A casi una década del fenómeno de La casa de papel, el universo creado por Álex Pina se prepara para seguir expandiéndose. El próximo 15 de mayo, Netflix estrenará la segunda temporada del spin-off centrado en uno de sus personajes más magnéticos: Berlín, interpretado por Pedro Alonso. La nueva entrega, titulada Berlin y la dama de Armiño, promete profundizar en las múltiples capas de un ladrón tan fascinante como impredecible.
En sus primeras apariciones en La casa de papel, Berlín no estaba destinado a convertirse en uno de los grandes favoritos del público. Su perfil, inicialmente más cercano al de un villano impredecible y provocador, lo ubicaba como una pieza más dentro de un engranaje. Sin embargo, con el correr de los episodios, el personaje empezó a correrse de ese lugar y a revelar matices que lo volvieron cada vez más magnético.
Esa evolución, sumada al fuerte vínculo que generó con la audiencia, terminó por impulsarlo hacia un territorio propio. Así nació el spin-off centrado en su figura, que ahora transita su segunda temporada. En esta nueva entrega, la historia profundiza en su pasado y en sus relaciones, combinando romance, humor y golpes imposibles, en una apuesta que amplía el universo narrativo sin perder la esencia del personaje.
Desde Galicia, España, Alonso atiende a Clarín en medio de una agenda cargada. Su imagen sorprende: lejos del estilo elegante y calculado de su personaje, aparece con gorra y una larga barba blanca que lo vuelve casi irreconocible. Antes de que comience la charla, él mismo se anticipa a cualquier pregunta y explica el motivo de su transformación.
“No tengo secretos. Estoy rodando un largometraje, un thriller fuertote. Aparezco irreconocible, con barba y dientotes. Ahora mismo me miro al espejo y ni yo me reconozco”, cuenta entre risas. El tono distendido marca el inicio de una conversación sin apuros, incluso cuando en España el reloj está por dar las diez de la noche.
Lejos de mostrarse agotado por el peso de un personaje que lo acompaña desde hace años, Alonso se muestra entusiasmado. Berlín, ese ladrón sofisticado y provocador que conquistó al público global, sigue siendo para él un territorio fértil para explorar. Con energía renovada, el actor anticipa que los nuevos episodios traerán matices inesperados.
Con la cercanía de quien reconoce el impacto de la serie en su vida y la de millones de espectadores, Alonso se dispone a repasar el recorrido de un fenómeno que trascendió fronteras y a adelantar qué se puede esperar de esta nueva etapa.

La presión del éxito
-A esta altura, el universo de La casa de papel ya tiene un fandom establecido en todo el mundo y miles de personas esperan ver más. ¿Eso genera presión extra en comparación a cuando el proyecto recién empezó?
–Desde que empezó todo han pasado nueve años. Y ahora que estoy en un momento de cambio de tercio y siento que mi vida está entrando en un nuevo ciclo. Es inevitable tomar distancia para ver con toda la perspectiva posible lo que ha pasado. Es un fenómeno que me cambió la vida. No tengo más que un profundo agradecimiento a todo lo que me ha traído La casa de papel y Berlín. Y el fandom está asociado a esta peripecia. Es inmenso. A veces es impresionante ver que además tiene un alcance global. Cuando viajo a Latinoamérica es muy impactante ver cuánta gente sigue teniendo un vínculo tan fuerte con la causa.
Yo lo que intento es que eso refuerce mi compromiso con el personaje. A veces habría acertado más, a veces habré acertado menos, pero es como combustible para poner lo mejor que tengo con el personaje de Berlín, que, por otra parte, es una criatura llena de posibilidades.
-¿Se sigue redescubriendo a un personaje con el que ya se transitó tanto?
-Bueno, esto viene dado por el guion. Alex Pina, el showrunner, es el capitán de todo ese viaje. Me han ido invitando a redescubrir nuevas vertientes del personaje en La casa de papel. Al principio, Berlín era un personaje súper oscuro, turbio, peligroso, que sembraba el caos cada vez que abría la puerta. De repente, la saga continúa de la mano de Netflix y el personaje de pronto se presenta desde el pasado y se va volviendo progresivamente más y más luminoso. Y ya cuando de repente abrimos el spin-off directamente pasa a la comedia romántica.
He procurado que el personaje no perdiese su raíz. He tenido que ir ajustando mi rumbo. Con lo cual en vez de dar por sentado como era mi personaje, cada vez he tenido que ir quitando los soportes y los apoyos para ir caminando hacia lo desconocido. Y eso me ha invitado a renovar matices en el personaje, pero siempre de la mano del guion.
-¿Cómo se hace para hacer de un ladrón un personaje encantador?
-Al principio yo siempre decía, en broma, que la gente debía tener un serio problema, porque el personaje es completamente impresentable. Es un especialista en romper los límites de lo que debería ser. Es un hombre que de salida está mucho más allá del canon de lo que sería correcto en el mundo más o menos ordinario. Creo que en su falta de límites morales ordinarios hay un principio de autenticidad muy grande y un gran sentido de la diversión.
Desde el sofá a muchos les ha gustado imaginarse dándole la mano a un personaje tan liberado de cortapisas para permitirse jugar al todo o nada. La actitud del personaje es muy golosa y sabrosa. Yo veo, según avanza mi experiencia vital, que todo el mundo o una gran parte del mundo, se cree buena. Pero luego la realidad contradice la opinión que muchos tienen de sí mismos. Berlín no tiene ningún problema en reivindicar la sombra. Ese sentido del humor y esa maquinaria es perversa, pero a la vez sutilmente sentimental y romántica. Por eso este personaje que en algún momento ha cruzado todos los límites resulta entrañable.

La luz en la oscuridad
-Recordando tu personaje de Diego Murquía en Gran Hotel y vinculándolo un poco con Berlín, parece que hay algo de lo ácido que sienta muy bien. ¿Te seduce buscar la luz en la oscuridad de los personajes?
-Un personaje que me había marcado mucho antes del Gran Hotel, que tuvo un alcance más local pero que para mí fue muy importante, fue el Padre Casares -en una serie española del mismo nombre-. Fue hace veinte y pico años. Era un personaje blanco de comedia, casi salido de un cuento. Justo después me salió el personaje de Diego Murquía en Gran Hotel. Vieron algo en mí que ni siquiera yo había anticipado: personajes adultos, turbios y peligrosos. Yo venía de otros colores y el personaje de Diego Murquía me abrió a ese tipo de rol peligroso.
Es verdad que en mi vida adulta me tocaron varios personajes turbios, ambivalentes, paradójicos, peligrosos. Y eso es algo que me interesa. Antes los personajes, los héroes eran o buenos o malos. Ahora vivimos en un mundo más poliédrico. Lo malo parece que está empezando a clarear otra vez. Lo que es verdadero, lo que es falso no está tan claro. Y pienso que personajes así permiten poner un espejo al espectador para que se haga preguntas en vez de para darle respuestas. Me gustan los personajes para abrir puertas y que de repente no todo esté claro y no sepas exactamente qué es lo que debes pensar. Porque la vida tiene mucho de eso.

-¿En la calle te dicen siempre Pedro o de vez en cuando te dicen Berlín?
-¿Vos qué crees? (Risas). Me han dicho Berlín y no me molesta. Por un lado es una confirmación de lo fuerte que ha sido lo que hemos enviado al mundo. Al final yo he tenido un retorno de ese tipo en muchísimos países del mundo. Eso solo me ha impresionado como individuo. Haber hecho una ficción y haya tenido semejante alcance. A mí me trataron con muchísimo afecto y mucho respeto. Lo aclaro porque me consta que hay compañeros que han hecho personajes oscuros y que de repente la gente les mira mal. Es verdad que sobrellevar una exposición de este calibre durante nueve años es un trabajo.
A nivel personal creo que vivimos en un mundo en el que el éxito muchas veces queda asociado a una cadena. Y yo sigo estando muy agradecido a Berlín y a la serie de La casa de papel, pero también admito muchísimas veces desaparezco y me voy a viajes largos para renovar mi energía, porque sé que cuando trabajo en torno a Berlín la vida es muy demandante.
Tengo más vida que Berlín. Y cuando la gente se me acerca yo procuro tener una relación real. No siempre tienes el mismo encanto y la misma gracia para sostener eso. Pero sí es verdad que Berlín es de lo que me han llamado y es algo a lo que quería estar asociado. Hay gente aquí en Galicia que me sigue llamando el padre Casares. Pero bueno, qué les voy a decir. Forma parte de su memoria sentimental, imagino. Y procuro mirarlo desde el mejor lugar posible.
-En medio del boom por La casa de papel visitaste la Argentina, ¿qué fue lo que más te impactó durante tu visita?
-Fue el primer sitio donde yo me eché las manos a la cabeza y dije “Dios pero ¿qué está pasando?” Donde realmente me llegó a asustar el desmadre por la serie. Pero a un nivel que ya no me entraba en la cabeza. Luego la vida me lo fue confirmando en más sitios, pero en Argentina fue un estallido bestial.

-¿Algún lugar especial que hayas visitado o te haya quedado por visitar?
-Fue una visita corta. Durante mi paso por allí me topé con familia mía en Argentina que no conocía. Fue muy bonito. También hice un viaje relámpago a la Patagonia y me pegó fuerte. Ahí hice unos buenos amigos que todavía hoy mantengo. Pero sin duda me gustaría conocer más profundamente el país, cara a cara. Caminármelo, pateármelo más. Me consta que hay una gran vida cultural en Argentina. Ojalá que no sea exterminada con la situación que le está cayendo al país. Yo me siento muy cercano a la a la cultura argentina. Y luego está Rodrigo de la Serna, al que amo profundamente y al que sigo echando de menos. Hay muchos buenos motivos para volver a Argentina, así que ojalá que la vida me lo permita y que algún día sea trabajando.
-Y con el Chino Darín, la pareja de Úrsula Corberó, ¿tenes relación?
-Claro que sí. Yo trabajé con Chino y con Úrsula cuando se conocieron. Es un gran actor, además hijo de una saga de actores extraordinarios. Es una maravilla.

