Polémica por el regreso del «Día de la Raza» para el feriado del 12 de octubre

El pasado 12 de octubre, la cuenta oficial de la Casa Rosada irrumpió en las redes sociales con un mensaje que muchos creían superado por el paso del tiempo y la madurez democrática: «Hoy, 12 de octubre, celebramos el Día de la Raza en conmemoración de la llegada de Cristóbal Colón a América, un hito que marcó el inicio de la civilización en el continente americano». El texto, acompañado por un video de estética decimonónica, completaba su premisa afirmando que la llegada europea significó «el comienzo de un proceso de civilización, orden y progreso».

La decisión de reinstalar la denominación del «Día de la Raza» —suprimiendo el Día del Respeto a la Diversidad Cultural establecido en 2010— no es un simple capricho de agenda ni una provocación inocua en el marco de la «batalla cultural». Es una medida con profundas implicancias ideológicas, jurídicas y sociales que intenta borrar décadas de conquistas en materia de derechos humanos y memoria histórica.

La falacia del «inicio de la civilización»

Afirmar que la civilización en América comenzó en 1492 no solo representa una falsedad histórica, sino un acto de violencia simbólica. Implica asumir que antes de la llegada de las carabelas este territorio era un páramo deshabitado o poblado por seres sin cultura, sin organización y sin humanidad.

Se borra así, de un plumazo, la existencia de los pueblos originarios que habitaban y habitan este suelo: desde las complejas estructuras urbanas y astronómicas de los imperios precolombinos hasta las cosmovisiones, saberes y lenguas de las comunidades Qom, Wichi, Mapuche, Diaguita, Ava Guaraní y tantas otras que conforman la trama identitaria de la Argentina. Calificar el despojo, la evangelización forzada y el exterminio como un simple «proceso de orden y progreso» es una forma de negacionismo histórico con aval institucional.

«Raza»: un concepto biológicamente falso y políticamente colonial

Desde el punto de vista científico, la genética y la antropología contemporáneas han demostrado de forma concluyente que la categoría de «raza» no existe en los seres humanos. Fue un constructo pseudo-científico elaborado durante la colonia para justificar la jerarquización de los cuerpos, la esclavitud y el sometimiento de los pueblos indígenas y afrodescendientes.

Reinstalar la palabra «raza» en el vocabulario oficial del Estado no es volver a las raíces, como sugiere el discurso gubernamental; es validar un dispositivo de dominación colonial. Mientras el consenso internacional avanza hacia la plurinacionalidad y el diálogo intercultural, la retórica oficial retrocede casilleros hasta el siglo XIX.

Del plano simbólico al despojo material

La invisibilización de la diversidad cultural no es abstracta: tiene consecuencias materiales directas en la vida de miles de familias indígenas.

Al desmantelar el reconocimiento de la preexistencia étnica y cultural de los pueblos originarios —consagrado en el Artículo 75, Inciso 17 de la Constitución Nacional y en el Convenio 169 de la OIT—, el Estado deslegitima sus luchas históricas. Cuando se niega la identidad del indígena en el plano simbólico, resulta mucho más fácil negar sus derechos sobre la tierra, paralizar el relevamiento territorial de la Ley 26.160, desfinanciar la educación bilingüe y estigmatizar sus reclamos bajo el rótulo de «usurpaciones» o «amenazas al orden público».

Un llamado a la memoria y a la resistencia cultural

Frente a la narrativa que intenta homogeneizar la sociedad bajo un mito eurocéntrico y elitista, la memoria colectiva debe actuar como trinchera. El 12 de octubre no es un día para festejar el sometimiento ni para romantizar la conquista; es una jornada de reflexión, de denuncia del racismo estructural y de reafirmación del respeto a las identidades que componen nuestro pueblo.

Nombrar las cosas por su nombre es el primer paso para defenderlas. Volver a llamar «Día de la Raza» a esta fecha no es más que un intento de borrar la historia real para imponer un relato de dominación. La verdadera identidad argentina no se construye negando sus raíces originarias, sino reconociendo que nuestra fortaleza reside, precisamente, en nuestra diversidad.

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