La forma de lograr cambios no es declamando: es gestionando. Y gestionar el cambio supone resistir a las fuerzas que prefieren que nada se mueva. Está en la tapa de cualquier libro serio sobre la temática y, además, lo confirma la experiencia: no hay transformación sin conflicto.
Entonces, si queremos contrarrestar las consecuencias de la emigración uruguaya, hagamos lo que corresponde: una política agresiva de inmigración calificada. ¡Agresiva en serio! No solo una campaña turística, sino una decisión de país.
El uruguayo que emigra busca oportunidades, escala, diversidad, movimiento. Si no, no se iría. Traigamos gente que busque eso mismo acá. Gente que renueve el oxígeno que nos consumimos mientras miramos nuestros problemas con agonía. Gente que nos obligue a competir, a mezclarnos, a compararnos, a despertarnos. Para empezar, nos va a movilizar.
Como escribió la editorial de este diario el miércoles 29 de abril, no hay política posible que deje a todos contentos. Perfecto. Entonces resistiremos a quienes no quieren una política inmigratoria para conservar intacta la uruguayez. “Malo pero nuestro”, decía un personaje de Esmoris. Es una gran frase para reírse. Es una pésima estrategia de desarrollo.
Hace veinte años, Mauricio Minchilli y equipo de la agencia Publicis Impetu, creó el concepto del nuevo uruguayo. Era aquel que, después de sobrevivir a la crisis de 2002 transitó una década y se encontró con un país que crecía, consumía más y empezaba a mirar el futuro con menos miedo. Hoy necesitamos otro nuevo uruguayo: el nativo y el inmigrante. Ese es el Uruguay que quiero. Cosmopolita en la aldea. Abierto sin dejar de ser propio. Con identidad, pero sin encierro.
Tenemos que crecer en gente si no queremos achicarnos hasta volvernos irrelevantes. Nadie vive solo. Tampoco los países. Si perdemos masa crítica -ni siquiera entro en cuántos millones deberíamos ser- dejaremos de ser atractivos para invertir, estudiar, emprender, investigar y vivir.
Para que venga gente hay que ofrecer estabilidad, y algo de eso tenemos. Pero no alcanza. Hace falta previsibilidad para hacer negocios. Atracción de centros de investigación, desarrollo e innovación. Un puerto abierto, custodiado por el gobierno como servicio esencial. Accesibilidad microeconómica: mejorar precios de insumos y costos cotidianos. Incentivos reales para que uruguayos e inmigrantes se radiquen en el interior, con exoneraciones o baja de impuestos. Un sistema universitario abierto y libre, capaz de aumentar la oferta académica para los que vendrán. ¿O vamos a subsidiar una Udelar superpoblada y entrópica mientras las universidades privadas tienen que pedir permiso para respirar?
También necesitamos un mercado de trabajo flexible para un mundo incierto. No para precarizar, sino para permitir que pasen cosas. Empresas que prueben. Personas que se muevan. Talento que entre. Talento que se quede.
Podría seguir con decenas de medidas ya probadas en el mundo. Pero el punto no es hacer una lista eterna. Es articular bien, con inteligencia pragmática, y sobre todo hacer. No alcanza con diagnosticar la emigración. Hay que contestarla con una política de inmigración calificada. ¡YA!
¿Encontraste un error?
Reportar



