al escenario con El diario de Adán y Eva, Grimau seguía hablando de sus proyectos con entusiasmo. Había interpretado personajes clásicos, encarnado a uno de los grandes ídolos de la música popular y construido una trayectoria extensa sin abandonar su primer amor.
Hacia el final de aquella charla que brindó en mayo pasado, cuando le preguntaron si actuaría por siempre, respondió con una frase que hoy queda como un retrato de su compromiso con el oficio: “¡Sí! Aunque sea haciendo un monólogo y yo solo, pero ahí voy a estar, feliz y en paz”.

