Nacho Bañeras, filósofo: “Cuando nos culpabilizamos en exceso o adoptamos una posición de victimización, podemos estar aumentando innecesariamente el sufrimiento”

No todo sufrimiento puede resolverse, ni todo conflicto necesita ser eliminado. A veces, lo que necesitamos no es encontrar inmediatamente una solución, sino detenernos, comprender qué nos sucede y aprender a convivir de otra manera con aquello que forma parte inevitable de la vida. Así lo sostiene Nacho Bañeras, Doctor en Filosofía, licenciado también en Derecho y coordinador de la plataforma Cura Sui, en su último libro Médicos del alma (Kairós), donde reivindica una filosofía alejada de la torre de marfil académica y vinculada de nuevo a las preocupaciones cotidianas.

Frente a una cultura que tiende a medicalizar o psicologizar buena parte del malestar, Bañeras propone recuperar la reflexión filosófica como forma de acompañamiento, autoconocimiento y cuidado de uno mismo. En conversación con La Vanguardia, el filósofo reflexiona sobre el dolor, la felicidad, la autoayuda, las relaciones de pareja y la posibilidad de aprender a vivir también con aquello que no podemos reparar.

El título de su último libro, Médicos del alma, recupera una expresión de Nietzsche. ¿Qué significa para usted esa idea y por qué la ha elegido?

Cuando Nietzsche dice que “se necesitan médicos del alma”, se refiere a la necesidad de contar con acompañantes que nos ayuden a reflexionar sobre aquello que nos sucede a lo largo de la vida. Es también una reivindicación de una filosofía más cercana a lo cotidiano. Durante mucho tiempo la filosofía ha quedado muy encerrada en el ámbito académico y racional, pero nuestra vida está llena de cuestiones filosóficas: qué decisiones tomamos, cómo afrontamos un conflicto, qué sentido damos a nuestra vida, cómo convivimos con la enfermedad o con la muerte. Son cuestiones que hoy suele abordar la psicología, pero que tienen también una dimensión profundamente filosófica.

¿Por qué cree que, ante experiencias como el dolor, la tristeza o la soledad, las personas no suelen recurrir a la filosofía?

Hay una responsabilidad de la propia filosofía, que en los últimos siglos se ha ido colocando en una especie de torre de marfil y ha menospreciado esa función de acompañamiento. Pero también vivimos en una sociedad cada vez más técnica, que necesita protocolos, diagnósticos y tratamientos para prácticamente todo. Eso hace que incluso cuestiones relacionadas con nuestra manera de estar en el mundo quieran abordarse desde una lógica exclusivamente técnica o científica. Y ahí podemos perder la calidez, la reflexión o la aceptación de que la vida comporta inevitablemente cierto dolor. No todo malestar es una enfermedad. A veces necesitamos detenernos, pensar sobre lo que nos está sucediendo y comprender de qué manera esa experiencia puede transformarnos o formar parte de nuestro proceso de maduración. Además, la aceleración y la exigencia de productividad tampoco facilitan que nos ocupemos con calma de aquello que nos pasa.

¿Qué diferencia hay entre la autoayuda y el acompañamiento filosófico que usted propone?

Una de las diferencias es que la autoayuda tiende, en ocasiones, a blanquear la dimensión dolorosa de la vida. Utiliza un lenguaje excesivamente positivo y puede olvidar que existen sufrimientos que no pueden eliminarse ni solucionarse por completo. También suele simplificar la experiencia humana y proponer recorridos cerrados, como si todas las personas pudieran seguir el mismo camino. Desde la filosofía parto de lo contrario: cada persona tiene una historia, una cultura, unas experiencias y un punto de partida diferentes. Podemos inspirarnos en la filosofía, la psicología o incluso en la autoayuda, pero cada persona necesita construir sus propias respuestas. Y hay otra cuestión importante: a veces la autoayuda responsabiliza completamente al individuo de su malestar y deja fuera la dimensión social. El capitalismo, la aceleración o determinadas dinámicas laborales también generan sufrimiento. Si ignoramos eso, podemos acabar creyendo que somos culpables por no alcanzar una serenidad o una felicidad permanentes.

¿El problema está precisamente en haber convertido la felicidad, la serenidad o la paz interior en estados que deberíamos alcanzar de forma permanente? Foto: Curasui.es

¿El problema está precisamente en haber convertido la felicidad, la serenidad o la paz interior en estados que deberíamos alcanzar de forma permanente?

Creo que lo problemático es pensar que podemos alcanzar un estado definitivo en el que ya no exista ningún vacío, conflicto o inestabilidad. Ese ideal recibe diferentes nombres: felicidad, paz, serenidad, iluminación, sabiduría… Cada tradición lo ha denominado de una forma distinta. Pero como seres humanos nos pasan constantemente cosas. No existe un punto a partir del cual podamos decir: “A partir de ahora estaré satisfecho para siempre y ya no volveré a tener conflictos internos”. La vida es cambio, movimiento e inestabilidad. Eso no significa que no podamos vivir momentos de satisfacción, tranquilidad o alegría. Por supuesto que podemos. El problema aparece cuando convertimos esos estados en una obligación permanente y creemos que, si dejamos de sentirlos, hemos fracasado.

Si el sufrimiento es inevitable en determinados momentos de la vida, ¿qué margen tenemos para relacionarnos de otra manera con él?

Lo primero sería reconocer que forma parte de la vida y no intentar ocultarlo. Hay sufrimientos inevitables: la muerte de una persona cercana, una enfermedad, un despido o determinadas pérdidas. Son situaciones que muchas veces no dependen de nosotros. Lo que sí podemos trabajar es la interpretación que hacemos de aquello que nos ocurre. Ahí existe cierto margen de libertad. Podemos preguntarnos cómo convivimos con una pérdida, cómo afrontamos la frustración o desde qué creencias y valores estamos interpretando nuestra situación. A veces descubrimos que algunas interpretaciones aumentan innecesariamente nuestro sufrimiento. Podemos pensar que algo es una desgracia absoluta, culpabilizarnos excesivamente o adoptar una posición de victimización. El acompañamiento filosófico permite revisar esas interpretaciones y preguntarnos si realmente nos ayudan a relacionarnos mejor con lo que estamos viviendo.

Habla de responsabilidad individual, pero también de factores sociales. ¿Hasta qué punto el malestar que sentimos nace de nosotros y hasta qué punto responde al contexto en el que vivimos?

Es muy difícil establecer una frontera clara porque ambas dimensiones están profundamente entrelazadas. Yo parto de la idea de que somos el resultado de las relaciones y experiencias que vamos teniendo a lo largo de nuestra vida. Por eso resulta complicado determinar qué parte de nuestro malestar es exclusivamente nuestra y qué parte procede del contexto social. Necesitamos pensamiento crítico para comprender cómo determinadas estructuras sociales nos condicionan, cómo funcionan y de qué manera pueden generar alienación o sufrimiento. Pero también necesitamos autoconocimiento para ocuparnos de nuestra propia interpretación de lo que nos sucede. No podemos cambiarlo todo externamente, pero tampoco podemos reducir todo el malestar a una responsabilidad individual. Son dos dimensiones que debemos pensar conjuntamente.

Dice que todos llevamos dentro un Quirón. ¿Qué representa esta figura y qué simboliza en nuestra experiencia?

Quirón es un centauro de la mitología griega que recibe una herida incurable. Yo lo tomo como una figura de inspiración porque creo que los seres humanos también vamos acumulando heridas a lo largo de nuestra vida y algunas pueden curarse, pero otras permanecen. Hablo de heridas metafóricas: sentirse poco querido, experimentar determinadas ausencias o convivir con una insatisfacción profunda. Quirón tiene que preguntarse qué hace con esa herida que no puede sanar y cómo aprende a convivir con ella. Precisamente a partir de su propia herida desarrolla el arte de la medicina y del acompañamiento. Eso me parece especialmente interesante: que una herida pueda convertirse también en una fuente de conocimiento y sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Su historia plantea una cuestión muy humana: qué hacemos con aquello que no podemos reparar completamente.

Esa necesidad de convivir con lo que no podemos cambiar aparece también en las relaciones. ¿Qué puede aportar la filosofía a la vida en pareja?

Una pareja puede entenderse filosóficamente como el encuentro entre dos cosmovisiones, dos formas diferentes de interpretar el mundo y vivir en él. Por eso el conflicto no es necesariamente algo anormal; forma parte de la relación. Una persona puede querer aprovechar todos los fines de semana para hacer actividades y la otra preferir quedarse tranquilamente en casa. Detrás de esa diferencia existen dos formas de entender el tiempo, el descanso o incluso la vida. La cuestión es cómo convivimos con esas diferencias, cómo encontramos acuerdos y cómo aprendemos a reconocer desde qué ideas estamos interpretando cada situación. La filosofía puede ayudar mucho precisamente a través del diálogo y de esa capacidad de preguntarnos desde dónde estamos hablando. Si individualmente ya somos contradictorios, en una relación esas contradicciones todavía se hacen más visibles.

Frente a la búsqueda constante de la felicidad, usted reivindica más bien la idea de madurez. ¿Qué significa ser una persona madura?

Para mí, la madurez tiene que ver, en primer lugar, con aprender a no tomarnos tan en serio. Con la experiencia vamos entendiendo que nuestra idea de nosotros mismos no necesita permanecer siempre intacta. No tenemos que demostrarnos constantemente algo ni demostrarlo continuamente a los demás, y eso genera cierto sosiego. La madurez también consiste en desarrollar la capacidad de sostener aquello que nos ocurre sin huir ni intentar blanquearlo. Poder disfrutar de los momentos de alegría y tranquilidad, pero también permanecer junto a los momentos dolorosos y comprender que ambos forman parte de la vida. Lo asociaría a vivir con mayor plenitud aquello que nos sucede y mantener una actitud de aprendiz: observar cómo reaccionamos, cómo nos colocamos ante las experiencias y qué podemos aprender de ellas.

Cuando habla de recuperar la filosofía para “curar el alma”, ¿cómo sería llevar esa filosofía a la práctica en nuestra vida cotidiana?

Reivindico una filosofía diferente de la que solemos imaginar cuando pensamos exclusivamente en discursos, teorías o conceptos académicos. Me interesa entender la filosofía también como una sensibilidad. Eso significa aprender a reconocer qué me está pasando, ser consciente de ello y ocuparme de mí mismo. Y también recuperar el cuerpo, porque durante mucho tiempo la filosofía se ha olvidado de él. Cómo respiramos, cómo sentimos o cómo habitamos nuestro cuerpo también forma parte, para mí, de una vida filosófica. No se trata únicamente de pensar sobre la vida desde fuera, sino de utilizar la reflexión para aprender a relacionarnos de otra manera con aquello que vivimos.

Anna Calpe

Redacción

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