Notable el libro de Pablo Salvat “Visión del hombre y visión de América en Enrique Molina Garmendia,” publicado por la Editorial de la Universidad de Concepción (2023).
Con Salvat fuimos académicos en la Universidad Alberto Hurtado y de su oficina colmada de libros extrajo su tesis de Licenciatura en Filosofía en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Me imaginé que sería sobre algún igualitarista cristiano o socialista -“El Porvenir de la Equidad” es el afamado libro de Salvat-, pero me equivoqué. La pasión por la intelectualidad y pensamiento filosófico chileno lo habían llevado al racionalista y masón fundador principal de la Universidad de Concepción.
Como católico social liberacionista me sorprendió la lectura. Un Molina crítico del positivismo darwinista y del reduccionismo cientifico de Augusto Comte. Por cierto, Molina era parte del humanismo laico y promotor de la racionalidad, pero no esclavizada por un nuevo dogma. Allí tiene Salvat el periplo intelectual del creador de la Universidad de Concepción con lógica de educar en pluralidad, para despertar la fuerza espiritual en las personas y las comunidades a través de una buena educación dialógica.

El racionalista valoraba también al filósofo francés Henry Bergson, promotor del “Elan Vitae”, el vitalismo creador que mi adorado hermano marista de Navarra, Jaime Jáuregui, me había obligado a leer, incluyendo sus textos sobre la buena risa.
El pensamiento se eleva con la cita a Molina de un texto de 1952: “El Ser no se define. Se percibe, se siente, se intuye. Formamos parte de él y nos arrastra en la onda de los procesos enigmáticos. Es a la vez inmanente y trascendente a nosotros (“Tragedia y Realización del Espíritu”, Editorial Nascimiento, página 9).
El profesor y filósofo buscó ese ser con otros sin miedo, fustigando el pesimismo de muchos intelectuales en torno a la inferioridad económica de Chile (polémica con Francisco Encina a inicios del siglo 20). Viajó y en su heterodoxia valora las innovaciones en educación en Estados Unidos, y los y las autores europeas con modelos vitales de una suerte de animación de las personas y las sociedades.
Pablo Salvat, que después haría su doctorado en Lovaina sobre el pensamiento de Max Weber y la tensión de éticas de la convicción y las de la responsabilidad, en este, su texto juvenil de rescate de la inteligencia chilensis, nos abre puertas a leer y valorar al eminente renovador del pensamiento y la educación en Chile, entre aquellos la Universidad de Concepción, como faro del pensamiento libre y la distancia con los dogmatismos extremos, que no dejan recrear el ser que razona, empuja y articula.

