Como un tótem en lo alto del médano, la mole cilíndrica suspendida parece a punto de caer. Intrigante a la distancia, de cerca revela algunas pistas de su composición: un magma fundido de todas las sillas plásticas, las botellas y las palitas, pero también de las fogatas apagadas al amanecer en la playa. Los despojos del verano en Pinamar.
Una figura que ya había aparecido en dibujos de Matías Duville adquiere ahora volumen y una narrativa, y se convierte en una de las seis piezas de arte público que conforman la Temporada 1 de Pinamar Contemporáneo, la plataforma que invita a artistas a crear desde y para la ciudad. Y que desde el miércoles 4 de noviembre está abierta al público hasta que regrese el frío en abril.

“Reunimos seis miradas heterogéneas porque nos interesaba plasmar diferentes maneras de habitar el paisaje. Y si bien cada obra posee una poética y una cosmovisión propia, el conjunto constituye una sólida y coherente exposición a cielo abierto”, define Andrés Duprat, director artístico.
«Cuando comenzamos a discutir la idea de que no solamente la ciudad se convirtiera en un escenario para las nuevas obras sino que las nuevas obras trajeran una mirada sobre diferentes lugares de la ciudad», explica el colombiano José Roca, curador invitado de Pinamar Contemporáneo. En lugar de construir un jardín de esculturas, la decisión fue diseminar las obras por la traza urbana.

“Pensamos en artistas que tienen una trayectoria en hacer trabajos en el espacio público pero de diferentes medios, no solamente de escultura sino otro tipo de piezas que involucran la experiencia del bosque y así se fue conformando la lista”, completa Roca, confirmado curador de la próxima Bienal de Ljubljana, a inaugurarse en junio de 2027 en Eslovenia, donde el argentino Eduardo Basualdo será uno de los 30 artistas invitados.
En su debut, Pinamar Contemporáneo delimitó un mapa para recorrer las seis obras distribuidas por la ciudad en un recorrido. Se trata de piezas todas creadas especialmente para sitio de la mexicana Tania Candiani, la colombiana María Elvira Escallón –ambas en el bosque de pinos tan característico–, y del filipino Leeroy New en dos puntos del centro.

Se suma Cruz del sur, un monumento de escala humana de Eduardo Basualdo, ganador del 2° Premio Pinamar, organizado junto a la Fundación arteba. Emplazado en una rotonda en la zona residencial, el muro de hormigón con una gran masa esférica sobre el dintel, se quedará de forma permanente allí cerca del nuevo barrio Bosques, en el norte pinamarense.
A 50 años de su primera exposición en el Instituto Di Tella, el famoso Nido de hornero de Marta Minujín –parte de Comunicando con tierra (1976)–, se instaló en la vereda del Playas Hotel, el histórico hotel familiar de los pioneros Shaw, que gestionan Pinamar S.A., impulsora de este proyecto. La obra-homenaje a la artista vanguardista se reconstruyó con materiales aptos para la intemperie y se quedará allí también de forma permanente.
El susurro mental del mar
Errante, tal como Duville llamó a su pieza, comparte el misterio ominoso de sus obras. Los elementos rodantes que aparecen en sus dibujos, y se vieron incluso en Monitor Yin Yang, la instalación que el artista creó para el pabellón argentino en la Bienal Internacional de Venecia, en este caso recogen como un viento huracanado parte del paisaje boscoso en un caos que –asegura–, se asemeja a lo que pasa con el pensamiento.

“El circuito cerró cuando vi este lugar, que invita al espectador a participar, lo involucra”, dijo Duville durante una de las varias recorridas, en un fin de semana en que el sol hizo florecer todas las suculentas que crecen sobre la arena.
Un tronco ubicado estratégicamente en la meseta que forma la duna a esa altura lo transforma en “un lugar para hanguear”, es decir, para pasar el rato y quizás de noche con una fogata como las que arrasó en su rodar por las playas. Como todos los artistas, viajó a la ciudad invitado por los curadores a incursionar en el espíritu local para después concretar su proyecto.
Criado en Mar del Plata, Duville advirtió en el terreno que Errante es su primera obra instalada en la línea del Atlántico. “El océano, vivir en la costa, es algo muy presente a nivel experiencial: el misterio del fondo del mar tiene analogías con el misterio de la mente, y las obras salen de ese lugar híbrido”, detalla el artista lo que el curador José Roca llamó “una mirada inconsciente del paisaje”.

También sobre la playa, el filipino Leeroy New –ausente por una una inauguración simultánea en Japón–, tomó el color de los tubos pasacables, precintos y bidones de agua para construir una pérgola sobre una de las pasarelas del centro. Como arrecifes de coral, sobre una estructura de cañas con luces para las noches, la instalación aporta un sesgo lúdico a los mensajes moralistas del ecologismo.
Poesía en el bosque
El caminar ondulante en el suelo con 20 cm de pinocha crea un clima de procesión, que se intensifica con el silencio que Tania Candiani pide a los visitantes. “Elegimos este lugar y el lugar nos eligió a nosotros”, dice la artista mexicana, antes de ingresar a la Zona de timidez (2026), como tituló su instalación en el bosque de Pinamar. Se trata de un enorme espejo metálico cóncavo, “un artefacto que tiene como fin que todos miren hacia arriba” para ver las copas de los árboles que “hacen una coreografía de vivir en común pero nunca se tocan”, de allí el bellísimo título.

Antes que nadie lo advierta, un grupo de performers subidos a escaleras comienza a tocar con varas de violín las cuerdas de piano que, como tanzas, sujetan a los troncos de los pinos un aro del mismo diámetro del espejo construido con tubos metálicos, que hace resonar el viento. “Escuchar con atención también es mirar con atención”, nos deja como mensaje. La obra abre posibilidades diversas: una visita nocturna arrojó el sonido marino que provoca un secador de piso sobre la superficie espejada.
Sin ser flora nativa, los pinos que llegaron a la ciudad con la intención de asentar el suelo arenoso en pos de la construcción del trazado urbano, alcanzaron una función . Así como Candiani, la artista colombiana María Elvira Escallón eligió el bosque para su Biblioteca en el bosque (de la serie Encuentros con seres notables), 2026.

Cómo se inscribe la cultura en los árboles. Con esa premisa, Escallón descubrió que los troncos, tan verticales y tan claros, son como los lomos de los libros. Y decidió estampar con stencils y fijadores frases significativas para ella, como si un vendaval hubiera traído la arena hasta allí. Son en total 17 leyendas en los árboles.
Hay versos de Jorge L. Borges sobre su amor a los eucaliptos de Adrogué, de José María Arguedas sobre la sombra que le han regalado, del artista amazónico Abel Rodríguez alias “el nombrador de plantas”, así como poesía nahualt y la fenomenología de Maurice Merleau-Ponty cuando dice “somos el paisaje que miramos”.

Monumento a escala humana
“Pensar en una colaboración con la ciudad que pueda aportar al lugar tiene ese carácter de monumento contundente que está en relación con el paisaje pero, a la vez, no quería perder la relación con el cuerpo del espectador”, dice Eduardo Basualdo sobre Cruz del Sur, que debía mantener para el artista eso del arte en las galerías y los museos, que se ofreciera de manera sensible a los transeúntes.
De allí que su estructura de hormigón tenga una abertura como una puerta que invita a atravesar como en un rito de pasaje o una postal de ruinas, mientras una gran masa esférica pende del muro como una presencia amenazante. Ambas caras, pensadas como elementos contrapuestos, uno liso de las convenciones y otro rugoso de la esencia, serían un cuerpo habitado por una mente y la pregunta del artista: ¿quién es el huésped?

Solana Molina Viamonte, curadora del proyecto, lo llamó una «obra dedicada» a cada persona. El proyecto, elegido entre más de 300 como ganador del 2° Premio Pinamar, se perfile como un selfie point dentro del circuito y contempla desde el inicio posibilidades de vandalismo. El jurado fue integrado por las artistas Luciana Lamothe y Adriana Bustos, Andrés Duprat, Enrique Shaw de Pinamar S.A. y Martín Bodas, el arquitecto que está a cargo del desarrollo urbano orgánico de la ciudad.
La obra, emplazada en una rotonda de la nueva zona residencial, frente a las garitas del barrio Bosques, fue concebida como un trabajo colectivo que ingresa en la trama urbana, con una poética singular, que José Roca define como “the uncanny”, lo familiar y oscuro, más allá del primer golpe de vista.
La Temporada 1 de Pinamar Contemporáneo construye también una comunidad de artistas, equipos técnicos de producción durante el año coincidieron en un trabajo tan arduo como profesional con la familia fundadora de la ciudad, para llevar arte a cada esquina.
La misión había comenzado con la instalación en diferentes locaciones una 80 esculturas adquiridas y comisionadas por el proyecto Pinamar Arte y Naturaleza. En esta nueva etapa, que abrió su primera edición, se evidencia el trabajo curatorial en la línea continua entre los artistas.
Y así como sucedió con las cuerdas de piano en el bosque, Mariana Bellotto y el Grupo Performático Sur diseñaron coreografías para activar cada una de las obras durante los próximos meses. Una temporada alta de arte.

