La Argentina es un país extraordinario. No conseguimos ponernos de acuerdo sobre qué debemos exportar, cómo generar divisas, qué modelo de desarrollo necesitamos o cuánto Estado es demasiado Estado. Discutimos recurrentemente sobre cuándo comenzó nuestra decadencia. Discutimos el campo, la industria y ahora Vaca Muerta. Pero cuando juega la selección en un Mundial y, en estos últimos años, cuando juega Messi, las diferencias se suspenden.
La reciente circulación de una noticia falsa sobre la muerte del padre de Messi dejó al descubierto hasta qué punto el capitán argentino ocupa un lugar singular en nuestro imaginario colectivo. La preocupación inicial por el impacto personal que semejante pérdida tendría sobre cualquier ser humano derivó rápidamente en otra inquietud: cómo podría afectar su estado anímico y, en consecuencia, su rendimiento dentro de la cancha. La secuencia resulta reveladora ya que Messi es para millones de argentinos un símbolo sobre el que se proyectan expectativas y una parte importante de la identidad colectiva.
También resultó llamativa la velocidad con la que la autora de la falsa información fue objeto de un repudio masivo. La indignación colectiva no se limitó a cuestionar la difusión de una mentira. Parecía existir además la sensación de que se había cruzado una frontera moral al involucrar a una figura que muchos consideran parte del patrimonio emocional del país.
No es casual. Desde hace décadas las selecciones nacionales funcionan como escenarios donde las naciones representan, de manera pacífica, rivalidades que en otros tiempos se resolvían por medios mucho más violentos. Donde antes chocaban los ejércitos, hoy compiten equipos de fútbol y los relatores despliegan un vocabulario cargado de referencias bélicas para describir los partidos. Los hinchas participan emocionalmente de esa contienda simbólica porque sienten que esos jugadores representan a una comunidad entera.
El fútbol tiene además una capacidad singular para mezclar planos que, racionalmente, poco tienen que ver entre sí. Un triunfo deportivo puede terminar vinculándose con viejas disputas geopolíticas o heridas históricas El Argentina-Inglaterra posterior a la guerra de Malvinas es quizás el ejemplo más evidente para nosotros, mientras que, por ejemplo, los enfrentamientos entre selecciones o clubes de las antiguas repúblicas yugoslavas suelen reavivar conflictos que exceden largamente el deporte. En nuestro caso, cada partido importante vuelve a despertar una épica nacional que difícilmente emergería en otros ámbitos de la vida pública. Hay algo de chauvinismo en esa confusión, pero también una necesidad humana de encontrar símbolos compartidos y relatos comunes. Bartolomé Mitre y los hombres de la Generación del 80, empeñados en construir una identidad nacional, probablemente estarían orgullosos.
No recuerdo dónde leí a Paul Auster que decía que «los europeos encontraron una forma de odiarse sin matarse entre ellos. Este milagro se llama fútbol». A medida que los clubes se vuelven cada vez más cosmopolitas y globalizados, las selecciones nacionales ocupan un lugar singular como depositarias de identidades colectivas.
Pero el fenómeno es más grande que Messi. Antes de él existieron otros ídolos y después llegarán nuevos. Las naciones viven principalmente de relatos y emociones compartidas. En un país que discute casi todo, la selección nacional sigue siendo uno de los pocos espacios donde millones de argentinos logran reconocerse como parte de una misma comunidad. Y Messi, acaso el más perfecto de sus símbolos, nos recuerda que todavía existe algo que compartimos.





