El famoso “peronismo no K” es una de esas categorías políticas inventadas para que algunos dirigentes puedan cambiarse el saco sin cambiar de placard. Es casi tan ridículo como decir que los liberales no leen a Keynes o que Estados Unidos no aplica políticas proteccionistas cuando le conviene. La realidad siempre termina aplastando los slogans de laboratorio. El peronismo podrá tener internas, ramales, tribus y caudillos distintos, pero sigue siendo la misma línea de colectivo: algunos irán sentados adelante, otros colgados de la puerta y otros puteando al chofer, pero el recorrido político termina siendo parecido. La fantasía de dividir al peronismo en compartimentos completamente separados muchas veces responde más al deseo histórico del antiperonismo —el viejo gorilismo argentino— que a la realidad concreta del poder. Porque cuando aparece un candidato competitivo, el peronismo hace lo que hizo toda su vida: se ordena, se encolumna y avanza como bloque de supervivencia política.
Hay conceptos políticos que nacen de la historia. Otros nacen de la calle. Y después están los inventos de laboratorio televisivo, las etiquetas armadas para panelistas, consultores y dirigentes que necesitan despegarse de algo sin abandonar del todo el negocio. Ahí entra el famoso “peronismo no K”, probablemente una de las definiciones más artificiales y menos sólidas de la política argentina moderna.
Porque cuando se raspa apenas un poco la pintura discursiva, aparece la realidad: el peronismo podrá discutir nombres, liderazgos, cajas, internas y egos, pero cuando encuentra un candidato competitivo se encolumna como boy scout alrededor de la fogata del poder. Siempre fue así. Desde Perón hasta Menem, desde Duhalde hasta Néstor Kirchner. El peronismo no se organiza alrededor de teorías académicas. Se organiza alrededor de la posibilidad concreta de ganar.
Por eso muchos empiezan a mirar con ironía el intento de ciertos dirigentes de venderse como “peronistas no K”, como si el kirchnerismo hubiese sido una fuerza alienígena que aterrizó veinte años sobre el PJ sin que nadie se diera cuenta. Gobernadores, intendentes, sindicalistas y legisladores convivieron, negociaron, militaron y crecieron políticamente dentro de ese esquema durante décadas. Pretender ahora una separación quirúrgica parece más una maniobra estética que una definición doctrinaria seria.
La política argentina tiene una fascinación enfermiza por cambiarle el nombre a las cosas para evitar hacerse cargo de las responsabilidades históricas. Entonces aparecen fórmulas extrañas: “liberal popular”, “derecha nacional”, “peronismo republicano”, “federalismo productivo”, “peronismo racional”. Todo parece sacado de un PowerPoint vencido de consultora electoral del microcentro.
Pero el problema del “peronismo no K” no es solamente semántico. Es filosófico. Porque el kirchnerismo no fue una anomalía externa al peronismo: fue una de sus expresiones más exitosas en términos electorales y de construcción de poder desde el regreso de la democracia. Negarlo sería como intentar separar al menemismo del peronismo en los noventa. Gustara o no, formó parte central de su ADN político.
Ahí aparece el verdadero dilema del PJ: cómo reinventarse sin negar su propia historia. Porque una parte importante de la dirigencia sabe que el ciclo kirchnerista perdió potencia electoral en muchos sectores urbanos y jóvenes. Pero al mismo tiempo entienden que romper completamente con ese núcleo duro podría dejar al movimiento sin épica, sin identidad emocional y sin aparato territorial.
Entonces nace esta categoría híbrida, tibia y confusa del “peronismo no K”. Una identidad que muchas veces parece diseñada para focus groups más que para la militancia real. Una especie de peronismo “descafeinado” para intentar seducir al votante moderado sin espantar al núcleo tradicional.
Sin embargo, la experiencia argentina muestra otra cosa: cuando el peronismo detecta olor a poder, las diferencias ideológicas internas suelen evaporarse con una velocidad admirable. Los enfrentamientos eternos duran hasta que aparece una candidatura competitiva, una encuesta favorable o la posibilidad concreta de volver a la Casa Rosada. Ahí el movimiento se compacta otra vez como mecanismo de supervivencia histórica.
Por eso la idea de un “peronismo no K” permanente genera tanto escepticismo incluso dentro de la propia política. Porque el peronismo nunca funcionó como un partido doctrinario europeo. Funciona como estructura de poder, identidad emocional y reflejo de supervivencia territorial. Su ideología muchas veces termina siendo ganar.
Mientras tanto, la sociedad observa el espectáculo con cansancio. En los barrios, en los cafés y en las sobremesas ya no se discuten solamente etiquetas ideológicas. Se discute quién puede estabilizar la economía, bajar la inflación, recuperar consumo y devolver cierta normalidad cotidiana. La paciencia social se viene achicando como vereda de barrio viejo.
Y quizás ahí esté el verdadero problema de toda esta discusión. Mientras buena parte de la dirigencia sigue obsesionada con redefinir nombres y corrientes internas, la calle hace otra pregunta mucho más brutal y concreta: quién puede gobernar sin destruirle el bolsillo y la esperanza a la gente.
Como en los viejos tangos porteños, la política argentina sigue llena de disfraces, cambios de máscara y personajes reciclados. Pero debajo del maquillaje electoral, el poder continúa funcionando con las mismas lógicas de siempre. Y el peronismo, viejo animal político de la historia argentina, todavía conserva una costumbre intacta: cuando aparece un conductor con chances reales, la tropa termina formando fila. Como boy scouts alrededor de la fogata.
FINAL A TODO TRAPO
El que cree que el peronismo desaparece no entendió nunca cómo funciona el peronismo. El peronismo puede ir desde la ultra derecha hasta la ultra izquierda, discutir ferozmente puertas adentro y pasar años fragmentado, pero cuando aparece un candidato con posibilidades reales de poder, el movimiento se ordena como un ejército territorial y emocional. Ahí el militante, el sindicalista, el gobernador y el vecino vuelven a votar sin tanta vuelta filosófica: acompañan al que conduce. Mientras tanto, en una Argentina donde el desgaste de Javier Milei y Karina Milei empieza a sentirse en la calle, crecen las dudas sobre la sustentabilidad política del oficialismo y sobre las consecuencias judiciales y políticas que podrían aparecer cuando el poder deje de blindarlos.

